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Aquella noche Andrés se fue a la cama con un plan.
No quería que le pasase lo mismo que el año anterior, cuando incapaz de dormir
por los nervios, fue también incapaz de levantarse al oír aquellos esperados
ruidos en el salón. Los Reyes Magos iban a volver aquella noche, puntuales a su
cita anual y Andrés no estaba dispuesto a perdérselo. Lo tenía todo previsto.
Detrás de la puerta, entre el sofá y la lámpara de pie estaba su escondite
secreto, aquel que le había servido tantas veces para ocultarse de su hermana
cuando jugaban al escondite o de su
madre cuando ésta quería hacerle dormir la siesta. Esperó pacientemente a
que sus padres apagaran la luz de su
dormitorio y entonces salió sigilosamente de su habitación y se colocó en aquel
rincón que sería su puesto de vigilancia durante aquella noche. Pasó un largo rato, que a Andrés se le hizo
interminable, hasta que oyó ruidos en la ventana. Entre esos ruidos oía voces, pero tan bajas que no entendía lo que
decían. Llegaba el gran momento y el corazón le empezó a palpitar a gran
velocidad. Aunque al principio no se atrevió a moverse, no
tardó en echarle valor y asomar la cabeza para observar como tres sombras
deambulaban por el salón a gran velocidad. Lo primero que le llamó la atención
es que no vestían con sus largas túnicas ni en sus cabezas llevaban puestas sus
lujosas coronas, sino que iban en chandal y
calzaban zapatillas. Lo que si llevaban
era un saco cada uno, pero le pareció que estaban vacíos. De repente uno miró
hacía el lugar donde se encontraba. No llegó a verlo porque Andrés volvió a
esconderse con rapidez pero muy asustado no volvió a asomarse en un buen rato.
Cuando lo hizo vio como ahora los sacos estaban completamente llenos y en el
salón faltaban la televisión, el dvd, el equipo de
música, aquel jarrón que su madre siempre le recordaba que no debía tocar y otras muchas cosas. ¿Qué estaba
pasando? Andrés comprendió que aquella
no era la visita que esperaba. Justo cuando el miedo se había apoderado
completamente de él una mota de polvo se metió en su nariz y un ruidoso
estornudo se le escapó sin que le diera tiempo a taparse la boca. “Vaya, vaya pero si tenemos compañía”, dijo uno de
los hombres. Los tres se acercaron hasta el rincón donde estaba Andrés que muy
asustado se había acurrucado en la esquina. En ese momento un nuevo ruido
procedente de la ventana distrajo la atención de los tres hombres “¿Y estos
quienes son?”, dijo uno de ellos. Andrés asomo la cabeza lo justo para ver como
otros tres hombres, esta vez con coronas y túnicas, entraban también en el
salón. Quizá sobrepasado por tantas emociones Andrés se desmayó al instante. Le despertó la claridad
del día. Estaba tendido en el suelo, en
su escondite secreto, aturdido, helado de frío y con dolor de cuello. Comenzaba
a recordar lo ocurrido aquella noche. Se asomó con miedo y lo que vio le llenó
de una mezcla de alegría y confusión. Alegría porque el salón estaba lleno de
regalos. Allí estaba el balón, el juego de química y la bicicleta, su soñada
bicicleta de montaña con cambios y hasta con casco y bidón de agua. También
estaban lo regalos de sus hermanas y dos frascos de colonia y dos libros que
supuso que serían para sus padres. Confusión porque el resto del salón estaba
como siempre. La televisión, el dvd, el equipo de
música y todo lo demás estaban en su sitio. |
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