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Me ofreció queso, nueces y chocolate. Decline su
invitación. “Cuando yo tenía tu edad no hubiese rechazado nunca una merienda
como esta. En aquella época no sabías cuando se te iba a presentar otra vez la
oportunidad de comer estos manjares”, me dijo riendo. Sus ojos estaban hundidos, parecían cansados. Habían sido
mucho más grandes. La foto del día de su boda que presidía el salón lo
demostraba. Pensé que quizá ese día fuese el más feliz de su vida. Me pregunté
que pensaría ella cuando observaba esa foto, si tendría añoranza de ese tiempo
pasado, si se acordaría de él, que hace ya tantos años había desaparecido, o si
se había acostumbrado a esa imagen y ya no le sugería nada. Siempre fue una mujer llena de energía y si ahora había
perdido parte de ella era por culpa de
sus achaques físicos. Lo que sí mantenía intacto era su carácter
, el mismo que le hacía seguir siendo la referencia de su familia. La
familia. Esa era sin duda su prioridad. Ahora y siempre. La vida con sus
paradojas hacía que ahora cuando tenía todo el tiempo del mundo para estar con
ellos viviera sola. Aceptaba y callaba. Pero no renunciaba a reunirse con todos
los que de verdad le importaban siempre que podía. Una vez al año, todos los Sábados Santos, los reunía en un restaurante para
celebrar su cumpleaños. Aquello se había
convertido en una tradición familiar que le hacía muy feliz. Aquel día la noté triste. “Últimamente la rodilla me está
dando mucha guerra”, me dijo. Ya casi no salía a la calle. “Cuando hace frío
porque hace frío, cuando hace calor porque hace calor”. “Salgamos hoy, hace un
día espléndido”, le propuse. No tuve que insistir mucho más. Me di cuenta de
que lo estaba deseando. Paseamos por un parque y no paramos de hablar. Le gustaba
darme consejos y a mi me gustaba contarle mis cosas. Sabía que a nuestras
mentalidades les separaba más de medio siglo y que por ello difícilmente iba a
comprender mi forma de vida, pero me respetaba. Siempre quiso que me casase,
pero aceptaba que estuviese viviendo con
una chica, por la que siempre demostró cariño. Sé que no le gustaba mi pelo
largo ni mi aspecto desaliñado, pero aún así me piropeaba con frecuencia.
Siempre quiso que estudiase pero se resignaba a que me ganará la vida tocando
esa música que tanto le costaba entender. Me encantaba que me contara cosas de su juventud,
recuerdos que le eran lejanos y a la vez cercanos. “El tiempo pasa cada vez más
deprisa, hay un momento a partir del cual se nos escapan los años, pero eso es
ley de vida, hijo”. Como tantas mujeres de su generación se había hecho a si
misma. Por su niñez atravesó una guerra
y por su juventud un posguerra. Se casó sin tener nada y siempre tuvo
que trabajar duro. Al principio, en los momentos más difíciles, lavando ropa
para sus vecinas. De ella se puede decir que apostó fuerte en la vida. Por eso
consiguió abrir su propio negocio, por eso después de vivir en una humilde casa
de alquiler, en la que nacieron sus dos primeros hijos, consiguió con su
familia vivir en su propia casa, primero en una pequeña donde nacieron sus otros dos hijos y después
en una más grande, la que años después fue la casa de mi infancia. La recuerdo cuando era niño siempre en esa tienda que abría todos los días
del año, sin quejarse porque ella pensaba que el trabajo formaba parte de la
vida. Y cuando llegó el día de su jubilación, el día a partir del cual debería
haber disfrutado de la vida, con la salud aún respetándola fue a él a quien no le respetó. Se pasó
varios años cuidando de mi abuelo, en un continúo tránsito por hospitales,
innumerables días enteros con sus interminables noches acompañándolo en su
lento deterioro, en su lenta despedida de este mundo. Tampoco esta vez la
oí quejarse nunca. En sus últimos días de vida el alzheimer
consiguió que él fuese incapaz de
reconocerla. Al regresar a casa estuvimos un rato callados. De repente
ella exclamó:” Déjame apoyarme en ti hijo, creo que esta rodilla ya no aguanta
más. Cuando voy al médico ya no tengo la esperanza de que se cure. Sólo le pido
que me dé algo para que no me duela. Eso
y que me aguante la otra.” Volvió a callarse y yo ya no supe que decir. Llegamos a casa. Estuvimos viendo la tele, era uno de
esos programas en la que dos pueblos se enfrentan entre si en unas pruebas
indescriptibles donde todos suelen acabar por lo suelos o perseguidos por una
vaquilla. Algunas situaciones nos hicieron reír. “Ahora si que le acepto la
merienda”, dije. Ella volvió a sacar nueces y queso. Después de postre
chocolate y un plátano. ”Que rico manjar”, dije. Ella rió. Me encantaba verla
reír. Su risa era tan estruendosa como sincera. Nos dieron las once. La note cansada. “Supongo que querrá
acostarse” le dije. ”Gracias por la visita, hijo”, me contestó. “A usted
por este rato. Me lo he pasado muy bien. Cuídese mucho”. Al día siguiente yo volvía a Madrid después de unos días
de vacaciones. Tardaría unos meses en volver. Me prometí que la llamaría con
frecuencia. Pensé que quizá algún día cuando volviese ya no iban a ser posibles
estos encuentros. Me quite esa idea de la cabeza. Aún quedaban muchos Sábados
Santos que celebrar con ella. Siempre la he llamado abuelita y aunque ahora ya tengo
más de treinta años me es imposible llamarla de otro modo. |
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