Tarde en la biblioteca
Raquel Molina Serrano


Aquella tarde, después de ir a buscar a Jorge al colegio, me acerqué a la biblioteca. Las vecinas me dijeron mientras compraba el pan que organizaban esta tarde un cuenta-cuentos, y no es que a mí me gusten mucho los cuentos, a mis años ya cómo me van a gustar, pero pensé en darle una sorpresa a Jorge.

La sala estaba repleta de niños y madres, y unos chicos de pelo largo intentaban poner orden entre el guirigay reinante. Nos empujaron a las madres hacia la puerta para que pudieran entrar todos los niños, y  nos pidieron que volviéramos a por ellos en una hora. Pude ver a Jorge sentado con el pelo revuelto antes de que cerraran la puerta tras de mí.

Suspiré mientras bajaba las escaleras, el resto de madres cotorreaba alrededor de mí pero no tenía hoy ganas de cháchara, me dolía la cabeza. Aburrida di vueltas entre los estudiantes que llenaban la sala de abajo, recorrí los pasillos repletos de libros, pasé la mano por los estantes en un gesto instintivo de limpiar el polvo. Al retirar la mano fue cuando vi aquel pequeño libro descolocado, lo tomé, era pequeño y no pesaba mucho. Al abrirlo sentí el fino papel como de Biblia, intrigada lo abrí.

Hacía años que no abría un libro, creo que desde que acabé el instituto. Los pocos libros que tenía de aquella época los tiré cuando me quedé embarazada de Jorge, necesitaba espacio y los cuarenta y cinco metros de la casa no eran ningún consuelo. Además eran libros que ni siquiera sé porqué guardaba, tal vez por nostalgia de la época en que iba al colegio.

Abrí una página al azar, sobre la mitad del libro. Mi nombre me saltó a la cara, Yolanda. Intrigada recorrí la página con la vista, Yolanda al igual que yo, acababa de entrar en una biblioteca. No puede ser, pensé para mí. Me retiré a un rincón apartado y abrí el libro por la primera página. El sueño de Yolanda, se titulaba. No sé cuanto tiempo leí porque el tiempo dejó de tener importancia para mí. Era como chicle, y ya no existía la biblioteca, ni Jorge ni los chavales del cuenta-cuentos. En estos momentos acompañaba a Yolanda en sus años escolares, un colegio similar al mío, de niña de barrio periférico y con poco porvenir. Pero Yolanda no se resignaba a dejar los estudios y a entrar de dependienta en una tienda, Yolanda era más valiente que yo, se levantaba temprano a estudiar y asistía al nocturno del instituto.

Salté al siguiente capítulo, Yolanda poco a poco iba consiguiendo todo lo que yo sólo me atreví a soñar. A esas alturas ya no leía, devoraba una página tras otra. Quería saber cómo continuaba la vida de Yolanda, no la mía tan aburrida, sino la de aquella Yolanda que siempre quise ser.

Intenté acordarme de Jorge, pensar en la hora pero me costaba concentrarme en esos detalles triviales. En el justo momento en que me obligué a volver a la realidad, el libro cayó al suelo con estrépito.

Con ojos asombrados noté que me recogían del suelo y me depositaban con cuidado en una estantería. Ya no podría recoger a Jorge del cuenta-cuentos. Alguien vendría a por él cuando se diera cuenta de que no regresábamos a casa. Por unos instantes sentí un poco de pena, pero fue sólo un momento.

Me di la vuelta y me fui a vivir aquella vida que de pronto se me ofrecía.