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Manuel
se peinó con agua la parte de cabeza que se alcanzaba a ver en el espejo roto
del ropero. Se vistió con su uniforme
rojo, usando la misma camisa blanca con que empezó la semana. Había pasado la
mayor parte de la noche mirando la pared, perturbado por la espera del día
siguiente. Cuando pudo dormir soñó que
encontraba una bolsa llena de globos de colores. Que estaba en la cocina de su casa desayunando panes por ser su
cumpleaños. Pero un molesto movimiento constante de su hombro lo despertó. Era su mamá, apresurándolo para ir a la
escuela. Nueve años
cumplidos. Manuel estaba seguro de que
algo extraordinario debía sucederle.
Cuando llegó al salón había varios compañeros murmurando alrededor del
asiento de un niño que vive cerca de su casa.
Se adelantó, y con un par de codazos se abrió espacio entre los niños
para ver qué era aquello que originaba el alboroto. Ahí estaba Enrique mostrando a sus compañeros las funciones de un
reloj nuevo con correas rojas. Lo
llevaba puesto en la muñeca izquierda y con el antebrazo alzado a la altura del
pecho explicaba la utilidad de cada botón.
Dijo que la carátula de Mickey Mouse con sus bracitos como manecillas
estaba de moda en Estados Unidos. Que
su tío Francisco se lo mandó desde Los Ángeles porque el mes entrante es su
cumpleaños. Manuel sólo pensó que era
injusto. Ese niño todavía no cumple
años y ya tiene un regalo. Él en cambio, no recibió ni una felicitación de sus
papás o alguno de sus seis hermanos. A media mañana
Manuel invitó a Enrique a comer a su casa, diciendo que su mamá les daría una
sorpresa para comer; que luego habría pastel.
Llegada la hora salieron juntos de la escuela, arrastrando la mochila,
con los cabellos pegados al cuello por el sudor. Pasaron por una tortillería.
A Manuel le sonaron las tripas con el olor a maíz cocinado, se imaginó
que sería delicioso comer unos pollos con esas tortillas tan ricas. Siguieron pateando botes, dieron vuelta y
luego de unos metros llegaron a una casa que evidenciaba un viejo descuido. Bultos de cemento posicionados como rocas de
tantos días de lluvia y sol, montones de arena. La mamá no estaba. Entraron a la casa
atravesando los cuartos para llegar al patio.
A un lado del lavadero había un balde con agua y un bote oxidado nadando.
–Vamos a lavarnos las manos, primero yo te hecho agua- dijo el anfitrión,
mientras intencionalmente le echaba agua hasta las muñecas. El otro niño se quitó el reloj para no
mojarlo. Manuel le dijo entonces que se secara las manos con la ropa que
estaba tendida. El otro niño escogía
entre los pantaloncitos de varios tamaños y sábanas transparentes el mejor
material para secarse. Manuel tomó el
reloj y abrochó las correas rojas del aquel material tan suave. Miraba el ratón girando los brazos mientras
el sonido de las manecillas absorbía toda su concentración. -
Dame mi reloj- dijo Enrique. -
un ratito cada
quién- le contestó- Ahorita que llegue mi mamá con los pollos rostizados te lo
devuelvo, no se te vaya a ensuciar. El niño empezaba a
desesperarse, a pensar que no le devolvería su reloj. De nada valieron las súplicas, las exigencias, el llanto de
Enrique. Manuel estaba como hipnotizado.
Enrique decidió irse a su casa, acusar a su compañero, recuperar su
reloj. Salió corriendo. Manuel se quedó en
el patio viendo moverse el tiempo dibujado.
Por la puerta semiabierta de la calle, entraron los gritos de su madre
que regañaba a los hermanitos. La mujer estaba molesta porque los vecinos se
asomarían por la puerta y verían los colchones raídos del cuarto que daba a la
calle. Avanzó hasta el patio y encontró
a su hijo de nueve años cumplidos.
Sudoroso, hambriento, observando fijamente su muñeca adornada con un
reloj que esa mañana no llevaba puesto. -
De dónde lo sacaste- No obtuvo respuesta. -
¡Que de dónde lo sacaste!- dijo esta vez con un jalón
de la camisa. -
Es que Enrique…se lo mandó su tío de Estados Unidos- Terminó la frase
entrecortada por los coscorrones, zarandeos y la orden expresa de ir a casa de
Enrique, devolver el reloj y confesar que se lo había robado. Lo sacó de la casa a empellones y cerró la
puerta diciendo a ver si no te da vergüenza cabrón. Manuel
se sobó la cabeza, quería que fuera más largo el camino para llegar a casa de
Enrique. Pensaba decir que se le olvidó
en el lavadero. Iba urdiendo su plan
para salir sin culpa, pero un montón de gente en la calle lo distrajo. Miraban algo en el piso afuera de una
tortillería que había en una esquina.
Era un bultito amorfo casi todo cubierto con una sábana blanca. Allí quedó cuando lo aventó el camión de
refrescos. Por segunda vez en el día,
Manuel formó parte de un grupo de mirones alrededor de Enrique, que se
encontraba debajo de aquella sábana, con su uniforme rojo, su muñeca desnuda. Manuel se quedó paralizado unos segundos. Después el hambre le ganó. Regresó a su casa
con pasitos rápidos, queriendo que se hiciera corto el camino. Su madre estaba
sentada en el patio, con los ojos mojados, esperando saber si surtió efecto el
humillante correctivo. El niño se sentó
junto a ella y le acarició el cabello. - Dijo que me lo
regalaba porque es mi cumpleaños. |
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