Crónica de un pueblo
Raquel Molina Serrano


El año 1905 transcurría plácido en Villanueva del Casar, un pequeño pueblo del sur de Extremadura en cuyas calles nunca había pasado nada. Aquella mañana de verano era como todas las demás, plácida y excesivamente calurosa. Incluso el prostíbulo del pueblo, lugar habitual de riñas y borracheras, cabeceaba en aquella calma chicha que era el mes de Agosto.

Dolores se acicalaba en una de las habitaciones superiores, aquel día le molestaban incluso las risas de las demás chicas; era consciente de que no era como ellas. No pasaría el resto de su vida quejándose sin hacer nada para cambiar su suerte, esperando a ser demasiado mayor para siquiera esperar, no pensaba seguir más en aquel antro repleto de campesinos borrachos en el que se marchitaba su belleza y, peor aún, su juventud. Sus pensamientos bailaban alegres a Jacinto mientras el cepillo recorría incansable su melena negra. Jacinto la sacaría de allí aquella misma noche, proclamaban sus ojos oscuros a través del espejo. Se lo había prometido, él la amaba, y ella quería escapar. Jacinto tenía un trabajo de viajante y podría llevarla lejos de aquel pueblo infame. Allí se casarían y Dolores, por primera vez, poseería algo propio: una casa, un lugar a dónde volver.

El día pasó rápido mientras las fantasías se abrían camino, desbocadas ya, en su cabeza. Las chicas la llamaron desde el pasillo, Dolores, ya es la hora, bajamos. Dolores bajó, más altiva que nunca, sin querer mezclarse en el guirigay que ya reinaba, repleto de risas y de primeros vinos.

En el reservado habitual espantó a varios clientes hasta que, con un suspiro, vio como Jacinto atravesaba el umbral y avanzaba vacilante entre el humo y la oscuridad artificial. Jacinto era un hombre de palabra y aquella misma noche la sacaría de allí.

Jacinto tomó varios vinos mientras la tarde avanzaba al otro lado de esos muros. Dolores, temerosa de que bebiera demasiado y se olvidara de las promesas realizadas, le empujó escaleras arriba hacia su habitación.

Jacinto se desabrochaba el pantalón a la vez que cerraba la puerta. Cuando se dio la vuelta, dispuesto a lanzarse sobre la cama, encontró a Dolores con abrigo de viaje y una maleta preparada sobre el piso. Vaciló. Recordó la excusa que había preparado a lo largo del día para no tener que cumplir con penosas obligaciones contraídas sin cabeza. No podía hablarle a Dolores de una mujer y un niño pequeño esperando en su ciudad, nunca lo había hecho. Además, ese lenguaje no lo entendían las putas.

Con voz gangosa, rota por el alcohol, empezó:

- Dolores, no pienso ir contigo a ninguna parte. Me he enterado que las mismas cosas que me dices a mí, eso del amor y todas esas pamplinas, se las cuentas también al camarero de aquí. Y andan diciendo que estás esperando a ver quién de los dos te retira antes de aquí.

Dolores se derrumbó sobre la cama, es mentira – susurraba – eso lo dirán las envidiosas que me odian. No puedes hacerme esto, me lo prometiste.

- Amas a otro, mentirosa, no me amas – repetía Jacinto como en una letanía.

La cabeza alcoholizada de Jacinto se sintió desvanecer cuando Dolores se abalanzó sobre él y le cubrió de puñetazos, de patadas, de reproches. Lo peor fueron las lágrimas. Como si se tratara del sueño de otro sacó muy despacio la navaja del bolsillo y se la clavó junto a aquel corazón que decía que le había roto. Ahora se había roto para siempre.

Todo lo que ocurrió después lo fue ordenando mucho tiempo después; después incluso de la huida a campo a través en mitad de la noche, después del viaje en tren que lo acercaba a Portugal, después de que al final de aquella frontera lo esperaran cinco guardias civiles para cortarle las ansias de libertad. El furgón, el cuartelillo, el juicio, la cárcel, todo fue una borrosa pesadilla durante mucho tiempo.

En la cárcel, condenado a cincuenta años por asesinato, tuvo tiempo de ordenar sus pensamientos. En ese tiempo su historia adquirió tintes románticos y él mismo perfiló la leyenda, durante largas noches insomnes, de que había matado por amor, por celos hacia otro hombre.

Jacinto salió de la cárcel, con 72 años, anciano, sólo y trastornado. Ni siquiera intentó volver a la capital de provincias dónde 50 años antes había dejado una mujer y un hijo de los que nunca supo más. Volvió a Villanueva del Casar, el escenario de su tragedia. Y al bajarse del tren, sus pies se encaminaron hacia el antiguo prostíbulo.

En la casa familiar que era ahora, tan sólo recordaba un pasado escabroso una barra de bar que quedaba en la planta baja, en el taller de Filomeno, el hijo de la dueña de la casa.

Quiso la mala suerte que Jacinto abriera la puerta del taller, pensando que atravesaba la entrada al prostíbulo de sus veintipocos años, en el mismo momento en que Filomeno y su novia se quitaban las ropas con impaciencia. La mente trastornada del anciano reconoció en aquel hombre joven sus propias facciones, se vio a sí mismo 50 años antes, y no quiso permitir que le volvieran a destruir la vida.

Mató a la chica con sus propias manos.

Desagradecido, Filomeno, le intentó matar a él a su vez, y, con la fuerza que proporciona la locura, Jacinto no tuvo más remedio que matarse a sí mismo en aquel joven, para no volver a repetir una historia de tanta soledad, de tanta cárcel y sufrimiento.

 

Raquel