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Este
fin de semana son las fiestas. A las tres y media, un poco tarde la verdad, comienzan
a llegar los invitados. Casi todos vienen de misa, y de la rifa que se monta
poco después. Esta vez han sorteado un cabrito, y le ha tocado a una mujer
joven que vive en una aldea próxima. En la casa esperan suegra y nuera,
acabando los preparativos para la comida del sábado. Ahí no acaba el trabajo,
ya que según las costumbres, muchos se quedarán también a cenar, tras dar un
paseo por la tarde y al día siguiente volverán. Son las fiestas de Mirandela, aldea gallega rural donde las haya, donde la
tradición manda, comer es una religión y la hospitalidad parece no tener fin. Comer bien lo es todo. Eso es una
máxima que aprendes cuando te adentras en ese pequeño universo verde donde
siempre miran al cielo para ver si por fin llueve. Donde parece confirmarse a
cada paso que aún no ha llegado la mano contaminadora del hombre a arrasarlo. Suegra y nuera salen corriendo al oír
el ruido de los coches. Todos se saludan, y hay muchas presentaciones, siempre
muy alegres, ya que algunos familiares han traído a su vez a otros algo lejanos
y siguiendo la cadena es fácil pensar que nadie de las veinticinco personas que
se van a juntar a la mesa conoce a todos los demás. Algunos coches pasan de
largo, saludando siempre con la mano, son los que van a las otras, pocas, casas
del pueblo. Lo que va a pasar en las próximas horas pasará igual en todas
ellas. Las casas son todas de piedra, algunas
de ellas muy antiguas, con más de doscientos años y una tradición que da
escalofríos cuando entras. Allí nació y murió casi con seguridad padre, abuelo,
bisabuelo… Abajo la cocina de leña y un comedor improvisado. Arriba las
habitaciones. Si tienes suerte y puedes escapar a ellas, puedes ver fotos de
antepasados, y te estremeces al ver ese blanco y negro casi amarillo. Al bajar
otra vez al ruido no te atreves a preguntar quienes son los de las fotos porque
tienes el nudo en la garganta. Además, no vendría a cuento. Mientras bajas los
escalones ves pasar platos, sartenes, cazuelas, hasta arriba de patatas,
pimientos, empanadas, ensaladilla, ternera, pollo. Pan de centeno. Vino de la
casa. Chorizos de la casa. No es difícil medir la comida para tantas personas
cuando llevas toda la vida cocinando y cuando sabes que no hay ningún problema
en que sobre. Hay que hacer mucho de todo, y muy rico. Y hay que presionar para
que coman, hay que insistirles mucho, sobre todo a los que han venido de lejos,
esos están todos flacos y tienen que irse de aquí satisfechos y con el estómago
lleno. Seguro que no comen porque les da corte, pero eso se arregla rápido. La
suegra en eso es única. Comienza la comida. Este año ha venido
tanta gente que ni apretándose mucho caben todos. Así que los de la casa tienen
una pequeña mesa aparte, y allí comen sin que apenas se note su presencia. Suegra
y nuera ni siquiera eso, no se sientan ni un momento, y permanecen alerta buscando
platos vacíos para llenar. De repente se hace el silencio total. No importa si
la charla es distendida, ni siquiera si la hay, no hay ningún problema en eso. Miras
las caras de los demás, y ves Galicia en ellas. Coloradas, en algunas faltan
dientes, los ojos brillan, las manos están dañadas del trabajo. Arrugas en la
frente. Te preguntas qué piensan de las cosas de la vida, de la suya y de la
nuestra. Y sigues comiendo porque si no te sancionan, La noche anterior han
echado insecticida, pero pronto acuden las moscas. La proximidad de las vacas.
Pican por debajo de la mesa, parecen rabiosas hoy. Algún comentario chisposo,
anécdotas de alguien que hizo la mili en Madrid. Todo contado en una extraña
mezcla de gallego y castellano. Hasta que un señor que es familia de familia de
familia y que por tanto conoce poco al resto se hace con la conversación y
cuenta historias divertidísimas. Y otras no tanto. El año pasado le ingresaron
con doscientas tres pulsaciones, pero él sigue fumando, te cuenta que de joven
ha llegado a fumar cinco paquetes en un día, y tras el susto sólo se ha quitado
el café. Llegan los postres. En un solo plato
aparece la tarta helada, otra de cabello de ángel tan pesada como rica y un bizcocho
casero delicioso. Raciones grandes. Y luego pasteles traídos por invitados. Se
hace casi imposible acabarlo. Mientras lo intentas ves que el señor de las
doscientas tres pulsaciones ya lo ha hecho y ahora dice que no quiere café,
pero enciende un puro. Sabe mucho de la vida, tiene ojos muy inteligentes, y se
te quedan ganas de preguntarle cosas. Entre historia e historia se caga mil
veces en todos los santos, nadie se atreve a rebatirle nada. Son casi las seis, así que hay que
descansar al menos tres horas antes de sentarse otra vez a la mesa. Mientras
nuera y suegra friegan los platos y preparan otra vez todo hay tiempo para
visitar a las vacas, los cerdos, las gallinas, los conejos… Para tomar un
camino cualquiera, dar un paseo e intentar bajar la comida. Para ver castaños, robles,
pinos... Para en medio del silencio oír sólo el ruido del agua cayendo por el río.
Para rezar porque nunca llegue aquí el fuego. Para preguntarse quién vive
mejor. Si ellos aquí o tú a quinientos kilómetros. |
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