La obsesión del Sr. Pérez
Rubén Jarque


         La vida del Sr. Pérez comenzaba cada mañana en el mismo punto donde se había quedado la noche anterior. En ese preciso momento una voz distante daba las noticias del día, mientras, el Sr. Pérez se incorporaba en la cama para calzarse las zapatillas de andar por casa y ponerse su batín de seda. Tras ducharse, afeitarse y peinar el poco pelo que le quedaba, se vestía con la ropa que había preparado el día anterior: el pantalón de pana, el jersey de punto, sus impolutos zapatos de piel y por supuesto una de sus pajaritas que adornaban su vestimenta habitual.

         Como si de un ritual se tratara, doblaba el pijama para guardarlo en el tercer cajón, al igual que colgaba de una percha su batín o guardaba las zapatillas en su correspondiente compartimento dentro de aquel invento maravilloso del que se sentía orgulloso de poder disfrutar, su armario. Posteriormente hacía la cama procurando, y consiguiendo, no dejar ninguna arruga, para después desayunar un café solo y sin azúcar acompañado de una galleta tan solitaria como aquella mañana de otoño.

         Al salir por el portal le dio las llaves al portero diciéndole que esa misma mañana vendrían a enmoquetarle el salón. “ Ya sabe usted que el invierno se acerca y una moqueta siempre mantiene mejor el calor del hogar”- le había dicho al alejarse, él vivía solo y la persona en la que más confiaba era el portero de su bloque, ese buen hombre lleno de humildad que consumía su tiempo libre ojeando su lectura preferida, el marca. De esta manera se dirigió a la oficina en la que trabajaba diez horas diarias llevando la contabilidad de una multinacional de cosméticos, su trabajo era su vida, se podría decir que vivía para trabajar.

         Aquel día se le hizo más largo que de costumbre ya que estaba ansioso por llegar a casa para ver como había quedado el salón con la moqueta recién puesta. Cuando abrió la puerta de su casa sintió todo el cansancio acumulado durante la jornada laboral sobre sus hombros, pero pudo más la enorme ansiedad que le provocaba llegar al salón y ver su nuevo inquilino, y así fue, al entrar al salón la enorme felicidad que sintió en su interior al descubrir la moqueta pudo más que el cansancio, en mitad de su salón y sintiendo el calor de su moqueta bajo sus pies se sintió dichoso de la vida que tenía. Decidió no hacer esperar más a su nueva compañera, se puso el pijama, guardo en el armario la ropa que llevaba puesta, cogió un libro y se sentó en una silla junto a la pared del salón. Podía sentir, mientras leía, el suave tacto de la moqueta en sus pies descalzos, era reconfortante, le parecía que estaba recibiendo un masaje, su actual estado de relajación le hizo desechar cualquier síntoma de cansancio en su cuerpo, se sentía extraordinariamente bien. Pero de pronto sintió algo extraño, apartó la vista del libro y dirigiéndola hacía la moqueta descubrió algo inaudito, justamente debajo de la mesa donde estaba la lamparilla que alumbraba su lectura había una arruga, insignificante para cualquier ser humano, pero intolerable para el Sr. Pérez.

         Estaba indignado con la chapuza de trabajo que habían realizado, rápidamente se agachó y trató de aplastar la arruga pasando la palma de su mano por la moqueta, cuando comprobó que su estrategia no funcionaba se fue refunfuñando hacia el dormitorio en busca de la plancha. Pero la arruga se mantenía inalterable ante todos los recursos del  Sr. Pérez, había sido derrotado por una insignificante arruga; exhausto y fracasado descolgó el teléfono y marcó el número de la tapicería, respetuosamente explicó al dependiente lo que ocurría con su moqueta y éste, le dijo que no se preocupara, que mañana mismo irían a colocarla de nuevo.

         El Sr. Pérez estaba sumamente disgustado, se le había quitado el apetito y no soportaba la idea de permanecer en el salón estando allí aquella arruga alterando el orden de su hogar, así que decidió irse pronto a la cama, iniciando de este modo el ritual de todas las noches, lavarse la boca, limpiar sus gafas...

         Al día siguiente su vida continuó de la misma manera que el día anterior, a lo largo de la mañana se mostró algo preocupado, pero con el paso de las horas y con los importantes asuntos que debía resolver se fue tranquilizando, se decía a sí mismo que cuando volviera a casa podría disfrutar por fin de su moqueta nueva, estaba convencido de que los de la tapicería harían correctamente su trabajo: “total, un fallo lo tiene cualquiera”- se decía.

         Cuando salió del trabajo estaba tan cansado que ya ni recordaba el percance del día anterior, tan solo pensaba en llegar a casa, ponerse el pijama y descansar. Al entrar por la puerta dirigió sus cansados pies hacía el dormitorio, mientras se desvestía un recuerdo le invadió de pronto, !! la moqueta!!, corrió hasta el salón como si su vida  fuera en ello y al llegar allí creyó que el corazón le daba un vuelco. No podía ser cierto lo que veían sus ojos, la arruguita ya no existía, en su lugar había una señora arruga. No estaba enfadado, estaba furioso, su primera reacción fue saltar sobre la arruga con violencia mientras insultaba tanto a la moqueta como a los empleados de la tapicería. Puede que resulte complicado lo de saltar con violencia pero realmente él lo había logrado.      

         El espectáculo resultaba dantesco, menos mal que nadie podía disfrutar de el, porque no es muy frecuente ver a una persona adulta saltando en calzoncillos y con calcetines de ejecutivo sobre una arruga, que aunque indomable, no dejaba de ser una arruga; poco a poco su frecuencia de saltos fue disminuyendo, al igual que el volumen de sus insultos, al cabo de un rato acabó desplomándose sobre la silla situada junto a la pared, donde el día anterior se había sentado para disfrutar de su nueva adquisición doméstica. Observó como la arruga persistía en su empeño de amargarle la vida, “ ¿qué he hecho para merecer tal calvario?”-pensó. Alzó la vista al cielo para encontrar allí la respuesta a su pregunta pero no halló más respuesta que el color pálido del techo de su salón, “suele pasar”- pensó-, “nunca está cuando se le necesita”.

         Después de unos minutos de reflexión acerca de lo que le estaba sucediendo, unió toda su rabia y marcó el número de teléfono de la tapicería. Explicó nuevamente al dependiente lo que había en su moqueta, pero esta vez toda la amabilidad había desaparecido de su tono de voz. El dependiente le pidió mil disculpas, decía que lo sentía mucho y que no se preocupara, que no volvería a suceder, mañana volverían y dejarían su moqueta tan lisa como la de la mismísima reina de Inglaterra. El Sr. Pérez aceptó malhumorado, diciendo entre dientes que más les valdría que así fuese, que si al día siguiente no se la dejaban como él quería era capaz de llevarles a los tribunales por daños y perjuicios. Con esta frase concluyó la conversación y colgó el auricular, tuvo un momento de satisfacción, había desatado su ira y se encontraba a gusto. Al mirar de nuevo la arruga sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo, no podía estar en presencia de tal desorden. Se le quitaron las ganas de todo y, como ya ocurriera la noche anterior, se acostó sin cenar, a pesar de que el reloj acababa de dar las ocho de la tarde.

         A la mañana siguiente nada era igual, apenas había logrado dormir un par de horas y en ese transcurso de tiempo había sufrido innumerables pesadillas, siempre relacionadas con el mismo asunto. Aquella mañana no se duchó, ni desayunó, salió de casa lo más rápidamente posible, necesitaba huir de aquel lugar.

          En el trabajo los nervios le dominaron durante toda la jornada, no daba pie con bola, no hacía más que pensar en lo que  estaban haciendo en su casa, se preguntaba constantemente: ¿ lo estarán haciendo bien?, ¿ acabarán por fin con esa maldita arruga?; no podía apartarlo de su mente, sentía la necesidad de ir a aquel lugar donde habitaba, aquella casa que había sido invadida por el más absoluto desorden. Miraba el reloj cada cinco minutos, hasta que por fin dieron las siete de la tarde. A punto estuvo de atropellar a una pobre viejecita, se llevó por delante el carro de la compra de un asombrado transeúnte e incluso quebrantó alguna que otra norma del código de circulación, pero logró su objetivo... llegar a casa siete minutos y trentaitres segundos antes de lo habitual, hazaña merecedora de aparecer en su diario.

         Le sudaban las manos y sentía un terrible temblor en las piernas, cuando la llave entro y giró el picaporte. Entró en el recibidor, las gotas de sudor resbalaban por su frente, puso la mano en el pomo de la puerta del salón y la abrió suavemente. Silenciosamente, como si temiera que alguien le fuera a escuchar, se acercó hacia el lugar donde el día anterior estaba la arruga. Tenía  miedo de volver a verla allí, pero juntó todo el valor del que disponía y dio un salto, como si quisiera asustarla.

         Y no fue así, ni mucho menos. Para desesperación del Sr. Pérez la arruga permanecía allí, inmóvil sobre su suelo enmoquetado, había aumentado considerablemente su tamaño, era del tamaño de un balón de fútbol. Sin pensárselo dos veces cogió la silla de la pared, aquella en la que un día acaricio la felicidad, y la alzó sobre su cabeza, en su rostro se reflejaba el odio que sentía hacía ella, y golpeó la silla contra la arruga con una violencia desconocida. Pero esta no se dio por aludida, es más parecía sonreírle como queriendo decirle: “ mira, ni un rasguño”; no corrió tanta suerte la silla, la cual se partió en pedazos.

         Llegado a este punto al Sr. Pérez no le quedaban más recursos, la arruga le había vencido y como de nada valía desatar su ira contra ella, decidió hacerlo contra el dependiente de la tapicería, el cual le mandó a la mierda a él y a su moqueta, decía que no existía ninguna arruga y menos del tamaño de un balón de fútbol, que aquello eran invenciones suyas, ellos no habían visto absolutamente nada anormal en aquella moqueta. Mantuvieron una acalorada discusión durante casi media hora, la conclusión fue que al día siguiente los de la tapicería se llevarían su moqueta y le devolverían el coste de la misma, pero no del trabajo realizado. El Sr. Pérez estuvo de acuerdo.

         Las horas posteriores a este suceso fueron extrañas para el Sr. Pérez, no se concentraba en nada, no tenía hambre, ni podía conciliar el sueño, andaba apesadumbrado por la casa sin ganas de hacer absolutamente nada. Parecía ausente del mundo, no hacía más que pensar en la arruga, la dichosa arruga. Acabó por sentarse frente a ella y comenzó a observarla, fue descubriendo poco a poco detalles que le eran desconocidos hasta aquel momento, las curvas que tenía su forma, la belleza de su color, el gracioso hilito que salía de su parte superior... De pronto su curiosidad estaba sintiéndose atraída por aquel pequeño ser, con sumo cuidado la acarició y descubrió la suavidad de su textura, la agradable sensación de sentir sus dedos deslizándose sobre ella; se tumbó a su lado y la miró fijamente, sentía una placentera sensación en su cuerpo al abrazarla y poco a poco se quedó dormido a su lado.

         Cuándo abrió los ojos creyó despertar en el paraíso, pero aquello era algo mejor, estaba en su hogar, !!su hogar!!, y a su lado estaba ella, habían pasado la noche juntos y se sentía como un niño estrenando zapatos nuevos. Andaba por el pasillo con una sonrisa inmensa en su rostro, no alcanzaba a comprender que le estaba pasando, pero aquello no debía ser malo. Estuvo mucho tiempo en la ducha entonando canciones que había detestado durante toda su vida y se preparó un abundante desayunó, con un par de tostadas rebosantes de mermelada y un gran tazón de café recién hecho. Se disponía a disfrutar de tal manjar cuando cayó en la cuenta de que llegaba tarde al trabajo, pero no le importó, decidió tomarse el día libre, el primero en veintisiete largos años, aquella mañana sentía que se lo merecía.

         Al pasar por el salón la miró, aun dormía, tan dulce y hermosa, no pudo evitar un suspiro. Entonces recordó que en breves instantes iban a separarla de su lado, se la iban a llevar. Aquello no podía suceder, ¿qué haría sin ... ?. En ese preciso instante sonó el timbre de la puerta, sintió morir, no sabía que hacer, no podía permitir que les separaran. “No, ahora no”, se lamentó. El timbre volvió a sonar una y otra vez, escuchó la voz de su portero al otro lado de la puerta preguntando si se encontraba bien, si ocurría algo, que ya habían llegado los de la tapicería. Esto le dolió en el alma. No podía permitir que quebrantaran la paz de su hogar, pero tenía demasiados problemas en la cabeza y no sabía que hacer. Todo se le venía encima, el sonido del timbre, la voz del portero, los de la tapicería y por supuesto la imagen de ella, con su inocente desnudez durmiendo en el salón. Comenzó a nublársele la mente  y se desplomó sobre la moqueta.

         Cuando recobró el conocimiento se habían marchado el portero y los de la tapicería, “seguramente se cansaron de esperar a que abriera y se marcharon pensando que me encontraba indispuesto”- pensó. Comprobó que estaban solos otra vez, nada podía superar aquel momento. Decidió que nada ni nadie se interpusieran entre los dos y así fue; desde entonces su soledad se vio acompañada por aquel pequeño ser inerte que había dado sentido a su invariable vida.