Patio con ciruelo
Raquel Molina Serrano


A la madre

 

Ana contemplaba a su madre dormida en silencio. No hacía ningún movimiento, temía despertarse y que ya no estuviera allí. Hacía más de cinco años que había muerto su madre.

         Ana se complació en dirigir su sueño, ahora la madre estaba despierta y ambas jugaban en un patio minúsculo con un ciruelo en el centro. La madre reía.

 

         El despertador rompió el hechizo. Ana despertó en una habitación desnuda de su pequeño y recién adquirido apartamento. Su mente intentó retroceder hacia el sueño, hacia la madre, pero el presente irrumpió de golpe. Hoy era su primer día de trabajo como profesora. La emoción del estreno la recorrió como un escalofrío.

 

         Dicen que la primera clase es decisiva, pensaba mientras las atentas caras de los pequeños la contemplaban por primera vez. Tomó aire antes de empezar, durante un momento recordó a la madre, le hubiera gustado ver cómo al final el sueño de la enseñanza se había cumplido. La clase pasó en un suspiro. Después otra. La sirena del recreo interrumpió la mañana.

 

         El largo timbre no dejaba de sonar.

 

         La mujer despertó malhumorada para apagarlo. Mientras se levantaba con dificultad, tocaba su barriga deforme. Había soñado con el bebé que crecía en ella. En el sueño se llamaba Ana, y era profesora.

         Mientras tomaba el café en la cocina contemplaba el ciruelo que llenaba el minúsculo patio. Para el otoño llegará Ana – pensó la mujer – y habrá que podar esas ramas para que podamos salir al patio.

 

 

Raquel