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Lo estaba
mirando con ojos casi libidinosos. Eloisa era especialmente sensible a tales
proposiciones y correspondió en seguida a su impactante insinuación. Su
presencia era tan apetitosa que ella ya lo sentía derretirse entre sus labios y
fundirse dentro de su boca, porque a ella le gustaba así, tomarlo al punto de
deshacerse, disfrutar con la suavidad de su tacto y envolverse en la cremosidad
de su interior. Su color era oscuro y eso sólo era signo de su buena calidad.
Cuanto más negro más contundente, lleno de matices que explotarían en sabores
intensos. Sin reprimirse recorría con sus ojos un perfil que había sido creado
para el placer y Eloisa era una experta en esas apreciaciones. Los había para
satisfacer impulsos inmediatos y otros para dedicarles un momento y lugar
especial. No cabía duda de que éste pertenecía a la última categoría. Ya daba
cuerpo a la ocasión que le había reservado mientras cruzaba la puerta de la
bombonería para adquirirlo. Y es que chocolates como ése se encontraban pocas
veces. Eloisa no conocía motivo que no
mereciera ser acompañado de tan suculento manjar. Si sus ánimos habían recibido
el coletazo de la angustia bañaba sus sinsabores en cantidades ingentes de
ordinarias tabletas que compraba en paquetes de tres unidades, sin embargo,
cuando la fortuna extendía pinceladas de buena ventura sobre su persona, lo
festejaba con deleite escogiendo cada una de las piezas del cuerpo de baile de
su banquete teobromínico. El exquisito preliminar era incitante por sí mismo.
De entre sus chocolates más selectos tomaba el que le resultaba más apetitoso y
lo apartaba en una bandeja evocando al tiempo cada una de las sensaciones que
la enajenaron al paladearlo, pero si no había recuerdo, si su saliva no había
disuelto aún su azucarada naturaleza, ay, no había tormento más seductor que la
espera de su culinario encuentro dando cierre a su festín. Eloisa también discriminaba sus viajes
en función de su objetivo. Se inundaba del frescor de lo nuevo en un turismo
más emocional que geográfico con el que enriquecía su particular cartografía
humana, pero afrontaba su exclusiva ruta del chocolate con un talante mucho
menos cultural apostando, sin pensárselo dos veces, por el frenesí orgánico. El
inagotable surtido de trufas de Fortnum & Mason sobrepasaba el nivel de
la gula pues, aún de apariencia inocente, esos soldados de la lujuria
encerraban en sus crujientes casacas de gustos infinitos sus cuerpos de
mantequillas y toffe capaces de estremecer el alma más indolente. O la coqueta
bombonería sita en Bond Street cuyas creaciones eran las preferidas de la
difunta reina madre de Inglaterra. Probarlas era comprender que la longevidad
de la real dama no podía deberse solo a la ginebra; sus delicadas cajitas rosa
tenían mucho que decir al respecto. En cualquier caso, si sus vicisitudes diarias le imposibilitaban
personificarse en tan suculentas delicattessen siempre contaba con algún amigo
que se ofrecía a distraer la distancia que separaba Londres de Madrid. Sin
embargo el chocolate caliente, generosamente cubierto de nata, degustado en una
terraza de Brujas era un gozo privativo que nadie podía consumar por ella y que
había atado a Eloisa a una nutritiva condena que la llevaba a pisar al menos
una vez al año las aburridas calles de Bruselas. Y es que antes era capaz de
renunciar a su nombre que a una jícara de chocolate. Cuando llegó a casa abrió el paquete que
le había arreglado la dependienta. Era la perfección hecha praliné. Su brillo
era tan vivo que ejercía una atracción impulsiva a tocarlo, a hacerlo parte de
uno mismo. Decidió que ése sería su premio de hoy no sin antes perderse en una
ducha ardiente que relajara sus músculos y la dispusiera en la mejor condición
para embriagarse con los tonos que iban a vibrar en su boca. Su intención fue vana. Las implacables
arremetidas del agua sobre su cuerpo no diluyeron la desazón de la jornada.
Mientras la espuma del gel se hacía cargo de cada partícula de sudor que osaba
sobresalir de su correspondiente poro la sensación de inquietud permanecía
agarrada, dispuesta a sortear cualquier conato de lucha que Eloisa pusiera en
marcha contra ella. El malestar penetraba en su cuerpo sin que ella lograra
imaginar la razón que había invitado a tan molesto huésped sin su
consentimiento. Se recreó en los ilimitados pasos
cosméticos que se exigían tras el agresivo roce por su realidad corpórea del
más cándido de los líquidos. Las refrescantes esencias extendidas a través de
un rumboso masaje no surtieron los efectos que la aromaterapia juraba ofrecer y
ni siquiera el contacto de la seda de su camisola le proporcionó la placidez
del anuncio del descanso. Su moral continuaba por los suelos. Postrada en la cama la habitación presentaba un color grisáceo que Eloisa no había sido capaz de observar hasta ese momento y que se descolgaba de las paredes para envolverla y así aumentar su tristeza. Sentía el alma invadida por una pesadumbre que hundía sus garras en su voluntad y la sajaba convirtiendo en pedacitos todo arresto de energía. Con sólo entornar los ojos intuía una bruma que se despegaba de su organismo, la propia vida que había perdido la fascinación por la singularidad de cada instante y se aventuraba a una existencia distinta. ¡No! La imperativa voz de Eloisa devolvió al
espíritu su elixir y pronto nueva sabia revitalizó sus tejidos. Se incorporó
aún desolada pero con la firme decisión de aniquilar esa amargura y lo haría
con la mejor arma que se había inventado para contrarrestar la hiel. Si le hubiera quedado aliento al llegar
a la despensa habría maldecido en arameo todos los golpes que había recibido en
su trayecto desde la habitación. Le dolían de una forma inhumana los antebrazos
que acababan de ser los protagonistas de una soberana paliza en su enfrentamiento
con las paredes, por su parte poco comprensivas con su pésimo estado general.
Sin embargo el olor a cacao al abrir el cajón logró que sus piernas recuperaran
su firmeza y que su pulso recorriera líneas rectas. Ahora advertía que su
encuentro no había sido casual. El gesto provocativo y el porte vigoroso que la
sobrecogió delante del escaparate de golosinas
se había tratado de un embaucador anzuelo que le indujo a hacerse con
él. Pero su belleza era apenas una pequeña parte de su embrujo, su carácter
almacenaba muchas más virtudes que pronto iban a ponerse a prueba. Eloisa dispuso una celosía de papel
blanco sobre una ligera fuente de plata. Hoy más que nunca era importante el
escenario. El desvanecimiento que afectaba a su cabeza le entorpecía la
selección del suculento piscolabis y tras cada bombón que escogía aparecía otro
más apetitoso. No era momento de peros. Se decidió por todos. El butacón reservó un hueco para que
Eloisa hundiera en él toda su aflicción. Ni siquiera la música que su cadena
dejaba escapar le infundía bríos para compensar su terrible sentimiento de
inoperancia. ¿Qué le estaba ocurriendo? Si su estado físico reflejara los
vaivenes que invisiblemente la turbaban se abrirían llagas en su pecho y su
vientre la violentaría con insoportables dolores agudos, sin embargo la
evidencia ocular de su salud contrastaba con la extenuación que transformaba la
fuerza de gravedad que actuaba sobre su peso en tres veces su valor y que
dificultaba en demasía cada movimiento. Sus ganas se habían acallado. Solo la visión soslayada del elemento
básico de su razón de vivir le devolvió a la realidad más externa que no
reconocía esa suerte de decadencia que la estaba poseyendo. Sabía que su
salvador la rescataría de ese terrenal purgatorio en cuanto sus partículas
terapéuticas arrancaran una sonrisa de sus marchitas células. Por eso, cuando
tomó con su mano la primera porción de tan deseada delicia y la dispuso en su
lengua dejándola hacer percibió un ligero cosquilleo con un efecto inmediato.
Quería más. Esta vez se detuvo extasiándose con su
textura mantecosa que resbalaba hacia su garganta con el paso lento de quien se
sabe importante. Solo una oleada de calor la arrancó de su arrebato. Pequeñas
gotitas de sudor batallaban por atravesar la piel y sus latidos a cada instante
se tornaban más rápidos. Otro bombón sería su mejor medicina. Mordió el
cubilete almendrado con la misma pasión con la que Eva acometió su manzana
cayendo en un universo prodigioso donde los axiomas perdían su verdad. Aún resonaba
en su mente el estallido del chocolate al quebrarse, una voz seca que había
erizado el vello de su nuca simulando una inesperada caricia. Al desvanecerse
la última estela del resto de la dulce figura Eloisa se encontraba próxima al
éxtasis. Si Moctezuma lo consideraba el fruto de
los dioses el brillo rojizo que desprendía su pulida superficie no se le
imaginaba a Eloisa otra cosa que el reflejo del paraíso, un quimérico lugar que
encendía el deseo de saciarse de él hasta que su voracidad fuera satisfecha. Su anhedonia se había diluido entre las
amargas sustancias del cacao despareciendo con ellas y dejando espacio a la
complacencia que perduraba cálidamente en su boca una vez que la materia negra
ya había sido apurada. Incluso así, cuando ya no creía que existiera tentación
más cautivadora, reconoció un aroma que a medida que era percibido crecía en
tonalidades y que embriagaba su ser privándole de consciencia. Se deslizaba entonces por un oasis
laberíntico con la sola guía de su apetencia inmediata. Avanzaba alcanzando a
su paso chocolates de todos los gustos, con jarabe de fresas, sí, ralladura
de avellana, no, recubiertos de moka, hmm, rociados con cáscara de naranja
amarga, ah, y, por supuesto, rellenos de licor, oh. Surgían de la forma más
insólita creciendo de la tierra, sustituyendo la corteza de un árbol o
dispuestos aleatoriamente por los caminos. Serezade no habría descrito mejor la
sensorial fantasía de Eloisa. Al perder la protección del gran arbusto
que hasta entonces la acompañaba por su izquierda un calor húmedo le golpeó en
su cara. Delante de ella se abría un espectáculo asombroso. Chocolate caliente
emergía desde un surtidor natural dejando una nube de vapor en el aire tras
cada chorro expulsado. No se resistió a probar el espeso cacao del géiser
recogiendo los sorbos con resistentes hojas de nenúfar. Tenía un ligero toque
de menta, nada semejante a lo que ella hubiera podido explorar en su larga
experiencia chocolatera. Aún relamía las gotas que caían por la
comisura de sus labios cuando sus pies perdieron el punto de apoyo y sus ojos
resolvieron cerrarse ante la sima que acogía su descenso naufragando en un
vacío absoluto hasta que su sofá la recogió delicadamente. Cuando despertó volvió a sentirse
confundida. Empezaba a ser habitual que no recordara una parte del día y esa
circunstancia la incomodaba. Eran apenas unos cuantos minutos que se perdían de
su memoria y lo único que conservaba de ellos era una bandeja manchada de
chocolate encima de la mesa y un cierto regusto en la boca. |
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