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Con la primera bocanada de humo se acordó
de Fito. De aquel martes en que con
tanta formalidad le pidió un momento a solas. Que la llevó a una calle
solitaria y mientras la abrazaba, usó todos los eufemismos que pudo para decirle
al final sin misericordia que desde el jueves pasado vivía con Lorena. Una cabecita pequeña zumbó dentro de la cabeza de Ana
mientras lo escuchaba. La noticia le oprimió fuerte la boca del estómago; y
esperó sin éxito, que se le detuviera el corazón en un desmayo fatal para que
él se sintiera culpable y se rindiera arrepentido. Quiso maldecirlo, pegarle,
decirle que era un estúpido; pero no dijo nada. Las lágrimas se le juntaron en la garganta. Caminó dos cuadras para tomar el autobús, sin advertir
el morbo de la gente intrigada por su nariz y ojos escurriendo. Siguió llorando
toda la semana. Mientras veía
televisión, durante el baño, en la lectura de la tarde, mientras comía. Y en la escuela, donde nadie creyó que la
hinchazón de sus ojos era debida a varios días de insomnio,
lloraba como para adentro. Una tarde, en que Ana revivía con un gozo secreto los
dolores del abandono, su amiga Rebeca la invitó a pasar el resto del día en su
casa. Aprovechando que estaban solas,
hablaron abiertamente de la situación.
Ana bebía cerveza y lloraba detallando poéticamente su abandono. Rebeca
hablaba despacio, con un brillo insólito en sus grandes ojos de venado que
mantenía muy abiertos y progresivamente convertida en bruja por las propiedades
del peyote. - Cuando piensas mucho en alguien, esa persona piensa
en ti. Puedes atraer a quien tú quieras
con una vela o con agua o con el
hechizo del cigarro. Así que esa misma noche Ana compró una cajetilla de
cigarros mentolados y comenzó a ensayar.
Se llenaba de humo los cachetes aunque no supiera si tragarlo o sacarlo,
imitando los aspavientos de Rebeca. Lo
intentaba con un cigarro o dos por día y esperaba la noche en que la luna nueva
provocara el regreso de su amor. Cuando llegó la luna nueva, escribió sus nombres con
tinta roja y comenzó después de las once de la noche . . . Así como
este cigarro se consume. . . estaba recién bañada, con ropa limpia, viendo
hacia el norte como Rebeca le indicó. . . te consumirás de amor por mí
Rodolfo. . . imaginando siempre lo que deseaba conseguir, pensando en él y
repitiendo el conjuro veintiún veces. . . Así como este cigarro se consume
te consumirás de amor por mí Rodolfo. . . dejó consumir el cigarro a la luz de la luna y luego lo
enterró en una maceta. Para Fito, Ana no era la primera ni la última ni la
más importante, pero la recordaba siempre.
A veces despertaba de madrugada y la recordaba sin extrañarla, seguía
despierto pensando en ella hasta que Lorena, con el cuerpo pesado se daba
vuelta para descansar del sueño en el otro costado. Entonces la abrazaba para seguir durmiendo. Ana lo invocaba siempre, fumando ya sin escribir el
nombre, sin esperar la luna nueva. Por
eso creyó que era su imaginación cuando vio que su pensamiento tomó una forma
muy definida, la forma de Rodolfo, saludándola con su sonrisa metálica. Se veía desencajado, llevaba varios días sin dormir,
estaba más flaco. Tomó la mano de Ana y
comenzó a hablar en tono suplicante, Anita te quiero ya no aguanto a esa
pinche vieja, me hostiga, me harta, yo sólo pienso en ti no puedo ni dormir,
soy un pendejo, perdóname, vámonos tú y yo, volvemos a empezar. Las palabras de Rodolfo fueron para Ana un
torbellino de sorpresa que removió muchos recuerdos. Sintió el despertar de las hormigas que tenemos todos habitando
en el plexo solar. Primero como un
consquilleo de emoción, después en una marcha violenta. Sin notarlo frotaba nerviosa los dedos de
una mano, su corazón latía más fuerte, sintió ruborizar su cara, la voz se le
puso más grave. Se tomó unos segundos
para tragar saliva y decir ¿de veras Fito, juntos?, lo abrazó, le
acarició el cuello con los labios y sin dejar de apretarse a su cuerpo siguió
con besitos en el oído, se le ocurrió pasar su lengua húmeda pero en vez de eso
sin pensarlo demasiado le soltó una mordida dolorosa y aunque Fito gritó, no lo
soltó hasta que el sabor a hierro se distribuyó en su boca, ¿olvidar todo
después de tanto tiempo?, vete a la chingada, con tu propuesta de romance a
destiempo. Fito trataba de calmarla, pero acabó alejándose
aturdido, con la sangre chorreando por el cuello. Ana se quedó temblando. Encendió un cigarro y enseguida se volvió a acordar de Fito, de
su historia. Con la segunda bocanada volvió a quedar entera. El cigarro, que
antes representaba un desahogo inútil, alcanzaba esa noche de luna un nuevo
significado. |
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