Ella y él
Juan Carlos Álvarez Alaiz


ELLA

El despertador sonó como cada mañana a las ocho. Hacía sólo quince minutos que ella había conciliado el sueño. Resignada, consiguió vencer a su agotamiento y se incorporó lentamente. Al hacerlo sintió un fuerte dolor en el brazo derecho. Lo tenía hinchado. Tendría que vestirse con una blusa de manga larga, aunque el día iba a ser  caluroso, para que nadie lo notase.

 

Después comenzó el ritual de cada mañana. Aún medio dormida se duchó, se vistió y preparó el desayuno. Entonces despertó a los niños, les lavó y les vistió. Mientras lo niños desayunaban hizo las camas. A las nueve les dejó en la puerta del colegio y cogió el metro. En la otra punta de la ciudad le esperaba su trabajo limpiando una oficina. Allí permanecía hasta las cinco. A esa hora volvía a cruzar la ciudad para recoger de nuevo a los niños del colegio, darles la merienda, poner una lavadora, planchar ropa, tender la ropa de la lavadora y hacer la cena. A las ocho  ayudó a los niños a bañarse y media hora después ya estaban cenando. A las nueve como cada día acostó a los niños en la litera y les contó un cuento. Cuando se durmieron cenó, fregó los platos y a las diez se sentó agotada delante de televisor.

 

A las diez y media llegó él. Ella se volvió a activar. Mientras  él se lavaba las manos, calentó la cena y le puso la mesa. Hoy parecía que él estaba contento, aunque como siempre su aliento olía a alcohol y su voz era temblorosa. Aunque salía a las siete de su trabajo nunca llegaba antes de las diez a casa y siempre se pasaba unas horas bebiendo en bares. Cuando ella le preguntó por su día él respondió que estaba harto de su trabajo, que su jefe era un idiota y que cualquier día lo mandaba todo al carajo. Luego él le pregunto a ella por su día. Contestó que estaba un poco cansada. Fue en ese momento cuando él como si hubiese ofendido gravemente a su persona empezó a gritarla e insultarla. No podía entender, decía, que estuviese cansada. Le preguntaba repetidamente por el motivo de su cansancio, le decía que ella no había tenido que soportar a un jefe gilipollas, ni había tenido que hacer tres mudanzas, ni se había levantado como él a las siete de la mañana. Ella le pedía por favor que no gritase, que iba a despertar a los niños. Él dejó de gritar, pero empezó a pegarla. Ella instintivamente se protegió con el brazo izquierdo. El derecho ya se lo había golpeado la noche anterior.

 

ÉL

 

Se levantó a las siente de la mañana. Notó que ella estaba despierta pero no le dijo nada. Se vistió en silencio y salió de casa. Antes abrió la puerta de la habitación de los niños. Lo hacía cada mañana. Era el único momento del día que los veía. Se sintió culpable por no llegar antes a casa. Ya en el coche de camino al trabajo pensó en ella, en la noche anterior, pero fue incapaz de soportar ese recuerdo. Decidió que a partir de ese día todo iba a cambiar.

 

Como cada día el trabajo fue duro. Para que diera prisa a hacer las tres mudanzas había que trabajar deprisa. Como el día  anterior a él se le cayó una lámpara de gran valor. Eso provocó que su jefe le humillara delante de sus compañeros otra vez, como el día anterior. Al salir del trabajo se fue al bar. Estaba cansado y se encontraba mal. Odiaba su vida, se sentía frustrado, fracasado. Bebió durante las siguientes tres horas. Después se fue a casa.