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La culpable de sus bajas
calificaciones tenía nombre y apellido: Silveria
Solís, una espectacular pelirroja de puntiagudos pechos y delgada como un
cambur, cuya mirada perdida limitaba en ocasiones (especialmente durante el
recreo) con el grupo de los mediocres. Discreta, moderada, maternal, pulcra y
elegante, sorprendía de cuando en cuando con un veinte en castellano. No era
para menos, pues era conocida por todos su afición a la poesía. En una
oportunidad había llegado incluso a obtener (después de varios intentos) una
mención honorífica en un concurso regional para liceístas. Esa modelito adolescente de mejillas
pecosas, pelo corto y uno setenta de estatura con cincuenta de peso, permanecía
como un Titanic de carne y hueso (más hueso que
carne) en las profundidades de su memoria. Algunas noches frías y de intensas
lluvias soñaba que era un submarino teledirigido en forma de pene, curvo y
erecto, deslizándose en espiral a través de las heladas aguas del Atlántico
Norte. Luego de sortear témpanos de
hielo de dieciséis años de diámetro (¡cómo pasa el tiempo!), lograba
finalmente tocar suelo marino. Una vez allí, desorientado en aquel vasto
desierto de oscuridad, debía arrastrarse (a paso de tortuga) como una vulgar
serpiente. La presión era un antipático pulpo disfrazado de piedra que le
machacaba los testículos. El dolor era insoportable. Ya a punto de desfallecer, ocurría el
milagro. Una corriente de viento acuático chocaba en suaves oleadas contra el
estirado prepucio del sumergible, fenómeno que era interpretado como señal de
que el objetivo se encontraba cerca, demasiado cerca como para no sentir el
fortísimo e inmutable olor a jabón de baño. Inmediatamente, el aparato para
detectar metales se ponía en funcionamiento y en un prehispánico cortejo de
cinco segundos creía tenerla a sus pies. Lamía entonces sus axilas depiladas,
esa delicada piel de flor de mango cuyo centro olía ligeramente a cebolla
asada. Hurgaba con su lengua sus fosas
nasales, cada pelito acariciado y adorado cual becerros
de oro. Luego, mordía con ternura de abuelo el diminuto ombligo lunar hasta
anular toda posibilidad de escape. Dueño de la situación, como gato
gimnasta que juega con su presa, la dejaba hacer. A continuación daba vida a un
extraño rito ancestral. Tomaba su pene con ambas manos e iniciaba una alegre
danza solar de trescientos sesenta y cinco
pasos diferentes alrededor de la ninfa pelirroja, al tiempo que giraba
sobre su propio cuerpo, alternando volteretas mortales con aeróbicos movimientos
de cintura, mientras la neófita poetisa simulaba salir de su letargo sexual,
sacudiéndose a ritmo de perinola el fango y la herrumbre de décadas. Justo antes de dar comienzo a la
batalla de los sexos, una rimbombante voz atrompetada venida del Más Acá,
decía: "Ábrete, Sésamo", y en un segundo las frágiles piernas de la
virgen amada se separaban, como el abrir de una ostra rosada, dejando al
descubierto la preciosa perla de rubios
vellos. Era un sexo hermoso, duro, cerrado e increíblemente pequeño, capaz sin
embargo de soportar la embestida ciega y brutal de un centenar de hombres en
celo. Monstruosamente excitado, amo y esclavo de su maldita erección, buscaba
por todos los diablos la manera de causarle el menor daño posible, antes de que
la creciente impaciencia de su bárbaro falómetro
(aparato que sirve para medir la capacidad de aguante de la vagina)
minase su propia resistencia física. Entonces, la perla más apetecida del
Caribe onírico estaba maquiavélicamente húmeda, arisca, preparada para el
combate. Sus labios rojos manzanizado simulaban una
capa de torero. Aleteaba con pudor de actriz porno ambos hemisferios de su
Triángulo de las Barbudas, originando una serie de remolinos afrodisíacos que
excitaban aún más al otro, incitándolo a la batalla frontal, cuerpo a cuerpo. Improvisaba pases de cortesía y
verónicas de arte menor. Luego, en un acto de descuido fríamente calculado, la
precoz poetisa desplegaba el abanico al máximo, en un gesto de desafío muy
clitoridiano. Valía la pena el ardid, no en vano es el arma secreta que utiliza
contra indecisos e impotentes. La
respuesta desdentada del toro unicornio no se hacía esperar. El choque
de titánicos era un espectáculo verdaderamente digno de ser filmado. En un
primer contacto síquico, el atacante era circuncidado
en seco, sin anestesia, obligado a retroceder cincuenta estrellas al este,
desplazado como un exiliado clínico, deportado a un estado Libre Asociado
(¡Vive, Puerto Rico!) donde la estoicidad supera por trece franjas horizontales
el dolor por la pérdida del hasta entonces territorio viril. En su segundo encontronazo proindependentista
y después de una encarnizada lucha a sangre y semen en las afueras del
rocalloso himen, el Clítoris, estratégico fortín de cuando el dominio
peninsular y protagonista de épicos orgasmos, era finalmente destruido,
extirpado de raíz. Luego era ella quien retrocedía cincuenta estrellas, al
Oeste. La clitoridotomía se hacía efectiva. Esta vez
el cese de las hostilidades se prolongaba por tres o cuatro minutos, sólo
interrumpido por esporádicos amagos bélicos de parte y parte que no pasaban de
inofensivos guiños y sacadas de lengua. Ella, cándidamente despeinada,
cansadísima, herida de muerte pero no vencida, se jugaba entonces el todo por
el todo, a fin de impedir el desmembramiento de su folclor e identidad
virginal. Él, rígido, voraz, arrogante, conquistador, vaginófago
por naturaleza, tampoco se daba por vencido. Estropeado, exhausto y golpeado
(al igual que la perla androfóbica), se reventaba
ahora como los glandes, buscando el
medio de poderla penetrar. Esta vez buscaba (infructuosamente) la manera de
causarle el mayor daño posible (quería vengarse). De modo que el tercer y
último enfrentamiento, el más grande y temido en cuanto a espacio físico y
duración, al principio de la magnitud de una batalla intergaláctica, pronto
degeneraba en una vulgar guerra de guerrillas, e incluso en un lío doméstico de
acoso sexual con el que el uno pretendía desprestigiar al otro. Santísimo Neptuno, en aquel singular
pleito de culebras bíblicas, enroscadas como crineja de loca, ¿quién demonios
era quién y quién izaba o arriaba la bandera de quién? Después de la tormenta
sobrevenía una calma hipócrita, aparente. Al contrario de la Guerra Fría, era
ésta una paz caliente, venérea, cabizbaja, ociosa, labial, sin fuerzas. De
pronto (he aquí el destino histórico), el mundo bipolar sorprendía al mundo
bipolar con un drástico giro de trescientos sesenta grados (para quedar en lo
mismo), y a MIR dólares eran derribados el Muro de Merlín y la Estatua de la
Esclavitud. Ambos contrincantes, perdidos, derrotados, suponiendo cada uno la
victoria del adversario, sacaban a relucir prendas íntimas blancas, como señal
de rendición incondicional. Entonces, la inmaculada pelirroja de senos
puntiagudos aflojaba sus tensos músculos, apretaba los ojos de miel y
desterraba de sí el orgullo (se lo tragaba), ofreciéndose en cuerpo, mas no en
alma. Presa de una crisis de nervios, producto de su propia impotencia, le
gritaba a todo pulmón marica, cabrón, hijo de perra, malparido,
desnaturalizado, con la rabia y el rencor de una marginada sexual. Llorando
luego de resignación, vociferaba a los siete mares que la penetrara, que la
hiciera suya de una buena vez, que la violara. Era una voz entrecortada,
herida, fatalista, desgarradora, triste. Lo repetía tantas veces, con tal
intensidad, fervor y ahínco, que paulatina
e inconscientemente el ancestral odio tendía a decrecer, la traumática
rabia a ceder sus bases, hasta llegar a un plano de excitación suprema en que llegaba
a amarlo y desearlo de veras. Eran momentos de turbación mundana, de bruscos y
profundos cambios. Entonces ya no le gritaba cabrón, marica, hijo de puta,
sádico, sino, en tono desaforado, entreguista y
seductor: "¡Cosa rica, buenmozo, Romeo, Cupido,
macho mío...!" ¡Las vueltas que da la vida! Toda esa
maniobra erótica señalaba que había que destruir a Cartago (era la orden),
pero, ay, cómo diablos destruirla. ¿Utilizando armas químicas o biológicas, aun
a riesgo de sufrir bombardeos aliados y
sanciones económicas más severas aún? Ni loco. Además, no las tenía ¿...? y, si en verdad
las tuviese y se viera en la necesidad de usarlas, tampoco podría: tan
estropeado estaba que no era capaz de
mover un dedo. De qué manera, a ver.
¿Por medio de una transculturización violenta,
en masa? Imposible: las guerras púnicas (pénicas) lo habían desculturizado por
completo. A ver, cómo (tenía que haber algún modo). ¿Con una honda y par de
piedras? Negativo. Tenía claro que jamás alcanzaría la puntería ni la suerte de
David. ¿Entonces? ¿A vergajazo limpio? Ni pensarlo: el que una vez fuera un portentísimo submarino en forma de pene (con cabeza
nuclear) ahora no era más que un
obsoleto y flácido torpedo convencional batiéndose en retirada, buscando
desesperadamente una salida al mundo exterior.
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