El día que me mataron y no me morí
Edgar Tarazona Angel



Las penas de amor nos meten en la cabeza ideas que, en completo dominio de nuestras emociones, jamás pensaríamos ni por asomo. Eso me ocurrió hace años por un despecho amoroso que casi me mata.

El amor de mis amores de ese momento me terminó, y yo pensé que también estaba terminando con mi vida y lo único que deseaba era morirme; quedé como un zombi sin rumbo y sin voluntad para nada. Los que han sufrido una de estas decepciones me entienden.

Lo que se siente es una mezcla de tristeza, rabia, rencor, dolor por todo el cuerpo, pero uno se toca y no le duele nada, ganas de gritar, de huir sin saber a dónde.

Pasan las horas y, en esa confusión de sentimientos y emociones uno está más desorientado que una cucaracha en una fiesta de gallinas y se piensa en todo, desde morirse de una vez hasta humillarse y pedir perdón a ver si la infame se conduele y nos acepta de nuevo.

Bueno, yo nunca he sido de esos, así que ya que ella lo quiso pues le iba a dar gusto; una vez le juré que no podía vivir sin ella, así que decidí morirme… de mentiras, claro está y armé un plan perfecto sin compartirlo con nadie porque la vida me enseñó que un secreto está a salvo entre tres con la condición de que dos estén muertos.

Como mi ex amor vivía en otro pueblo cercano al mío, eso me facilitaba el éxito de mi gran idea. Esta se me ocurrió al pasar por una funeraria y ver los avisos con el nombre del difunto, las personas que invitaban al funeral y la iglesia y la hora de las honras fúnebres.

Fui a la imprenta de otro pueblo donde no me conocían y mandé imprimir treinta avisos fúnebres con mi nombre y apellidos (para que no hubiera dudas). Mis amigos invitando al sepelio que debía realizarse en una iglesia ficticia de la capital de la república sin dirección. El nombre del templo si era real pero en la ciudad existen por lo menos veinte iglesias con el nombre de san José, de esta manera si ella quería en medio de lágrimas despedirme en mi última morada no podría encontrarme (eso imaginaba yo en medio de lágrimas y con una botella de licor sobre la mesa)

Fui al pueblo de mi amada en la noche anterior a mi fingida ceremonia mortuoria y busque al mandadero del pueblo, que no me distinguía y le pagué para que pegara los avisos por todo el pueblo, pequeño, por cierto. El primero al frente de la casa de ella.

Olvidaba decir que yo era un joven independiente y mi familia vivía en una ciudad lejana, así que madrugue a la terminal de transportes de la capital y tomé el primer bus que salía para donde vivían mis familiares. Como era una época sin internet ni celulares era muy difícil ubicar a cualquier persona, de manera que me di un mes de vacaciones antes de aparecerme por el pueblo donde estaba viviendo y trabajando.

Con los primeros amigos que me encontré casi se mueren del susto al verme. Yo había olvidado que estaba muerto y nadie sabía la verdad de mi deceso. Palabras van y vienen con emociones encontradas, unos querían abrazarme y felicitarme y otros deseaban lincharme, al final reímos todos y celebramos en la Ultima Lágrima (Tienda de todos los pueblos junto al cementerio) la broma macabra que hice a mi ex.

A propósito, me comentaron que estuvo desesperada buscándolos para averiguar qué era lo que había pasado y, por supuesto, ellos tampoco sabían nada. Parece que mi muerte le afectó tremendamente los nervios y la internaron unos días en una clínica de reposo para que se recuperara. Bueno mis lectores, esta es una historia de verdad. A ella la olvidé pronto y pasaron varios años antes de que se enterara de la verdad. Pero le dolió y eso me dejó satisfecho. Aprendan para cuando se les ofrezca.