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Yo me mato solo … respondió “Cirrosis”, uno de los
borrachos consuetudinarios del pueblo, cuando el médico le comunicó que, de
acuerdo con los exámenes de laboratorio y otras pruebas practicadas para
comprobar su estado de salud, tenía una colección de enfermedades represadas y
tres de las cuales eran mortales. Omar era su nombre y lo apodaron “Cirrosis”
debido a su inveterada adicción a toda clase de bebidas alcohólicas que podían
llevarlo a esta enfermedad. Consumía trago de todas las marcas y hasta sin
marca. Decía sonriente que no discriminaba razas, religiones, sexo ni edad
tratándose de licores, cuando le criticaban el consumo de trago de dudosa
procedencia que podía ser adulterado. Mi amigo Omar, olvidaba mencionar que yo
era uno de los pocos amigos que conservaba, poseía una salud envidiable,
aparentemente, a prueba de virus, bacterias, hongos, infecciones y otros
ataques de la madre naturaleza; que conste, esto no lo digo yo, eran sus
palabras; pero hago claridad que todo esto lo decía antes de la última y tal
vez única cita con el médico y los resultados ya nombrados. Al escuchar al
médico al principio se sonrió con una mueca de incredulidad y duda pero, al
seguir escuchando las explicaciones del especialista, comenzó a preocuparse de
verdad y como entre sueños oía hipertensión, corazón agrandado, arritmia
cardiaca, hiperglucemia, gastritis, anemia moderada, desnutrición, bla bla bla…
todas con tendencia al alza. Se concentró en los números de los
resultados. Tensión 180/120, ritmo cardiaco 115 en estado de reposo, azúcar
175, etc. Alzó los hombros porque sabía cómo controlar todos estos descuadres
de su organismo; eso lo aprendió de su padre muchos años antes que le dijo:
“mijo, enfermedad que no cure el trago es cáncer” y, con esta fórmula, bebía un
día si y otro también convencido de tener una salud a
prueba de golpes. En sus sesenta años sus únicos padecimientos, hasta donde
recordaba, eran las resacas mortales y dolores de muela; las primeras las
curaba con más bebida y las segundas con extracciones que lo tenían mueco.
También sus glóbulos rojos estaban en abundancia y eso lo exponía a una
trombosis pero, como en su vida nunca se preocupó de nada, ¿por qué iba a
hacerlo ahora? Como la preocupación no salía de su
pensamiento, y para relajarse, entro en el primer bar para tomar un trago que
calmara sus nervios y, como siempre ocurría, después del uno, el otro y el otro
y así hasta perder la cuenta. Ese día, en las horas que duró bebiendo,
hablo de sus males con el cantinero, tres borrachos, dos testigos de Jehová, un
cura y una prostituta que lo invitó al hotel del frente para quitarle todos sus
padecimientos¸ muy tarde salió más preocupado que antes pensando poner remedio
definitivo a sus achaques de salud, ya sabía la solución. Al despertar, unas horas más tarde, sin
saber el día ni la hora y aun bajo los efectos del alcohol, recordó retazos del
día anterior en la cantina y las conversaciones que sostuvo pero, la única que
tenía clara era la charla y las recomendaciones del médico; ahora iba a
comenzar el tratamiento basado en las recomendaciones de su señor padre. Salió
directo al estanco donde tenía muy buen crédito porque podía pasar sin comer
pero no sin beber, de manera que las cuentas del licor eran sagradas y allí le
facilitaban todo el alcohol que pedía a diario y que pagaba con el dinero de la
pensión de la armada nacional que recibía mensualmente. Compró una caja de
aguardiente, de esas que contienen otras doce cajas pequeñas de un litro cada
una, un litro de ginebra y otro de tequila y caminó con su carga con una
sonrisa bobalicona de satisfacción hacia su morada, una pieza grande en un
barrio pobre donde todos lo conocían y nadie lo molestaba. La comida no entraba en su dieta; por eso
no adquirió comestible en la tienda de la esquina donde compró un botellón de
gaseosa de tres litros y una bolsa con cinco litros de agua. Acomodó todo en
una mesita donde tenía un reverbero eléctrico; como cosa rara tendió la cama,
puso una toalla a manera de mantel sobre la única mesita que estaba
disponible, acercó la butaca donde se sentaba, espantó un gato y cerró la
ventana con seguro, donde estaba el felino, aseguró la puerta de la pieza con
llave y candado y se dispuso a beber para curarse de sus males. En un rincón
vio botellas de diversos licores a medio desocupar y pensó, no me falta nada.
Algo faltaba; claro, la música; prendió la radio en una emisora que transmitía
boleros, baladas, tango y música sentimental las 24 horas, sirvió un vaso
completo de aguardiente y otro de gaseosa y empezó su tratamiento para
demostrarle al medicucho que si tenía curación a sus enfermedades Diez días más tarde ya no sufría de nada.
Los vecinos acudieron a la policía alertados por el olor que salía de su
alcoba. Rompieron la puerta y lo encontraron en medio de un reguero de botellas
y empaques de licor desocupados, gaseosa tirada por el piso, vómito y orina.
Olvidaba nombrar su adicción al cigarrillo, cientos de colillas por todas
partes, ni rastro de comida y en la cara una sonrisa de satisfacción mezclada
con una mueca sarcástica, ya no tenía ninguna enfermedad. |
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