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Era
de noche. El calor de la playa habría mi apetito. Decidí acabar con el hambre,
así que me dirigí a la casa para prepararme una comida. Subí al cuarto para ver
si estabas ahí; en efecto, dormías tranquilamente. Te di un beso en la mejilla
y bajé. En
la cocina, abrí una lata de atún y la vacié en un sartén. Preparé una masa e
hice unas arepas. Por fin comería. Ya estaba todo listo. Olía divino. Mi
estómago crujía, me hablaba: -Rápido,
tengo hambre. Las arepas listas, rellenas de
atún se hallaban en el plato. Ya sentada en la mesa, dispuesta a disfrutar de
mi comida, bajaste y me saludaste. También tenías hambre, pero no te quise
convidar, yo no soltaba mi plato. Sin embargo tú muy listo, me quitaste la
arepa y te la comiste toda de un solo mordisco. Yo, en ese momento de furia, te tomé en mis brazos y te di un
gran beso en la boca, aún con el sabor de mi comida, tan divino. Así pude
saciar mi hambre, dejando en el suelo todos tus huesos, como se dejan las
espinas de un pescado. |
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