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Aquel
viernes me desperté con la placentera sensación que proporciona el comienzo del
fin de semana. No recordaba nada del sueño, y no fue hasta más tarde, ya en la
ducha, mientras aclaraba mi cuerpo de
los últimos restos de jabón, cuando me vino a la cabeza todo lo que mi
inconsciente había recreado aquella noche y su relación con los sueños
anteriores. Y comencé a tiritar como si
el agua caliente que caía sobre mi cuerpo se hubiese congelado
instantáneamente. Todo
había comenzado el lunes. Aquella noche tuve el primer sueño. Yo iba andando a
mi trabajo como cada día y cuando cruzaba por el paso de peatones que hay
frente al edificio en el que trabajo vi a Luis, el
conductor del coche que se había parado delante de mí. Hacía 10 años que no le
veía, desde aquel fatídico accidente que cambió mi vida. Le saludé, pero
pareció no reconocerme, no sólo porque no me devolvió el saludo sino también
porque nada más que llegué a la otra acera reemprendió su marcha sin volver a
mirarme. Al día siguiente camino del trabajo todo lo
que había soñado se reprodujo con exactitud. Cuando comencé a cruzar miré a la
izquierda y allí estaba Luis. Después se
fue sin dar ninguna señal. Pensé que Luis me había reconocido pero que no había querido saludarme. Aún me consideraba
culpable, aunque yo sólo era el que conducía aquel maldito coche, aquel maldito
día. Llegué
al trabajo alterado. Más que el hecho de haber visto a Luis después de tanto
tiempo era la reproducción de mi sueño
lo que me perturbaba. Quise pensar que todo había sido una curiosa
coincidencia, pero durante todo el día no pude pensar en otra cosa. Aquella
noche el sueño se repitió integro, pero esta vez no era Luis el conductor sino
Marta. También ella participaba en aquel viaje que pretendía ser el comienzo de
unas vacaciones tantas veces soñadas y que finalmente se convirtieron en la
peor pesadilla. En el sueño Marta se comportó igual que Luis y tampoco pareció
reconocerme. Cuando al día
siguiente al cruzar la calle encontré a Marta esperando dentro de su coche a
que yo cruzaré la calle, comprendí que aquello ya no podía ser una casualidad.
Por eso la hice señales, quería saber que estaba ocurriendo, pero cuando acabé
de cruzar reemprendió su marcha sin
mirarme, exactamente igual que en el sueño. Supuse
que alguien desde algún sitio me enviaba algún mensaje, quizá sería Juanjo, desde donde quisiese que estuviese después de que
aquel día, el golpe frontal de mi coche contra aquel árbol acabará con su joven
vida en el acto. Él fue la única víctima mortal. De hecho los otros cuatro
pasajeros no pasamos de lesiones leves, magulladuras, nada... Pero Juanjo, que estaba
en el asiento situado a mi derecha, se llevó todo el golpe. Yo no recuerdo nada de los
instantes anteriores al accidente, sólo se me quedó grabado un fuerte impacto.
Luego, cuando levante la cabeza y vi a Juanjo inmóvil con la cara ensangrentada mi mente se
bloqueó y durante las horas siguientes tuve la impresión de haber perdido el
rumbo de mi vida. La
noche siguiente a mi encuentro con Marta apenas dormí. Calculo que logré
conciliar el sueño apenas 15 minutos, los suficientes como para que el sueño
volviese a repetirse. Esta vez era Sergio, hermano de Juanjo,
la persona que esperaba dentro de su coche a que yo cruzase por el paso de
peatones. Su mirada era neutra pero desconcertante. El día del accidente Sergio
ocupaba uno de los asientos traseros. Se había pasado la tarde contando
divertidas anécdotas y era el que con más entusiasmo comenzaba aquellas
vacaciones. En el momento del impacto iba dormido y estuvo después un buen rato
completamente aturdido. Pero cuando uno
de los médicos cubrió con una sábana el
cuerpo de su hermano, Sergio se abalanzó sobre mí y empezó a golpearme con rabia y con una
fuerza impensable para alguien que acababa de tener un accidente. Mientras
tanto Marta y Luis también me increpaban; que si torcí en el último instante
para que el lado que yo ocupaba esquivase el golpe, que si sólo pensé en mi,
que si iba demasiado deprisa... Yo permanecí inmóvil y callado. En ese momento
un médico, consiguió separar a Sergio, me metió en una ambulancia y me llevaron
al hospital. No les había vuelto a ver. Cuando
a la mañana siguiente me dirigía a mi trabajo se me ocurrió coger un taxi que
me dejara justo en la puerta y así evitar aquel paso de peatones, pero al final
la curiosidad venció al miedo y no lo hice. Al llegar al paso de peatones,
comprobé aliviado que no había ningún coche en la carretera. Entonces crucé,
pero antes de que hubiese llegado al otro lado apareció. No fue necesario que
parase pues yo ya había rebasado su carril, pero sí le dio tiempo a lanzarme la
misma mirada que en el sueño. Esta vez me resultó amenazante y se me clavó en
las entrañas. Por un momento sentí un gran dolor en el alma. Ni yo había sido
capaz de dejar de sentirme culpable, ni ellos habían sido capaces de olvidarlo.
Aquella
tarde fui a ver a mi psicólogo. Hacía meses que no iba por allí, ya que después
de años de tratamiento ambos habíamos comprendido que estaba estancado y que
quizá debía pasar un tiempo sin remover todo aquello. Aquella visita consiguió
tranquilizarme. Me dijo que estaba siendo víctima de una obsesión. Eran lógicos
los sueños y también lo era que mi mente los reprodujera al día siguiente
creyendo ver lo que en realidad no veía. Me contó que ninguna de las personas
que creía haber visto eran en realidad ellos. Se trataba de alucinaciones
transitorias o algo así y era muy probable que ahora que lo sabía no volviese a
tener aquellos sueños ni aquellas alucinaciones. El caso es que me convenció de
todo aquello y aquella noche, agotado por la tensión vivida esa semana, me
acosté temprano y concilié el sueño enseguida. Por
eso el viernes al principio no recordé nada. El día anterior había planeado
irme a la playa durante el fin de semana, intentar descansar y olvidar y eso
fue mi primer pensamiento. Pero cuando la ducha despejó mi mente y recordé que
el sueño se había repetido y que quien detenía
aquella vez su coche en aquel maldito paso de peatones era Juanjo, el miedo se apoderó de mi mente. Salí
de la ducha aún aturdido por el shock y tras secarme con dificultad, me senté
tratando de ordenar mi cabeza. Toda una semana de sueños obsesivos, un cúmulo
de imposibles coincidencias, de sentimientos de culpabilidad que me torturaban,
una sensación de confusión, de no
saber en que dimensión se está viviendo,
si en el sueño o en la realidad. Intentaba
razonar, pero era incapaz. Continué tiritando un buen rato. Por un momento
pensé que lo mejor sería no ir a trabajar. Me sentía sin fuerzas. Me tome un
tranquilizante y llamé a mi psicólogo. Él me insistió en su teoría de la
obsesión. Me animó a que fuera a trabajar, me dijo que era la mejor manera de
vencerla. Consiguió envalentonarme, así que colgué, me vestí y salí hacia el
trabajo. Las
fuerzas que la conversación con el psicólogo me había dado se iban agotando
según me acercaba a aquel paso de peatones. Cuando al fin llegué permanecí durante un buen rato quieto, con los ojos
cerrados y la respiración contenida. Sentía como las pulsaciones se me
aceleraban y el corazón parecía estar a punto de estallar en mi pecho. Me
encontraba completamente aturdido. Oí
como varios coches pasaban delante de mí,
incluso creo alguno paró para dejarme pasar, pero yo permanecía inmóvil
tratando de armarme del valor suficiente para enfrentarme a mi miedo. Entonces
abrí los ojos. No vi ningún coche cerca así que
comencé a cruzar. Quería correr pero mis piernas no respondían y sólo era capaz
de caminar muy despacio. A lo lejos se
acercaba un coche pero no estaba conducido por
Juanjo sino por una señora de mediana edad.
Sentí una breve euforia que apenas duró unos segundos, lo que tardé en darme
cuenta que conocía a aquella mujer. Era la madre de Juanjo.
Su coche, que se acercaba a gran velocidad, no paró en el paso de peatones sino
que impactó contra mi cuerpo arrastrándolo varios metros. Creo que fue el golpe
de mi cabeza contra el suelo lo que me mató. Lo
primero que recuerdo después era que todo estaba oscuro. Me encontraba en una
especie de bosque rodeado de maleza. Comencé a caminar hacía un punto de luz.
Parecía cercano pero tardé mucho tiempo en alcanzarlo. Al llegar lo primero que vi
fue una larga carretera. Al otro lado había un gran edificio. Supuse que era
allí el lugar donde terminaba mi viaje hacia la muerte. Comencé a cruzar y
entonces descubrí que lo hacía por un paso de peatones. Miré a la izquierda. Un
coche conducido por Juanjo esperaba. |
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