El sueño del Titanic
Leonardo Maicán


La culpable de sus bajas calificaciones tenía nombre y apellido: Silveria Solís, una espectacular pelirroja de puntiagudos pechos y delgada como un cambur, cuya mirada perdida limitaba en ocasiones (especialmente durante el recreo) con el grupo de los mediocres.

Discreta, moderada, maternal, pulcra y elegante, sorprendía de cuando en cuando con un veinte en castellano. No era para menos, pues era conocida por todos su afición a la poesía. En una oportunidad había llegado incluso a obtener (después de varios intentos) una mención honorífica en un concurso regional para liceístas.

Esa modelito adolescente de mejillas pecosas, pelo corto y uno setenta de estatura con cincuenta de peso, permanecía como un Titanic de carne y hueso (más hueso que carne) en las profundidades de su memoria. Algunas noches frías y de intensas lluvias soñaba que era un submarino teledirigido en forma de pene, curvo y erecto, deslizándose en espiral a través de las heladas aguas del Atlántico Norte.  Luego de sortear témpanos de hielo de dieciséis años de diámetro (¡cómo pasa el tiempo!), lograba finalmente  tocar suelo marino.  Una vez allí, desorientado en aquel vasto desierto de oscuridad, debía arrastrarse (a paso de tortuga) como una vulgar serpiente. La presión era un antipático pulpo disfrazado de piedra que le machacaba los testículos. El dolor era insoportable.

Ya a punto de desfallecer, ocurría el milagro. Una corriente de viento acuático chocaba en suaves oleadas contra el estirado prepucio del sumergible, fenómeno que era interpretado como señal de que el objetivo se encontraba cerca, demasiado cerca como para no sentir el fortísimo e inmutable olor a jabón de baño. Inmediatamente, el aparato para detectar metales se ponía en funcionamiento y en un prehispánico cortejo de cinco segundos creía tenerla a sus pies. Lamía entonces sus axilas depiladas, esa delicada piel de flor de mango cuyo centro olía ligeramente a cebolla asada.  Hurgaba con su lengua sus fosas nasales, cada pelito acariciado y adorado cual becerros de oro. Luego, mordía con ternura de abuelo el diminuto ombligo lunar hasta anular toda posibilidad de escape.

Dueño de la situación, como gato gimnasta que juega con su presa, la dejaba hacer. A continuación daba vida a un extraño rito ancestral. Tomaba su pene con ambas manos e iniciaba una alegre danza solar de trescientos sesenta y cinco  pasos diferentes alrededor de la ninfa pelirroja, al tiempo que giraba sobre su propio cuerpo, alternando volteretas mortales con aeróbicos movimientos de cintura, mientras la neófita poetisa simulaba salir de su letargo sexual, sacudiéndose a ritmo de perinola el fango y la herrumbre de décadas.

Justo antes de dar comienzo a la batalla de los sexos, una rimbombante voz atrompetada venida del Más Acá, decía: "Ábrete, Sésamo", y en un segundo las frágiles piernas de la virgen amada se separaban, como el abrir de una ostra rosada, dejando al descubierto la preciosa  perla de rubios vellos. Era un sexo hermoso, duro, cerrado e increíblemente pequeño, capaz sin embargo de soportar la embestida ciega y brutal de un centenar de hombres en celo. Monstruosamente excitado, amo y esclavo de su maldita erección, buscaba por todos los diablos la manera de causarle el menor daño posible, antes de que la creciente impaciencia de su bárbaro falómetro (aparato que sirve para medir la capacidad de aguante de la vagina) minase su propia resistencia física.

Entonces, la perla más apetecida del Caribe onírico estaba maquiavélicamente húmeda, arisca, preparada para el combate. Sus labios rojos manzanizado simulaban una capa de torero. Aleteaba con pudor de actriz porno ambos hemisferios de su Triángulo de las Barbudas, originando una serie de remolinos afrodisíacos que excitaban aún más al otro, incitándolo a la batalla frontal, cuerpo a cuerpo.

Improvisaba pases de cortesía y verónicas de arte menor. Luego, en un acto de descuido fríamente calculado, la precoz poetisa desplegaba el abanico al máximo, en un gesto de desafío muy clitoridiano. Valía la pena el ardid, no en vano es el arma secreta que utiliza contra indecisos e impotentes. La  respuesta desdentada del toro unicornio no se hacía esperar. El choque de titánicos era un espectáculo verdaderamente digno de ser filmado. En un primer contacto síquico, el atacante era circuncidado en seco, sin anestesia, obligado a retroceder cincuenta estrellas al este, desplazado como un exiliado clínico, deportado a un estado Libre Asociado (¡Vive, Puerto Rico!) donde la estoicidad supera por trece franjas horizontales el dolor por la pérdida del hasta entonces territorio viril.

 En su segundo encontronazo proindependentista y después de una encarnizada lucha a sangre y semen en las afueras del rocalloso himen, el Clítoris, estratégico fortín de cuando el dominio peninsular y protagonista de épicos orgasmos, era finalmente destruido, extirpado de raíz. Luego era ella quien retrocedía cincuenta estrellas, al Oeste. La clitoridotomía se hacía efectiva. Esta vez el cese de las hostilidades se prolongaba por tres o cuatro minutos, sólo interrumpido por esporádicos amagos bélicos de parte y parte que no pasaban de inofensivos guiños y sacadas de lengua.

Ella, cándidamente despeinada, cansadísima, herida de muerte pero no vencida, se jugaba entonces el todo por el todo, a fin de impedir el desmembramiento de su folclor e identidad virginal. Él, rígido, voraz, arrogante, conquistador, vaginófago por naturaleza, tampoco se daba por vencido. Estropeado, exhausto y golpeado (al igual que la perla androfóbica), se reventaba ahora como los glandes,  buscando el medio de poderla penetrar. Esta vez buscaba (infructuosamente) la manera de causarle el mayor daño posible (quería vengarse). De modo que el tercer y último enfrentamiento, el más grande y temido en cuanto a espacio físico y duración, al principio de la magnitud de una batalla intergaláctica, pronto degeneraba en una vulgar guerra de guerrillas, e incluso en un lío doméstico de acoso sexual con el que el uno pretendía desprestigiar al otro.

Santísimo Neptuno, en aquel singular pleito de culebras bíblicas, enroscadas como crineja de loca, ¿quién demonios era quién y quién izaba o arriaba la bandera de quién? Después de la tormenta sobrevenía una calma hipócrita, aparente. Al contrario de la Guerra Fría, era ésta una paz caliente, venérea, cabizbaja, ociosa, labial, sin fuerzas. De pronto (he aquí el destino histórico), el mundo bipolar sorprendía al mundo bipolar con un drástico giro de trescientos sesenta grados (para quedar en lo mismo), y a MIR dólares eran derribados el Muro de Merlín y la Estatua de la Esclavitud. Ambos contrincantes, perdidos, derrotados, suponiendo cada uno la victoria del adversario, sacaban a relucir prendas íntimas blancas, como señal de rendición incondicional. Entonces, la inmaculada pelirroja de senos puntiagudos aflojaba sus tensos músculos, apretaba los ojos de miel y desterraba de sí el orgullo (se lo tragaba), ofreciéndose en cuerpo, mas no en alma. Presa de una crisis de nervios, producto de su propia impotencia, le gritaba a todo pulmón marica, cabrón, hijo de perra, malparido, desnaturalizado, con la rabia y el rencor de una marginada sexual. Llorando luego de resignación, vociferaba a los siete mares que la penetrara, que la hiciera suya de una buena vez, que la violara. Era una voz entrecortada, herida, fatalista, desgarradora, triste. Lo repetía tantas veces, con tal intensidad, fervor y ahínco, que paulatina  e inconscientemente el ancestral odio tendía a decrecer, la traumática rabia a ceder sus bases, hasta llegar a un plano de excitación suprema en que llegaba a amarlo y desearlo de veras. Eran momentos de turbación mundana, de bruscos y profundos cambios. Entonces ya no le gritaba cabrón, marica, hijo de puta, sádico, sino, en tono desaforado, entreguista y seductor: "¡Cosa rica, buenmozo, Romeo, Cupido, macho mío...!"

¡Las vueltas que da la vida! Toda esa maniobra erótica señalaba que había que destruir a Cartago (era la orden), pero, ay, cómo diablos destruirla. ¿Utilizando armas químicas o biológicas, aun a riesgo de sufrir bombardeos aliados y  sanciones económicas más severas aún? Ni loco.  Además, no las tenía ¿...? y, si en verdad las tuviese y se viera en la necesidad de usarlas, tampoco podría: tan estropeado  estaba que no era capaz de mover un dedo. De qué manera, a ver.  ¿Por medio de una transculturización violenta, en masa? Imposible: las guerras púnicas (pénicas) lo habían desculturizado por completo. A ver, cómo (tenía que haber algún modo). ¿Con una honda y par de piedras? Negativo. Tenía claro que jamás alcanzaría la puntería ni la suerte de David. ¿Entonces? ¿A vergajazo limpio? Ni pensarlo: el que una vez fuera un portentísimo submarino en forma de pene (con cabeza nuclear) ahora no era más que  un obsoleto y flácido torpedo convencional batiéndose en retirada, buscando desesperadamente una salida al mundo exterior.