10:21
Telmo Ródenas Cobo


Cuando sean las 10:21 de esta noche algo que no puedo intuir de momento, pero que espero con muchísimo temor, va a ocurrir. Queda exactamente una vuelta completa del reloj, pues acabo de mirarlo otra vez y ese veintiuno que marca claramente el analógico que tengo delante de mí me ha recordado de nuevo la pesadilla que invade mi cabeza.

Cuando las manecillas de las horas y de los minutos marquen esa hora tan bonita pero que tanto me ha atormentado, puede que todo acabe, también este relato.

Cuando las manecillas se pongan casi en línea, en ángulo de casi ciento ochenta grados, ese momento no sé si podré soportarlo.

Esta sospecha que me acecha no quiere decir que sepa qué me espera realmente. Lógicamente he tomado precauciones y creo que no haré nada que me pueda resultar peligroso. Pero será inútil. Es casi una certeza. Sólo hay que encajar las piezas que se han ido formando desde hace bastantes años, al principio de forma ligera y sutil, y en los últimos meses hasta casi volverme loco.

No recuerdo muy bien como empezó la obsesión, pero si que fue muy poco a poco. Miraba el reloj y eran las 10:21. Me hacía cierta gracia. También recuerdo que durante años rivalizó con las 5:54 (pueden ser de la mañana o de la noche), pero ésta tenía menos mérito porque era casi siempre el momento de llegar a casa desde el Instituto, cuando pasaba por el salón y miraba el reloj, justo antes de merendar. Creo que una marca de un gran atleta español de cien metros que fue record nacional durante años fortaleció la teoría de las 10:21, ya que coincidían los números y me hacía pensar en ello. Pero si esto fue el inicio, ahora tiemblo sólo de ver el título que le he dado a este texto, que escribo para que, cuando todo pase, al menos se sepa que no fui del todo ignorante de mi destino. Triste consuelo cuando no puedes evitarlo.

En esta última época de pruebas concluyentes he tratado de liberar la cabeza hablando de mi problema. De forma distendida, sin tratar de dar un dramatismo del que se pudiera sospechar delirio o locura por mi parte, traté de abrirme a un amigo, contárselo, con la esperanza de que se riera de mí y así tranquilizarme un poco. Ahora él también lo sufre, siempre que observa el reloj son algo y veintiuno, y lo más curioso de esta situación es que cuando miramos el dichoso aparato (yo, por supuesto, no lo llevo encima, cualquier cosa menos un reloj digital, hace mucho que me lo quité, pero los relojes invaden el mundo en el que me muevo, a todas horas hay uno cerca, y por supuesto uno siempre a la hora maldita) nunca nos acordamos antes de la obsesión, lo hacemos de forma inocente, y sólo cuando vemos la terrible hora que señala sin titubear recordamos que nunca debimos fijarnos otra vez, y que si, al menos por mi parte fuera, acabaría con ellos de un plumazo fulminante.

A las diez y veintiuno de una noche de hace más de quince años vi por primera vez a un familiar mío muerto. También a las diez y veintiuno, una mañana años después sonó la sirena de la ambulancia que venía a llevarse a mi hermana cuando lo de su enfermedad, y a esa misma hora unas semanas más tarde abríamos felizmente la puerta de regreso junto a ella. A las diez y veintiuno me llamaron para decirme que estaba licenciado, también firmé mi primer contrato de trabajo a las diez y veintiuno. No sé a que hora conocí a la mujer con la que estuve casado, pero era entre las diez y las once de la noche seguro, no sé a que hora se fue de casa dando el último portazo, pero no fue antes de las diez y cuarto ni fue después de las diez y media de la mañana de hace hoy mil y veintiún días, y no sé a qué hora me llamó mi hijo para decirme que prefería estar con ella, que me quería mucho y que nos veríamos de vez en cuando, pero era entre las diez y veinte y las diez y veinticinco, veintiún días después del portazo. Y prefiero no saber qué hora era con precisión, porque las sorpresas no se suelen dar, y en este caso lo sorprendente sería que no hubiese ocurrido todo a esa hora exacta.

Pero si intuyo que hoy acaba todo no es sólo por todas esas coincidencias. Es también por una cosa que me ha pasado durante el día. En casa hay cuatro relojes, por supuesto todos analógicos, que no concretan el minuto exacto a no ser que te fijes mucho. Pero yo lo hago. A las 10:21 de la mañana se ha parado el de la cocina. Cuatro horas más tarde el de una habitación, y cuatro después (es decir, cuatro antes de las 10:21 de la noche) el de la otra. Sólo queda un reloj funcionando en casa, el que tengo delante de mis ojos.

Me estoy volviendo completamente loco.

Tengo la cabeza bloqueada de los nervios, y debo tratar de liberarla. No sé por qué me vienen ahora a la mente cosas de cuando era pequeño, no tiene sentido, pero estoy viendo con nitidez aquél día en casa de mis padres, estaba todo tan oscuro, de repente me vi andando rápidamente a abrir un armario que siempre me había dado mucho miedo, donde había una caja cerrada grande. Yo estaba obsesionado con que había un muerto allí dentro guardado, la abrí, y al verla vacía me llevé en el fondo una gran decepción. Tanto me afectó aquello que cuando me fui de casa le dije a mis padres si me lo podía llevar de recuerdo, y aquí está, en la habitación, con la caja, todavía vacía, dentro. O al menos eso creo. No la he vuelto a abrir desde ese día.

Me estoy agobiando tanto que siento que no puedo quedarme encerrado más tiempo entre estas paredes. Debo salir a la calle aunque sean sólo unos minutos, volveré rápido, sí, allí estoy más expuesto a que me pase algo, no me puede pillar la hora fuera de casa, sería tentar demasiado la suerte, fuera hay peligros, este es un barrio algo peligroso. A las 10 como muy tarde estaré aquí. Ni siquiera voy a apagar el ordenador..................................

Me ha pasado algo terrible mientras estaba fuera. Siempre pensé que cuando llegara la hora de la muerte no dejaría de sentir, no sería ese vacío tan absoluto que hay antes de nacer (eso lo intuimos), y que pensamos que habrá en el momento en que, tratando de luchar por última vez por aferrarnos a la vida, abandonemos todo. Yo creo que eso sería demasiado cruel y que no es así, que lo que pasa sin embargo es que mientras nuestros seres queridos nos lloran, nosotros les vemos y les hablamos, como si tal cosa, pero ellos ya no pueden oírnos. Creo que en el instante de la muerte recobramos la energía vital, y es en ese momento exacto cuando comprendemos que deberíamos haber hecho todo de otra manera. Justo cuando ya no podemos comunicarnos. Cuando empiezan a hacer las gestiones para meternos bajo tierra.

         Pues lo que me acaba de suceder me ha hecho pensar en esto. Se le ha caído una carta al suelo a una mujer mayor, cuando echaba varias en un buzón. Ella no se ha dado cuenta, y he tratado de avisarla. Sin embargo, no me ha hecho caso, como si no sintiese mi presencia, aunque yo la hablaba muy alto, dado que me he acabado alterando. Ella se ha dado finalmente media vuelta y se ha ido. Entonces he visto que la carta estaba abierta, y que sólo escondía un pequeño papel dentro. En él ponía “Cuando se pare el último reloj mira la caja por segunda vez”.

Creo que no puedo soportar más todo esto.

         Son las diez y quince minutos. Quedan por tanto seis.

         Ahora tengo más miedo que antes, no voy a parar de escribir nunca, así evitaré mi destino. Si sigo tecleando, y debo hacerlo sin parar, y sin moverme de aquí, la hora pasará, todo habrá sido sólo un gran error y por fin respiraré tranquilo.

         Pero no podré, no sé ya qué escribir, puede ser que todo esté dicho en el papel y en la vida desde hace mucho, y lo mejor sea que me deje llevar. Quizá lo que he leído sea lo que tenga que hacer realmente.

Creo que debo volver a abrir la caja de nuevo, pues son las diez y veinte, y algo me está empujando otra vez, como aquél día, hacia el mismo lugar. Contaré sesenta segundos e iré.

Creo que ya se ha parado, no suena. Si sigo escribiendo dentro de unos segundos, seguramente ya serán y veintidós, y habré superado una situación que ahora mismo me domina por completo. Si, por el contrario, esto acaba aquí, si no hay más líneas debajo, será porque, como empiezo a ver claramente, esta vez sí habrá un muerto en la caja, y seré yo.