Camino de vuelta
Telmo Ródenas Cobo


Se miró al espejo sin pretenderlo, sólo por el hecho cotidiano de entrar al baño a lavarse las manos, después de haber estado limpiando una mancha del suelo, que llevaba desde el mediodía y que empezaba a ponerle nerviosa. Sabía de buena tinta que su marido la había visto tan bien como ella, pero que él no la iba a quitar, por mucho que esa cosa negra, seguramente traída por un zapato sucio de hombre, permaneciera allí, a la entrada de la habitación donde él hacía sus trabajos manuales. Hacía muchas tareas en la casa, pero Rosa sabía que esa no, que esa le iba a tocar a ella.

         Justo cuando su mirada le devolvió su cara reflejada en el espejo, mientras le caía el agua fría, recordó que había olvidado darle a su hijo el trozo de queso que tenía comprado desde el día anterior y que era para él. Hasta la próxima semana no podrá ser, pensó con pena, eso si hay suerte, porque ahora ya no se acerca todas a vernos, bueno está muy liado siempre y no pasan quince días sin que nos haga una visita; me gustaría que estuviera más tiempo con nosotros pero no puede ser. Tiene que cuidar de su casa y de su mujer. Quizá el domingo nos den una sorpresa y vengan a comer los dos. Soltó la pastilla de jabón, ya en las últimas, y otra vez se vio sin pretenderlo. Qué mierda, se dijo, estoy vieja ya.

         Eran las cinco pasadas cuando salieron a dar un paseo, no muy alejado del itinerario normal de por las tardes. Patearían el barrio, como tantas veces, una horita y media. Siempre les había gustado andar, además les parecía algo realmente necesario para la salud. Tomás, el marido, a veces iba medio paso por delante, y hoy era un día de esos. Se acercaban a un semáforo, y Rosa dijo, mientras miraba como paraba un autobús:

         - ¿Te has fijado en el chico?  Estaba hoy muy animado, no paraba de contarnos cosas.

         - Como siempre, mujer. Yo no le veo mal nunca. Corre que ya parpadea.

         Rosa quedó pensando, como si no estuviera del todo conforme con lo que le oía a su esposo, y aceleró el paso. Ya divisaba al fondo la churrería donde se habían aficionado a comprar una porra cada uno por las tardes, el chico que los atendía era muy simpático, y además un día hablando al final había resultado que su novia era hija de un antiguo compañero de trabajo de Tomás.

         ¡Joder!, pensaba Tomás, el padre de esa muchacha era buen chaval, hicimos bastantes cosas juntos en la fábrica. Una putada que se muriera tan joven, no llegaba ni a los sesenta. El cáncer no perdona, murmuró entre dientes, Rosa le vio mascullando pero no le dijo nada. Cuando llegaron a la churrería no había nadie más, así que pudieron charlar un poco.

         - ¡Qué, Pedro! ¿Cómo va el día? Preguntó Tomás.

         - Aquí, pasando calor, y todavía quedan dos horas. ¡No, tres!

         Rosa saltó:

         - Bueno, no te quejes tanto, tú eres joven y tienes fuerza para eso y para más.

         - Pero no ganas, señora, que hoy no ando muy sobrado.

         - Hasta mañana, si Dios quiere, se despidió ella.

         - Venga señores, pásenlo bien, finalizó Pedro.

         Había pagado Tomás con el suelto de la compra de por la mañana. Verdura, unos filetes de pollo, un sobre de pasta para el chico y pan. Permanecieron callados un rato, mientras masticaban, y el silencio se rompió al cabo de unos minutos, unos niños que jugaban en la otra acera se encargaron de destrozarlo.

 

         Para entonces Juan ya estaba en su casa. Había regresado de la de sus padres en tren y metro, y como casi siempre cuando volvía de allí, pensaba en su vida anterior, le venían recuerdos a la cabeza, un poco atropellados, cosas que estaban allí y que no se iban a borrar. Esta vez le había tocado repasar los fines de semana que pasaron en la casa de la sierra cuando él era adolescente, sobre todo el primer año fue muy alegre, aquellos paseos con la bici eran buenos momentos sin duda. Luego se le cruzaron un par de pensamientos que no supo atajar, y el silbato del tren le sacó de aquel mundo anterior en parte muerto. Volvió la mirada al libro que tenía entre manos, y que abría y cerraba según rememoraba el pasado. Iba de pie, y cuando el tren reanudó la marcha miró afuera, en el andén había una mujer con aire triste en la cara, que llevaba un nene en un carrito, y que hablaba con un señor mayor. De repente, entre el murmullo de la poca gente que había con él en el vagón, comprobó que con el despiste se le había cerrado otra vez, y maldijo su manía de no utilizar un separador para saber por donde iba. Pensó si en el fondo no lo haría para no ser como los demás, él sabía muy bien que eso era así, y sólo entonces consiguió concentrarse un poco en la lectura. Era un relato corto, no le acababa de convencer ese género que consideraba sobre todo de personas que no dan el paso a construir una verdadera historia. Acabó el cuento justo cuando llegaba a su estación, éste tampoco le había gustado mucho, sobre todo el final, ese joven que habla de su pasado oscuro, se entiende perfectamente que tenía problemas con la droga, y no hacía falta que lo dijera explícitamente en las últimas líneas porque ya se sabía. Eso pensaba mientras trataba de adelantar gente en el trasbordo del tren al metro. Un cuarto de hora y en casa, se dijo. Así fue.

 

El camino de vuelta siempre era un poco más aburrido: pero hoy se encontraron con dos parejas amigas que lo amenizaron mucho. Los padres del novio de la sobrina Lucía, que eran de toda la vida del barrio, se conocían antes de ser casi familia, eran personas con las que daba gusto estar, muy dicharacheras además, hoy les dijeron que a ver si se pasaban un día por su casa a probar unas rosquillas que había hecho ella, al final quedaron en ir el lunes por la tarde. Y luego con Paqui y Bruno, los antiguos vecinos, que les contaron que en Mayo se casaba el hijo pequeño, el único que faltaba. Parece ser que ya tienen piso los muchachos, en San Blas.

         - Al final se ha hecho corta la vuelta, dijo Tomás, cuando giraba la llave de la puerta para entrar. Llegamos justo a tiempo para el concurso de la tele.

         - Yo hoy no lo puedo ver, tengo que coserte unos pantalones antes de cenar.

         - Hazlo aquí en el salón mujer.

         - Vale, pero voy a picar algo antes, que tengo hambre. ¿Qué te llevo?

         - ¿Quedan almendras?

         - Sí, te llevo un puñado. Y para mí un poco de jamón.

         Rosa abrió el frigorífico, ahí seguía el queso. ¿Qué hago, le llamo? Pensó. Mejor no, mejor ya mañana.

 

         Ahora Juan estaba sentado en el sofá, esperando a su Nuria querida, que no tardaría en llegar del trabajo. No podía evitarlo, todo su pasado en familia le venía una y otra vez, con excesiva lucidez, pero ahora ya no era agradable recordar tanta imagen vivida. Lo que quedaba podía no ser muy bueno, sus padres se estaban ya haciendo mayores, y las malas noticias siempre llegan, se dijo, sólo hay que esperarlas. El final siempre es malo. Se preguntó como será capaz de responder a los golpes, si finalmente podría actuar con entereza. Se prometió una vez más no fallar, pero en el fondo ¿Qué era fallar? ¿Conseguir aparentar que no se sufre? ¿Desdramatizar todo, aunque sea la pérdida de quien te ha enseñado a caminar? El claxon de un coche no le hizo inmutarse. Con la mirada perdida, dirigida a la televisión, que estaba apagada, notó caer una lágrima por la mejilla. No recordaba la última vez que había llorado, sí, ya sé, cuando todo aquello, cuando estaba malito mi padre. Por un momento se sintió ñoño, miró el teléfono con un presentimiento malo, y éste retumbó en el silencio. Voló hacia él.

         - Soy Nuria, que ya voy para allá, me he entretenido con una compañera hablando. ¿Sabes? Tenemos muchos planes para este fin de semana, seguro que lo pasamos muy bien, amor.

 

Entonces Juan decidió no pensar tanto en el final, y prestarle más atención al camino.