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SERPENTINA A la supervivencia del más apto En el monte se podía
observar a un conejo silvestre, alimentándose bajo la tranquilidad del bosque.
Su piel marrón, sus ojos rojos, largas orejas
redondo rabo, hacían de él una especie exótica. Era grande, gordo, una
buena presa para cualquier otro animal salvaje. El sol brillaba por el este y
sus reflejos caían sobre Conejo. Por otro lado, muy cerca, y con movimientos
ondulantes, una serpiente ansiosa por comer, buscaba su alimento. Ella,
Serpentina, medía como 4 mt. de longitud. Sus colores brillantes en la piel,
deslumbraban a cualquiera y de vez en cuando mostraba su larga lengua, mientras
un bostezo de hambre la adentraba, aún más, al bosque. Sonidos en los pastos y
las ramas, alertaron a Conejo de que algo iba a pasar. De pronto, sus miradas
se cruzaron. Los ojos rojos se perdían en los amarillos de pupilas ovaladas. Se
quedaron estupefactos por largo rato. Se sentía que, a primera vista, tenían
una conexión única, había química entre ellos. Ella comenzó a bailar como una
odalisca, hipnotizando a Conejo. Él estaba paralizado, tonto al verla marcar
curvas tan perfectas y bien ondeadas. Se acercaron. Conejo la tocaba con su
nariz mientras ella iba enrollándolo poco a poco, sacando su lengua, lamiéndolo
una y otra vez. Serpentina abrió su pequeña boca, la fue abriendo cada vez más
hasta estar de un tamaño fenomenal, grandioso, extraordinario. Se podía
observar sus colmillos brillantes por
la luz del sol. Por su cuerpo recorría una fuerte pasión, pasión derivada del
hambre. Pequeño e ingenuo con
respecto a ella, Conejo sentía que le faltaba el aire, si sus ojos no hubiesen
sido rojos, de seguro se le verían de ese color. Lograba, apenas, mover sus
orejas. Con mucha rapidez, su mundo se nubló, veía todo negro, pero había mucha
humedad, esto era lo único que sentía, una baba sobre la piel tersa. Ella, sí que lo
saboreaba, ipso facto se lo llevó a la
boca. Lo engullía, lo mordía con su filosa dentadura bañada de rojo, sí, del color
de los ojos de su presa. Conejo, iba penetrando poco a poco por esa gran boca,
garganta profunda, luchaba por moverse, pero no tenía resultado, se deslizaba
por ese gran canal e iba luchando, consiguiendo, no liberarse, sino entrar al
abismo. Se acababan sus fuerzas, no podía dar más, sentía como se desvanecía,
no respiraba, su corazón no latía, nada le respondió. Serpentina ya había
terminado, estaba satisfecha. Fue una presa exquisita, divina, afrodisíaca como
ninguna. Todavía, a lo largo de ella se observa a Conejo, a punto de ser, apenas, digerido. NOS QUEDAMOS EN CORO Nos fuimos el miércoles
al Encuentro de Jóvenes Escritores. Era en Coro. Allá la poesía nos abordaba.
No queríamos dejarla pero fue así. En un éxtasis de disfrute, el sábado debíamos
partir. No queríamos, deseábamos quedarnos. Antes, fuimos a los Médanos para
orar por las letras. Ahí, la brisa nos envolvía y la arena nos abrazaba
fuertemente. El viento silbaba diciéndonos: quédense. Hoy día aún puedes
buscar nuestras huellas en la arena que nos ocultó para no dejarla nunca. EN TU AMANECER La tempestad acechante
cubría mis ojos justo cuando un calor entró a tu cuerpo. Un abrazo de ternura
nos acobijaba, mientras el sol oculto se reía de nosotros. Al pasar las horas y
aún abrazados me daba cuenta que un frío se interponía. Quise despertarte pero
tus ojos ya me miraban, fijamente, brillantes como el mar, como los míos al
morir en tu amanecer. NUEVO HOGAR Un calor envolvía sus
alas rojas como las llamas del infierno. Venía a buscarte como de costumbre.
Esta vez sabías que era la última. Él te llevaba cargado de brazos. Tú, sin
moverte, sentiste un calor. Por fin habías llegado a tu destino. Al fondo una
figura roja te sonreía. Estabas en tu nuevo hogar bajo la lava ardiente de ese
abismo infernal. DE LOS NUESTROS Anoche vinieron a
visitarme. Me llevaron a su mundo, a su cielo. Ellos reían conmigo ahora eres
nuestro- me dijeron a la vez que de mi cuerpo salían escamas rojas, cachos y
cola. Esta soledad nocturna
nos encierra bajo el manto inhóspito
del cielo El vasto infierno nos
condena
al ciclo eterno de la vida Apenas llegaron los
poetas la
tempestad cayó SUSURROS DEL EDÉN Un susurro acariciaba mi
oído, provenía del Edén. No lograba descifrar el mensaje, entonces, traté de
disipar el ruido entre la neblina de esta oscuridad. Mientras me abrazaba, la
soledad nocturna insistía en revelarme un secreto. Entre susurros y susurros,
un celaje revelaba una imagen. De pronto, un escalofrío me rodeó. Llegaba a mí,
con tal rapidez, proyecciones de un futuro incierto. Una voz grave me lo decía.
Al fondo, hombres vestidos de negro, caminaban a ritmo de marcha, insistiendo
que pronto sería el gran día. La destrucción estaba cerca. Era el fin. Las
profecías de un Apocalipsis estallaría en segundos, era el momento perfecto
para decir que el cielo estaba más rojo que nunca. Unos murmuros me cerraban
los ojos. Ya dentro de este ataúd, supe que no pude resistir a las acciones.
Dios ganó esta batalla, tomó el poder del mundo. Los malos ya no tenemos hogar, sólo debajo de la tierra.
Así es como empezó todo. Por fin, había historias que escribir, comenzaban a
llenarse los libros de la Biblia. |
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