Manjares
Juan Carlos Álvarez Alaiz


Me ofreció queso, nueces y chocolate. Decline su invitación. “Cuando yo tenía tu edad no hubiese rechazado nunca una merienda como esta. En aquella época no sabías cuando se te iba a presentar otra vez la oportunidad de comer estos manjares”, me dijo riendo.

Sus ojos estaban hundidos, parecían cansados. Habían sido mucho más grandes. La foto del día de su boda que presidía el salón lo demostraba. Pensé que quizá ese día fuese el más feliz de su vida. Me pregunté que pensaría ella cuando observaba esa foto, si tendría añoranza de ese tiempo pasado, si se acordaría de él, que hace ya tantos años había desaparecido, o si se había acostumbrado a esa imagen y ya no le sugería nada.

Siempre fue una mujer llena de energía y si ahora había perdido parte de ella era  por culpa de sus achaques físicos. Lo que sí mantenía intacto era su carácter , el mismo que le hacía seguir siendo la referencia de su familia. La familia. Esa era sin duda su prioridad. Ahora y siempre. La vida con sus paradojas hacía que ahora cuando tenía todo el tiempo del mundo para estar con ellos viviera sola. Aceptaba y callaba. Pero no renunciaba a reunirse con todos los que de verdad le importaban siempre que podía. Una vez al año, todos los Sábados Santos, los reunía en un restaurante para celebrar  su cumpleaños. Aquello se había convertido en una tradición familiar que le hacía muy feliz.

Aquel día la noté triste. “Últimamente la rodilla me está dando mucha guerra”, me dijo. Ya casi no salía a la calle. “Cuando hace frío porque hace frío, cuando hace calor porque hace calor”. “Salgamos hoy, hace un día espléndido”, le propuse. No tuve que insistir mucho más. Me di cuenta de que lo estaba deseando.

Paseamos por un parque y no paramos de hablar. Le gustaba darme consejos y a mi me gustaba contarle mis cosas. Sabía que a nuestras mentalidades les separaba más de medio siglo y que por ello difícilmente iba a comprender mi forma de vida, pero me respetaba. Siempre quiso que me casase, pero aceptaba  que estuviese viviendo con una chica, por la que siempre demostró cariño. Sé que no le gustaba mi pelo largo ni mi aspecto desaliñado, pero aún así me piropeaba con frecuencia. Siempre quiso que estudiase pero se resignaba a que me ganará la vida tocando esa música que tanto le costaba entender.

Me encantaba que me contara cosas de su juventud, recuerdos que le eran lejanos y a la vez cercanos. “El tiempo pasa cada vez más deprisa, hay un momento a partir del cual se nos escapan los años, pero eso es ley de vida, hijo”. Como tantas mujeres de su generación se había hecho a si misma. Por su niñez atravesó una guerra  y por su juventud un posguerra. Se casó sin tener nada y siempre tuvo que trabajar duro. Al principio, en los momentos más difíciles, lavando ropa para sus vecinas. De ella se puede decir que apostó fuerte en la vida. Por eso consiguió abrir su propio negocio, por eso después de vivir en una humilde casa de alquiler, en la que nacieron sus dos primeros hijos, consiguió con su familia vivir en su propia casa, primero en una pequeña  donde nacieron sus otros dos hijos y después en una más grande, la que años después fue la casa de mi infancia.

La recuerdo cuando era niño siempre en esa tienda que abría todos los días del año, sin quejarse porque ella pensaba que el trabajo formaba parte de la vida. Y cuando llegó el día de su jubilación, el día a partir del cual debería haber disfrutado de la vida, con la salud aún respetándola  fue a él a quien no le respetó. Se pasó varios años cuidando de mi abuelo, en un continúo tránsito por hospitales, innumerables días enteros con sus interminables noches acompañándolo en su lento deterioro, en su lenta despedida de este mundo. Tampoco esta vez  la oí quejarse nunca. En sus últimos días de vida el alzheimer consiguió que él fuese incapaz de   reconocerla.    

Al regresar a casa estuvimos un rato callados. De repente ella exclamó:” Déjame apoyarme en ti hijo, creo que esta rodilla ya no aguanta más. Cuando voy al médico ya no tengo la esperanza de que se cure. Sólo le pido que  me dé algo para que no me duela. Eso y que me aguante la otra.” Volvió a callarse y yo ya no supe que decir.

Llegamos a casa. Estuvimos viendo la tele, era uno de esos programas en la que dos pueblos se enfrentan entre si en unas pruebas indescriptibles donde todos suelen acabar por lo suelos o perseguidos por una vaquilla. Algunas situaciones nos hicieron reír. “Ahora si que le acepto la merienda”, dije. Ella volvió a sacar nueces y queso. Después de postre chocolate y un plátano. ”Que rico manjar”, dije. Ella rió. Me encantaba verla reír. Su risa era tan estruendosa como sincera.

Nos dieron las once. La note cansada. “Supongo que querrá acostarse” le dije. ”Gracias por la  visita, hijo”, me contestó. “A usted por este rato. Me lo he pasado muy bien. Cuídese mucho”.

Al día siguiente yo volvía a Madrid después de unos días de vacaciones. Tardaría unos meses en volver. Me prometí que la llamaría con frecuencia. Pensé que quizá algún día cuando volviese ya no iban a ser posibles estos encuentros. Me quite esa idea de la cabeza. Aún quedaban muchos Sábados Santos que celebrar con ella.

Siempre la he llamado abuelita y aunque ahora ya tengo más de treinta años me es imposible llamarla de otro modo.