El grito
Edgar Tarazona Angel



Conducía su auto por la carretera solitaria mientras en el horizonte las nubes se teñían con los arreboles del atardecer. Llovía a cántaros, pero su destino ya estaba cerca, dos o tres kilómetros la separaban de la calidez humana de su familia, de un pijama seco y suave, una cama acogedora y un buen café hirviente y aromático.

 

En diferentes sitios del trayecto vio hundida la carretera; maquinaria pesada despejaba el camino de las piedras y lodo de los derrumbes, recordó que todos los días en los noticieros televisados y radiales comentaban de los problemas surgidos en la malla vial a causa del invierno y hasta ese momento no había dado al asunto la verdadera dimensión, hasta cuando lo vio con sus ojos no pensó que el asunto fuera tan grave… bueno, ya terminaría de llover.

Más que oír presintió el ruido de un alud y, de pronto, se vio envuelta por ramas, barro y piedras por todas partes y su pequeño campero reforzado por varillas quedó sepultado por el alud. Durante unos segundos no supo que había pasado y quedó envuelta por la oscuridad total. Su entrenamiento como combatiente antiterrorista le permitió recordar en fracciones de segundo lo que debía hacer de inmediato. Buscó en la guantera la linterna de emergencia y la encendió. De inmediato no captó la verdadera dimensión del momento en que se hallaba, pero con el paso de los minutos comenzó a preocuparse; no escuchaba el menor ruido, claro, ella desconocía que estaba bajo una capa enorme que impedía la entrada o salida de cualquier sonido. Su carro no estaba destruido por completo porque había quedado bajo las ramas de un enorme árbol que estaba a la orilla de la carretera y sucumbió ante el embate de la avalancha.

 

El noticiero de las siete dio un boletín de última hora: “tres carros quedaron sepultados en el sector de Rio Negro por cientos de toneladas de tierra y rocas, se teme que no haya sobrevivientes y las pesadas maquinarias no pueden llegar al sitio porque la carretera no soporta el peso en las actuales condiciones, se intentará el rescate con pico y pala, pero se teme que no queden personas con vida bajo…”

 

Ella esperó durante una hora con la luz apagada, mirando a cada rato la esfera luminosa de su reloj de pulsera. Prendió el radio, pero la señal no entraba, ensayó una llamada desde su celular y nada, imposible que entrara la señal. Cuando sintió que el oxígeno empezaba a escasear reemplazado por el gas carbónico de su respiración, sintió la angustia que atenazaba su garganta y presintió que estaba viviendo sus últimos segundos, aspiró todo el aire que pudo y lanzó el grito más desgarrador de su existencia…

 

Al amanecer, con las primeras luces del día y ya sin lluvia, comenzaron a llegar algunos trabajadores con sus picos, palas y azadones para empezar a remover la tierra, en el ambiente sólo se escuchaba el silencio.