era
Carmen Pilz



ENCUENTROS EN EL PARAISO

 

Sorprendida? Quiso saber una voz desconocida que parecía salir de un ser resplandeciente.

Esperabas, quizás, encontrar a los hombres de letras que admiraste? Está claro que preferirías reencontrarte con Malraux o Caillois, especialmente con él, en esta esfera de Venus.

La aparición conocía hasta mis más recónditos secretos. Logré reponerme para responder:

En realidad no estoy segura para qué causa usé más energía: la literatura o los derechos de la mujer.

Justamente aquí en este lugar del cielo se recompensan las grandes pasiones... espirituales.

No puedo ver tu rostro. Me deslumbra el resplandor, aunque estoy segura que nunca escuché tu voz. Nos conocimos en Buenos Aires?, inquirí llena de curiosidad.

No fuimos contemporáneas, contestó al fin, pero nos unen muchas generaciones.

El alma, según había aprendido con el fundador de “la Escuela de la Sabiduría”*[i]  reacciona por oposición o resonancia. Sabía que me encontraba en un lugar que había conocido en mis lecturas, asociadas al primer tropezón amargo de mis comienzos literarios. El recuerdo del insulto de Groussac*[ii] llegó otra vez a mi memoria como un dardo doloroso. El sinapismo afrancesado molestaba todavía: “pedanquesque”. Le había confiado al cancerbero de la Biblioteca Nacional unas páginas de mi trabajo sobre la Divina Comedia. Su comentario fue lapidario y me aconsejó escribir sobre algo más personal. En ese momento no había nada más personal para mí que la obra de Dante. Formaba parte de mi autoeducación.

Además el trabajo me había costado meses de lecturas. Ese poeta filósofo, preocupado por las leyes y el significado de la vida, llegó en el momento justo de mi formación para dejar huellas profundas en mis creencias.

La voz, que modulaba un español arcaico, me sorprendió con la misma revelación que Cacciaguida le hizo a Dante: “Yo fui tu raíz”

Perpleja ante mi tardío reconocimiento, exclamé, acercándome hacia la luz deslumbrante:

Isabel! Isabel de Irala, mi antepasado colonial, allí, ante mí. Se agolparon entonces los recuerdos de Águeda y Virginia Woolf entrelazadas en el número de “Sur” dedicado a la mujer.

Claro que la foto que coloqué junto a la de Virginia, de quien había publicado “Un cuarto propio” traducida a regañadientes por Borges que no sentía simpatía por ella, era de una guaraní anónima. Martínez de Irala, hombre de poder en estas tierras, había bautizado así a “su criada” con la que gestó a Isabel de quien por vía materna descendemos las Ocampo. Ese hombre se asentó en estas tierras en las que al estilo mahometano que habían suprimido en su país se rodeó de un harén de nativas sin olvidar su Vergara natal donde cantaba en ezquerra las loas a Santa Àgueda, una mártir siciliana. Con la Águeda autóctona gestó a su hija con nombre de reina, futura dama de Asunción, fundada por su esposo Mendoza.

La luz de donde provenía la voz vibró de emoción con mi reconocimiento, mientras el aura etérea que la rodeaba fue tomado formas definidas de mujer, que me obligó a seguirla. Otros cúmulos luminosos nos esperaban y al acercarnos, parecían querer tomar formas por momentos. Sólo las voces eran un signo distintivo de las personalidades que habían sido. Reconocí el inglés exquisito de Virginia, el americano gutural de Susan, el francés profundo de Simone. La emoción no me dejó decir palabra ante Silvina.

 

Isabel me guiaba ya hacia otras presencias, cuyas voces ahora me eran desconocidas. Tuve que esforzarme para ubicarlas. Una, supuse que hablaba chino, me convenció que nunca había estado en mi presencia. La otra hablaba francés con jerga también indescifrable. Isabel se adelantó a mi pregunta: Aquí están también Valerie y May.

Entonces dije llena de sorpresa: Si son los personajes femeninos de una novela de Malraux. Qué hacen aquí?

Todo lo creado está aquí. También lo imaginado. Este es un mundo de pensamiento abstracto.

May comenzó a hablar. Pude entender que mi interpretación en “Testimonios” había sido la única correcta y coincidía con la idea de su creador. En el año de su publicación el interés estaba concentrado en los personajes masculinos del texto. Para mí esos tipos femeninos opuestos que exaltaban al revolucionario una, al hombre de poder la otra, eran más relevantes.

May había nacido en Shanghai, alemana y médica. En el momento en que se decide por seguir a su marido revolucionario había  tenido una relación con otro hombre y a pesar de que se prometieron ser libres sin considerar el vínculo, su confesión afectó a Kyo, quien además hacía resaltar su lado heroico por un complejo de inferioridad por ser mestizo.

Valerie, la mujer independiente que sólo tiene aventuras pero confía secretamente enamorar a un hombre de poder, todavía sujeta a los estereotipos que creía haber dejado atrás.  La falsa expectativa termina en dolorosa confrontación.

Un hombre feminista en ese momento del siglo XX había hecho posible que sus personajes tuviesen vida propia en el Paraíso.

Intrigada, seguía escuchando las voces de mis compañeras de sexo. Finalmente pregunté qué había sido de los hombres que había conocido. Estaba especialmente interesada en saber algo sobre Ricardo, con quien me unía un sentimiento fraternal.

Güiraldes, querida, contestó adivinando mis pensamientos la áspera voz de la Bullrich, tuvo un vano intento de abandonar la pampa e incorporarse a su tan querida metrópoli. Ya a punto de construir su cuerpo etéreo con  modernos rasgos consideró que la platónica idea de Houllebecq contenía unos fragmentos psíquicos que estaban en completo desacuerdo con los de su vieja personalidad. Aceptaba otra vez la melancolía pero el abandono maternal temprano y la neurosis le parecieron un equipaje muy pesado al pobre Ricardo.

Los otros, querida Victoria, -comenzó a contar una socarrona voz cuya ironía me condujo con seguridad al puerto de origen: Martha Lynch, quien tendría alguna condición especial que ignoraba para encontrarse en el lugar prohibido a los suicidas- están siendo preparados para la gran revolución de la conciencia del 2012 que no tendrá el sello apocalíptico de Emmerich sino el paradisíaco pampeano.

Insistí curiosa en conocer ese futuro. Martha parecía tener grandes cantidades de energía retórica y ya no permitió que me inmiscuyera.

Los escritores de nuestra tierra, digamos de Buenos Aires, ya sabemos que el interior nunca existió para las letras, de nuestra ciudad fundada dos veces a pesar de Borges*[iii], hembra arisca que ahuyentó a su primer fundador sifilítico, resistiéndose a ser foránea, es la capital literaria del país y todos sus exponentes se preparan aquí para enfrentar las exigencias del espíritu nuevo que ya se insinúa. Tenemos  un plan de trabajo donde se fijan normas como la de no permitir que futuros premios literarios puedan estar fomentados por Monsanto o que los temas sean ajenos a nuestra idiosincrasia. Los idiomas indígenas no serán aptos para galardones literarios y sus escritores no podrán representarnos en el exterior. Tuvimos ya un Namuncurá que llegó incluso a Roma santificado. Qué herejía hasta para una marxista! Mi Dios!

 

Quise replicar pero sólo alcancé a decir: Lo nuevo sorprende a veces por sus resultados

Acaso no ponderaban en la escuela lo del crisol de razas? Borges es un ejemplo, Arlt otro. Hay jóvenes bilingües que hasta se permiten hacer chistes literarios para uso exclusivo en sus escritos...acercándonos países del centro de Europa cuyo idioma aglutinante y estructurado siempre se mantuvo como una almeja sin meollo para un criollo.

No pareció escucharme y prosiguió: nuestro ideal es cambiar el ser nacional de raíz.

Ya no se soportan los hombres trágicos del tango que proyectan una imagen de cobardes y llorones.

Nunca había simpatizado con Martha pero le di la razón. Tenía alma de subversiva. Aunque siempre me gustó Edmundo Rivero con su sutil ironía para cantar cursilerías.

Estos hombres siempre abandonados y lamentándose de su suerte tienen poco en común con Don Segundo Sombra. No podía seguirla, no sabía hasta dónde quería llegar. Querría fomentar una literatura femenina de amazonas ciudadanas? En mis últimos años fui testigo de las taxistas de mi sexo...pero carajeando como un estibador.

Un nuevo tango quizás, cantado por Amelitas y Rinaldis? Y Borges?, qué sería de él en ese mundo donde prevalecerían las mitocondrias?

De repente la voz se hizo grotescamente profunda, como de ultratumba y poco a poco se fue perdiendo para hacerse ininteligible. Ahora comprendí. Era una voz infiltrada de otro ámbito, como supuse al reconocerla.

 

Me quedé sola sin voces ni formas etéreas. Me asaltó de pronto un temor: me encotraría con Eva? Ella era una mujer de poder, como Ferral uno de los personajes masculinos de “La condición humana”.

La voluntad de poder, es la voluntad de deidad. Eva soñaba con ser como dios para saciar su rencor contra los de mi clase. Nos odiaba y nos lo hacía saber con desprecios y negativas.

Es verdad que somos la suma de nuestros actos, como creía Malraux. Agrego que cada idea motriz original que nos impulsa a nuestra acción tiene en sí el germen de su destrucción. Eva usó para alcanzar el poder que le exigía el rencor, el sexo que le ocasionó la muerte (cáncer de útero producto de infección) El secreto que me avergonzaba en reconocer en vida es que tuve poder en el campo que elegí por mi dinero, pero que esa ocupación me llevó a la ruina. “Sur” fue poder y caída.

Caí en la cuenta que aquellos no eran parajes para Eva y que este paraíso sin duda se encuentra en las barrancas de San Isidro. Un escritor que no pude conocer escribió  algo que bien puede aplicarse a Buenos Aires:

 

“A esta ciudad le basta saber que la rosa de los vientos existe. Este no es el lugar donde los rumbos se abren, tampoco es el punto magnífico donde los rumbos convergen.

Aquí, precisamente, cambian los rumbos.”

 

 

Caillois fue amante de Victoria cuando ya estaba separada de su marido.

Se menciona a Susan Sontag, Silvina Ocampo, Silvina Bullrich.

La cita final es de José Saramago.

 



[i] Graf von Keyserling.

[ii] Groussac fue director de la Biblioteca nacional  desde 1885 hasta 1923.

[iii] Borges escribió el poema Fundación mítológica de Buenos Aires.