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Fue insaciable ese
dolor. ¡Repugnas! Se dijo a sí misma. Con la
música sonando, nada de esto hubiera pasado si Candelita Roca no
estuviese loca. Todo fue un misterio.
Candela estaba en casa de Pancha, su vecina. El sucio de su esposo se había ido lejos para no volver. Este
hombre, lo llamaban Amargo, era un ogro, asqueroso, usaba a todas las mujeres y
hacía sufrir a Panchita. Eran las 5:30 p.m., ambas veían televisión. Pasaron
las horas, y Amargo no llegaba. Llamaron a sus vecinos del barrio,
preguntándoles si el esposo de Panchita andaba por ahí. Para sorpresa de todos,
Amargo había quedado en llegar a las 4:30 p.m. a casa de Gonzo, un amigo. No se
presentó. Todos estaban preocupados, pues, Amargo era muy puntual, su aspecto
siempre era tan marrano, que se podía a sentir kilómetros. Nadie lo había
visto. Mientras tanto, Candela y Pancha escuchaban Fortuna Emperatriz, de la
obra de Carl Orff. Algo escalofriante para la ocasión. Se estaban quedando
dormidas, cuando Candelita recordó que debía lavar el cuchillo lleno de
sangre... |
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