Ausencia
Esther Laso Esteban


Cuando, al despertarme, vi a mi madre sollozar mientras cobijaba mis manos entre las suyas, supe que esta peculiar característica mía podía costarme un disgusto. Creí conveniente guardar el secreto para mí. No era recomendable dar a conocer la propia debilidad porque siempre hay alguien dispuesto a sacar provecho de ella.

 

         A este error con el que fui nacido lo llamé ausencia. Ausencia de vida, ausencia de mí mismo. Un ligero paréntesis en la continuidad de la existencia hacia el largo sueño. Temiendo la reacción de los físicos y del clero a mi mal no acudí a ninguno de ellos buscando consuelo ni orientación. Sabía de quien había sido encerrado toda su vida por cosa menos extraña. Pero como tampoco encontraría mucho amparo encomendándome a la Divina Providencia me era menester buscar el modo de evitar unas funestas consecuencias. No veía con agrado la posibilidad de despertar amortajado y bajo un metro de tierra.

 

Calculé con la mayor precisión que pude cuál había sido mi ausencia de más días y le añadí uno. Con ello en mente me dirigí a modificar mi testamento incluyendo en él una cláusula por la que disponía que mi entierro solo pudiera realizarse a la sexta jornada de mi muerte. Para disgusto mío fue denegada mi solicitud. Las recientes pandemias obligaban a la inhumación inmediata y tan solo la más alta aristocracia podía gozar de unos funerales largos de cuerpo presente. Bien, necesitaba uno de esos títulos y sólo había dos formas de conseguirlo, por un favor real o mediante un venturoso matrimonio. Descarté la primera opción. Para cuando yo hiciera méritos suficientes que me procuraran las bendiciones imperiales me podía haber muerto unas cuantas veces. Sólo quedaba casarme. Por fortuna, si mi legado no contaba con grandes títulos, sí venía cargado con una notable riqueza que me permitía moverme entre círculos principales, único lugar donde encontrar dama de suficiente alcurnia que me garantizara un entierro con un largo velatorio. No tardé en ponerme manos a la obra.

 

En mi afán por contraer ventajosas nupcias participé de cuanta fiesta y regocijo se puso a mi alcance hasta que, entre baile y baile, escuché lo que podía ser mi salvación. Empezaba a ser conocida la desesperación de un archiduque por la soltería de su única hija, heredera de su título. Al parecer el grave pecado de tan insigne doncella, que le hacía tan difícil el casamiento, era su fealdad. Mi decisión fue inmediata, ¿qué precio era ese si lo que estaba en juego era mi propia vida? Contaba los días que me separaban de la que ya consideraba mi futura esposa.

 

Cuando me llegó la invitación a la cena en casa del archiduque una inquietud se apoderó de mi cuerpo. ¿Y si algún hombre se me adelantaba ahora que lo tenía tan cerca? Este pensamiento me acució de forma implacable hasta el momento en que crucé, vestido con mis mejores galas, la puerta del palacio archiducal. Me ofrecieron una copa de licor y, mientras los asistentes intercambiábamos unos primeros saludos esperé con ansia la presencia de la hija del anfitrión.

 

Apareció del brazo de su padre y se produjo el silencio. ¡Era fea! Pero fea, fea. Por el ángulo que se le viera no parecía encontrársele un perfil mejor, y es que, en definitiva, era fea. Un ogro elevado a la enésima potencia, la ganadora del concurso de los espantos, la Elvira de Espronceda en el último verso. Qué ingenuo, unas horas antes, preocupado porque alguien pudiera quitármela. Oh, Dios. ¡Qué fea era!

 

 Pasamos sin dilación a la mesa, precedidos de aquel engendro malparido y, sin tiempo aún para haber digerido la primera impresión, fui sentado frente a ella. Intentaba distraer mis ojos poniendo mayor atención en los suculentos platos que nos traían a la mesa que la que dedicaba a su persona pero el esfuerzo era inútil. Los granos de su cara eran tan grandes que podían haber sustituido a los champiñones del risotto y me hacía apuestas  a mi mismo sobre cuántos litros de consomé serían capaces de absorber esas inmensas fosas nasales o, acaso, sería más interesante ver despeñarse una albondiguilla por ese interminable campo rugoso que era su frente, interrumpida, apenas, por unos escuetos mechones mal puestos.

 

Entre bocado y bocado me fui sobreponiendo a la turbación del impacto inicial. Recordeme que yo no había acudido allí por su belleza, bien podía imaginarlo cualquiera, sino con el único objetivo de desposar a aquel error de la naturaleza. Así, echando escrúpulos a un lado, me puse a la faena y comencé la conquista. Entablamos una ligera conversación pero sus oportunos comentarios quedaban ensombrecidos por el desagradable rictus de su boca. Sus pequeños ojos hundidos me perseguían en cada uno de mis gestos como si mis palabras no fueran suficientes para un buen entendimiento. Su conversación, que en otro rostro habríame parecido profunda e interesante, me hastiaba y provocaba en mí extremado fastidio, obstáculo que superé desplegando en el empeño todo un arte de seducción, que redujo al mínimo sus parlamentos, y que, poco a poco, me permitió convertirme en su centro de atención. Cuando llegaron los postres su turbación era tal que me hallé feliz ganador del premio. Un premio horroroso, eso sí.

 

La pedida de mano fue un acto más populoso de lo habitual. La noticia había causado tal asombro que muchos quisieron comprobar in situ que no se trataba de una ficción y yo me vi convertido por unas horas en un mono de feria. Los murmullos no cesaron durante toda la ceremonia y no creo estar errado si pienso que en esas voces se me dedicaban epítetos poco amables. Cuando la función hubo terminado mi nueva familia me recibió con todos los parabienes y yo me despedí en el jardín de mi particular Medusa pensando si tendría la suerte de que apareciera Perseo una vez me hubiera casado.

 

Hubo mucha pasión en mi noviazgo pero más parecida a la del Via Crucis. Escudándome en el respeto que le profesaba evité cualquier contacto físico que implicara cierta intimidad. El roce de su mano, única parte de su anatomía que me atrevía a tocar, me producía tal repulsión que sentía como si una bocanada de fuego se me comiera el brazo. Y así pasaron los días hasta que llegó el momento de la boda.

 

Nadie de mi entorno se había atrevido a pronunciar palabra sobre mi enlace, como yo, en su lugar, tampoco habría osado hacerlo pues me vería obligado a elegir entre una burda mentira o una verdad dolorosa que bien pudiera costar una amistad. Tan sólo mi madre, testigo de mis ausencias, adivinaba los motivos que me habían llevado a tan drástica decisión y me ayudaba, silenciosa, en mi engalanamiento. De pronto un pensamiento me turbó. ¿Cuándo había sido mi última ausencia? Apenas era capaz de recordarlo. ¿Habría superado ya el problema? De ser así, la mujer a la que desposaría en unas horas, lejos de una salvación se convertiría en una condena.

 

Pero el riesgo era tan grande que creí más prudente continuar con mi plan, pues tiempo tendría después de organizarme una vida más a mi gusto. Terminé mi acicalamiento y bajé presuroso a la carroza que me conduciría a la iglesia. Cuando mi madre se acomodó a mi lado los caballos iniciaron su marcha.

 

Mi paseo hacia el altar fue espectadísimo pero no triunfal. En todos los ojos encontraba la misma duda ‘¿Quién era ese hombre que estaba dispuesto a casarse con semejante adefesio?’ Algunos me miraban con compasión, otros inquisitoriales pero ninguno tuvo un gesto de comprensión hacia mí. Ya me encontraba parado esperando a mi novia, aguardando el momento en que ese espejismo del averno hiciera su entrada y de nuevo me asaltaron las dudas. ¿Merecía la pena? A cada segundo que pasaba más convencido estaba de que no volvería a sufrir más ataques, que aquella boda era una locura que solo conseguiría hacerme infeliz. Pero mis pensamientos se paralizaron por un instante pues ella cruzaba la puerta de la iglesia, asistida por su padre y padrino, mostrando una expresión de orgullo que añadía un punto de patetismo a una figura que ni cubierta por un velo disimulaba cuan horripilante era.

 

Cuando estuvo a mi lado aún me planteaba si estaría a tiempo de echarme atrás. Su progenitor me perseguiría allá donde fuera, pero aún así me sentía más capaz de enfrentarme a la ira del padre que a la fogosidad de la hija. Como si adivinara mis pensamientos el sacerdote comenzó la ceremonia sin darnos tregua y pronto lanzó la pregunta fatal. Mi prometida asintió con un sí que debió escucharse en el condado vecino y todo el mundo quedó a la espera de mi réplica. Le miré a la cara. A través del tul atisbaba su piel abultada y su quijada prominente. ¡Si es que era muy fea! ¡Era fea! ¡Era fea! ¿Cómo iba yo a casarme con ella? Había olvidado que más de quinientos asistentes aguardaban mi sí. Pero en mi mente solo aparecía el rostro que tendría que ver cada día de mi vida, y cada vez que pensaba en él más feo me parecía. El monosílabo no llegó a mis labios y, ante los atónitos invitados, mi consciencia se desvaneció.

 

No me había casado, no era noble y no hubo espera en mi entierro. Abrí los ojos en la más completa oscuridad y me topé con el destino que había estado a un Sí de eludir. Me encontraba sin agua, sin comida, mi traje de bodas apenas combatía el frío y en modo alguno la humedad y no tenía ninguna salvaguarda ante mis necesidades más básicas y escatológicas. Pero por encima de todo eso me sentía estúpido. Había tenido el objetivo por el que había luchado tanto en la palma de la mano y lo había desperdiciado. ¿Qué me impedía haber hecho mi propia vida después de casado? Apenas se me hubieran exigido unas atenciones ocasionales. Sin embargo era inútil engañarme. Existía una razón más contundente. El día que anuncié mi compromiso me di cuenta de que me había convertido en el hazmerreír de la sociedad. ¡Me casaba con la fea! No pude imaginar que me ahogaría tanto el peso del cuchicheo y de la malicia del entorno más inmediato. ¿Cómo iba a soportar el resto de mi vida tantos dedos señalándome? ‘¡Fue él quien se casó con la fea!’ Pensar que mi persona pudiera quedar definida por tan fatal circunstancia me helaba la sangre.

 

Ya no escucharía murmullos a mi paso, ya no subiría el rubor a mis mejillas al aparecer en público en su compañía… pero tampoco volvería a encontrar el amor en sus ojos ni el cariño y la calma que transmitían sus palabras. Nunca mis opiniones tendrían oídos tan atentos ni recibirían de vuelta preguntas sabias. Nadie me daría todo a cambio de mi egoísmo y hubiera callado los reproches.

 

Pero ese detalle, ese pequeño contratiempo. ¡Era fea! ¡Fea! ¡Fea!