Sueños
Juan Carlos Álvarez Alaiz


Aquel viernes me desperté con la placentera sensación que proporciona el comienzo del fin de semana. No recordaba nada del sueño, y no fue hasta más tarde, ya en la ducha, mientras aclaraba mi cuerpo de  los últimos restos de jabón, cuando me vino a la cabeza todo lo que mi inconsciente había recreado aquella noche y su relación con los sueños anteriores. Y  comencé a tiritar como si el agua caliente que caía sobre mi cuerpo se hubiese congelado instantáneamente.

 

Todo había comenzado el lunes. Aquella noche tuve el primer sueño. Yo iba andando a mi trabajo como cada día y cuando cruzaba por el paso de peatones que hay frente al edificio en el que trabajo vi a Luis, el conductor del coche que se había parado delante de mí. Hacía 10 años que no le veía, desde aquel fatídico accidente que cambió mi vida. Le saludé, pero pareció no reconocerme, no sólo porque no me devolvió el saludo sino también porque nada más que llegué a la otra acera reemprendió su marcha sin volver a mirarme.

 

 Al día siguiente camino del trabajo todo lo que había soñado se reprodujo con exactitud. Cuando comencé a cruzar miré a la izquierda y allí estaba  Luis. Después se fue sin dar ninguna señal. Pensé que Luis me había reconocido pero que no  había querido saludarme. Aún me consideraba culpable, aunque yo sólo era el que conducía aquel maldito coche, aquel maldito día.

 

Llegué al trabajo alterado. Más que el hecho de haber visto a Luis después de tanto tiempo era la  reproducción de mi sueño lo que me perturbaba. Quise pensar que todo había sido una curiosa coincidencia, pero durante todo el día no pude pensar en otra cosa.

 

Aquella noche el sueño se repitió integro, pero esta vez no era Luis el conductor sino Marta. También ella participaba en aquel viaje que pretendía ser el comienzo de unas vacaciones tantas veces soñadas y que finalmente se convirtieron en la peor pesadilla. En el sueño Marta se comportó igual que Luis y tampoco pareció reconocerme.

 

Cuando al día siguiente al cruzar la calle encontré a Marta esperando dentro de su coche a que yo cruzaré la calle, comprendí que aquello ya no podía ser una casualidad. Por eso la hice señales, quería saber que estaba ocurriendo, pero cuando acabé de cruzar  reemprendió su marcha sin mirarme, exactamente igual que en el sueño.

 

Supuse que alguien desde algún sitio me enviaba algún mensaje, quizá sería Juanjo, desde donde quisiese que estuviese después de que aquel día, el golpe frontal de mi coche contra aquel árbol acabará con su joven vida en el acto. Él fue la única víctima mortal. De hecho los otros cuatro pasajeros no pasamos de lesiones leves, magulladuras, nada... Pero Juanjo, que estaba  en el asiento situado a mi derecha, se llevó  todo el golpe. Yo no recuerdo nada de los instantes anteriores al accidente, sólo se me quedó grabado un fuerte impacto. Luego, cuando levante la cabeza y vi a Juanjo inmóvil con la cara ensangrentada mi mente se bloqueó y durante las horas siguientes tuve la impresión de haber perdido el rumbo de mi vida.

 

La noche siguiente a mi encuentro con Marta apenas dormí. Calculo que logré conciliar el sueño apenas 15 minutos, los suficientes como para que el sueño volviese a repetirse. Esta vez era Sergio, hermano de Juanjo, la persona que esperaba dentro de su coche a que yo cruzase por el paso de peatones. Su mirada era neutra pero desconcertante. El día del accidente Sergio ocupaba uno de los asientos traseros. Se había pasado la tarde contando divertidas anécdotas y era el que con más entusiasmo comenzaba aquellas vacaciones. En el momento del impacto iba dormido y estuvo después un buen rato completamente aturdido. Pero  cuando uno de los médicos  cubrió con una sábana el cuerpo de su hermano, Sergio se abalanzó sobre mí  y empezó a golpearme con rabia y con una fuerza impensable para alguien que acababa de tener un accidente. Mientras tanto Marta y Luis también me increpaban; que si torcí en el último instante para que el lado que yo ocupaba esquivase el golpe, que si sólo pensé en mi, que si iba demasiado deprisa... Yo permanecí inmóvil y callado. En ese momento un médico, consiguió separar a Sergio, me metió en una ambulancia y me llevaron al hospital. No les había vuelto a ver.

 

Cuando a la mañana siguiente me dirigía a mi trabajo se me ocurrió coger un taxi que me dejara justo en la puerta y así evitar aquel paso de peatones, pero al final la curiosidad venció al miedo y no lo hice. Al llegar al paso de peatones, comprobé aliviado que no había ningún coche en la carretera. Entonces crucé, pero antes de que hubiese llegado al otro lado apareció. No fue necesario que parase pues yo ya había rebasado su carril, pero sí le dio tiempo a lanzarme la misma mirada que en el sueño. Esta vez me resultó amenazante y se me clavó en las entrañas. Por un momento sentí un gran dolor en el alma. Ni yo había sido capaz de dejar de sentirme culpable, ni ellos habían sido capaces de olvidarlo.

 

Aquella tarde fui a ver a mi psicólogo. Hacía meses que no iba por allí, ya que después de años de tratamiento ambos habíamos comprendido que estaba estancado y que quizá debía pasar un tiempo sin remover todo aquello. Aquella visita consiguió tranquilizarme. Me dijo que estaba siendo víctima de una obsesión. Eran lógicos los sueños y también lo era que mi mente los reprodujera al día siguiente creyendo ver lo que en realidad no veía. Me contó que ninguna de las personas que creía haber visto eran en realidad ellos. Se trataba de alucinaciones transitorias o algo así y era muy probable que ahora que lo sabía no volviese a tener aquellos sueños ni aquellas alucinaciones. El caso es que me convenció de todo aquello y aquella noche, agotado por la tensión vivida esa semana, me acosté temprano y concilié el sueño enseguida.

 

Por eso el viernes al principio no recordé nada. El día anterior había planeado irme a la playa durante el fin de semana, intentar descansar y olvidar y eso fue mi primer pensamiento. Pero cuando la ducha despejó mi mente y recordé que el sueño se había repetido y que quien detenía  aquella vez su coche en aquel maldito paso de peatones era Juanjo, el miedo se apoderó de mi mente.

 

Salí de la ducha aún aturdido por el shock  y tras secarme con dificultad, me senté tratando de ordenar mi cabeza. Toda una semana de sueños obsesivos, un cúmulo de imposibles coincidencias, de sentimientos de culpabilidad que me torturaban, una sensación de confusión,  de no saber  en que dimensión se está viviendo, si en el sueño o en la realidad.

 

Intentaba razonar, pero era incapaz. Continué tiritando un buen rato. Por un momento pensé que lo mejor sería no ir a trabajar. Me sentía sin fuerzas. Me tome un tranquilizante y llamé a mi psicólogo. Él me insistió en su teoría de la obsesión. Me animó a que fuera a trabajar, me dijo que era la mejor manera de vencerla. Consiguió envalentonarme, así que colgué, me vestí y salí hacia el trabajo.

 

Las fuerzas que la conversación con el psicólogo me había dado se iban agotando según me acercaba a aquel paso de peatones. Cuando al fin llegué permanecí  durante un buen rato quieto, con los ojos cerrados y la respiración contenida. Sentía como las pulsaciones se me aceleraban y el corazón parecía estar a punto de estallar en mi pecho. Me encontraba completamente  aturdido. Oí como varios coches pasaban delante de mí,  incluso creo alguno paró para dejarme pasar, pero yo permanecía inmóvil tratando de armarme del valor suficiente para enfrentarme a mi miedo. Entonces abrí los ojos. No vi ningún coche cerca así que comencé a cruzar. Quería correr pero mis piernas no respondían y sólo era capaz de  caminar muy despacio. A lo lejos se acercaba un coche pero no estaba conducido por  Juanjo sino por una señora de mediana edad. Sentí una breve euforia que apenas duró unos segundos, lo que tardé en darme cuenta que conocía a aquella mujer. Era la madre de Juanjo. Su coche, que se acercaba a gran velocidad, no paró en el paso de peatones sino que impactó contra mi cuerpo arrastrándolo varios metros. Creo que fue el golpe de mi cabeza contra el suelo lo que me mató.

 

Lo primero que recuerdo después era que todo estaba oscuro. Me encontraba en una especie de bosque rodeado de maleza. Comencé a caminar hacía un punto de luz. Parecía cercano pero tardé mucho tiempo en alcanzarlo. Al  llegar lo primero que vi fue una larga carretera. Al otro lado había un gran edificio. Supuse que era allí el lugar donde terminaba mi viaje hacia la muerte. Comencé a cruzar y entonces descubrí que lo hacía por un paso de peatones. Miré a la izquierda. Un coche conducido por Juanjo esperaba.