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Si volteamos la historia como un vulgar
saco de papas podridas (en realidad lo es), veríamos con estupor y asombro que
la verdad y la mentira son poco menos que dos pequeñas metáforas sin sexo
definido. Hermafroditas de la inteligencia y la estupidez. Bajo esta condición
de ambigüedad absoluta, ambas metáforas logran mimetizarse de acuerdo con las
conveniencias históricas: Las Cruzadas, la Noche Triste, la Guerra Fría, la
Inquisición... Todavía retumba, en la memoria de la Vía Láctea y siguiendo
órbitas elípticas, el conmovedor lamento de Galileo: Eppur si muove!. Ni hablar
de los hoyos negros de la historiografía universal como el magnicidio de Julio
César, la muerte de Artemio Cruz, la enigmática belleza de María Gabriela Sánchez,
la sonrisa vertical de Emma Bovary, la tanatofobia de Iván Ilich y las intrigas
que llevaron a Juana de Arco a morir en la hoguera. Si el tiempo es relativo,
todo cuanto en él ocurre, también lo es. Así, la novela, el cuento y la poesía,
aun cuando interiormente vibran en tiempos relativamente diferentes, no son
indiferentes a la teoría einsteiniana. De modo que en los confines de la
ubicuidad cubierta, los límites entre el cuento o la novela y una obra ensayística, por ejemplo, son tan
difusos como el origen burgués de la plebeyocracia en Honolulú. Pero el
problema es mucho más complicado de lo que parece ser: anacrónicos zulúes han
demostrado que la historia de su nación es inversamente proporcional al
cuadrado del tiempo inverosímil.
El asunto no queda allí: antropólogos rusos descubrieron, en una remota
escarpada de Halicarnaso, la tumba de Heródoto. A pesar del tiempo
transcurrido, el esqueleto volátil del Historiador fue hallado en perfectas
condiciones. En fecha reciente, científicos de la Academia Sueca lograron
finalmente descifrar el particularísimo código genético del Padre de la
Historia. El análisis del ADN herodotiano confirmó la vilipendiada hipótesis de L. Maicán: el homo sapiens sapiens
deriva por línea paterna del macaco macanudo de Macao. El estudio confirma así
mismo la tesis bíblica de que en el principio de los tiempos la raza humana
hablaba un único idioma: el Gurú. Esa lengua primigenia –prosigue el estudio-
la aprendieron los humanos de un pájaro prehistórico llamado lorus lorus saussurensis,
en un largo proceso de imitación que abarcó miles de años. Esta especie de loro
gigante fue brutalmente exterminada por el hombre, poco después de que éste
inventara la escritura. ¿Una manera acaso de mantener en secreto un pasado
embarrado por la ignorancia y la barbarie? La última colonia de lorus lorus
saussurensis fue emboscada a chinazos y pedradas en una caverna próxima a
Babel. El ADN de Heródoto nos revela igualmente que de la fusión de la verdad y
la mentira nace una metáfora indudablemente mucho más pequeña: la historia. En
tal sentido, no sería descabellado pensar que la Biblia, aleación del Verbo con
la historia, no es inmune a la polilla que durante siglos ha carcomido las
entrañas del hombre. Libro de libros, la Biblia navega como una bala perdida al
blanco de nuestro destino. Universo vívido de anécdotas, verdades, embustes,
epopeyas, historietas, chismes, rumores, dudas.
A título personal, la intrigante historia de Sansón y Dalila ocupa,
dentro de ese universo hermafrodítico, un lugar especial en cuanto a gusto y
preferencia. Mucho más que la cruel y verídica lucha entre David y Goliat, en
la que el titán de un ojo aplasta a la cucaracha de David de un solo pisotón.
Muy por encima de la penetrante escalada de Adán al monte de Venus o del
naufragio del Arca de Noé frente a las costas de Macuro. No hay discusión: la
alegre historia del cándido Sansón y su
Dalila deliciosa es realmente fuera de serie. Una antigua leyenda egipcia que ha
sobrevivido a siglos de censura religiosa, le confiere a la historia sansoniana
cierto aire de misterio erótico. Según los habitantes de Ismailia, la fuerza de
Sansón no provenía de su larga cabellera, como dice la Biblia, sino de la
abundancia de su vello púbico. Tan inextricable era la maraña de pelos que la
experta felatriz (Dalila), al momento de engullir con sus labios la cabeza
oculta en el lugar venéreo donde suponía debía estar, no la encontró.
Encolerizada como una cabra en celo, preguntó: “¿Dónde está tu fuerza?” (su
pene, quiso decir). Sansón, lejos de entender la pregunta, contestó que en sus
pendejos. El resto de la historia es harto conocida. Por otro lado, de ser
cierto lo que nos cuenta la leyenda, ¿por qué diablos alteró Dios el orden
establecido? ¿Censura divina? ¿Prejuicio semántico? Sea como fuere, Dios,
creado a imagen y semejanza del Hombre, bien pudo haber heredado de éste el
flagelo de la discriminación y los prejuicios. Volvamos a la deliciosa Dalila:
bella, inteligente, seductora, sensual, eternamente joven. Con estos bestiales
atributos cualquier macho vernáculo aullaría loco de amor aun en la noche más
helada. Hagamos un ejercicio mental: pongámonos por un minuto en el pellejo de
Sansón: el pobre no tuvo la culpa. Bastaría imaginarse a aquella despampanante
hembra filistea en hilo dental para caer rendido a los pies de cualquier Mata
Hari y cantarle como un lorus lorus todos los secretos de la CIA y la KGB
(habidos y por haber). Porque eso sí tenían los artífices del lenguaje humano:
eran deslenguados por naturaleza. Francos, sinceros, abiertos, desconocían el
código de la discreción y el secreto (en ese sentido entendemos el afán del hombre en exterminar al noble pájaro).
Desconocían asimismo el concepto de chisme y sin embargo lo practicaban.
Otro rasgo nos diferencia de nuestros primeros maestros: ellos no
sufrían de prejuicios semánticos. Puros de espíritu, les daba lo mismo decir
sobaco o axila, culo o ano, gañote o garganta. No discriminaban entre un
eufemismo y una frase dura, simplemente porque desconocían, o quizás sabían
pero les daba igual: eran libres como el viento y sabios como la nada. En ellos
lo escatológico existía per se, sencillamente porque no existía.
Luego de haber exterminado al inteligentísimo loro saussereano, un buen
día el hombre se sintió solo, inquieto, sin nadie a quien joder. Tarde
comprendió su error. Supo entonces que sin la presencia de un modelo
lingüístico serio le sería bien complicado perfeccionar la recién adquirida
lengua. El asunto no estribaba sólo en eso: en la medida en que transcurría el
tiempo la comunicación entre los humanos se hacía cada vez más difícil. Cundió
el pánico. En un consejo de ancianos alguien propuso la creación de un
superhéroe. A la mañana siguiente nació Dios, pero era tan enclenque, pequeño e
insignificante que nada pudo hacer para solucionar el problema. De modo que el
hombre continuó vagando y vagando por los enmarañados vericuetos de su cerebro.
Sucedió lo que tenía que pasar: una noche de brillante luna la luz de la razón
se apagó para siempre, y las lenguas dialogaron en una anarquía de locos.
En medio de aquel desorden lúdico, el pobre de Dios fue creciendo a la
buena de Dios. Poco a poco los hombres fueron reagrupándose según el color de
sus lenguas. Ya la división era irreversible. Circunstancia que aprovechó el
Creador para apropiarse del Universo (divide y vencerás). Aquel día, para
restregarnos en la cara su poder de mago, se puso a cantar boleros hasta el
amanecer. Bebió como nunca había bebido. Y para marcar su territorio, al final
de la fiesta pagana meó como un perro pulgoso en el árbol de nuestros
miedos. Monte de Venus, jueves 3 de octubre
de 2002 |
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