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Ahora
que estaba retirado y con mucho tiempo disponible, decidí viajar a Santa Rosa
de Lima, por la Carretera Panamericana pues quería recordar los tiempos de
antaño. Tenía deseos de comer algo típico en la entrada de la ciudad llamada Cotutepeque o sus alrededores. Después
de manejar la carretera llena de curvas pronunciadas que antes de niño me
parecían interminables, encontré dicho lugar, ahora desértico de toda venta
callejera. Había una orden del rey presidente que prohibía toda venta callejera
para mostrar al visitante nacional o extranjero que la ciudad no necesitaba de
esos pequeños negocios para subsistir. Las
calles estaban limpias. Ahora sin el promontorio de bolsas de plástico que
antes existían por doquier, por el pavor a ser encarcelado en la mega cárcel
del rey. Impresionado por el silencio y la poca población deambulando en dicha
zona, paré mi vehículo aprovechando el poco tráfico, para tomar algunas
fotografías pues la altura y el paisaje era de un verdor llamativo e
impresionante. Podía distinguir con
facilidad los plantíos de toronjas, naranjas, limas, limones, arrayanes, piña, huertas
de guineos de toda clase, etc. Todas eran plantaciones pequeñas ahora en
sociedades llamadas cooperativas. Caminando
de regreso a mi coche, me encontré con un señor campesino que caminaba en
dirección opuesta a la mía. Caminaba sobrio, sin machete, y con sombrero; de
modo que pude saludarle y conversar con él por un momento. Me
confirmaba que era prohibida toda venta de comida callejera, que habían sido
trasladadas a un centro comercial construido por el gobierno en coordinación
con el alcalde y los dueños de las zonas industriales. Era penado además tirar
basura de toda índole por las calles. La
cárcel era ahora una herramienta de temor y de amedrentamiento de moda. Y que
para ello había células de personas por manzana que controlaban e informaban de
cualquier quebrantamiento a la ley. Pude
notar además que no había moscas como antes. Obviamente el restaurante de
carnes “El Mosquero” no existía. La ciudad por orden del califato, había
decretado fumigar la zona cada semana.
No existían abejas de ninguna especie, así como también insectos
endémicos de la zona, afectados por el tóxico dispersado. Pude
notar que todas las casas a la orilla de la carretera estaban pintadas de
blanco, parte de la política del reinado de demostrar un gobierno limpio,
transparente que procuraba e invertía en el bienestar del pueblo subyugado. Pese a todo pude ver que dichas casas estaban
cerradas. No pude ver aquellas casitas de pueblo llenas de flores de mis
recuerdos pueriles. Después de tomar mis últimas fotografías de la zona, me
despedí del campesino que para entonces yacía sentado en una piedra, hurgando
absorto su celular. Comprendí
entonces la razón del poco tráfico. Pude notar que los colores de los autobuses
que recorrían la ruta No. 216 eran ahora blanco y azul, los colores de nuestra
bandera nacional, sin música o ruido estridente, y además nadie viajaba parado
y apiñado. Dejaron de ser coloridos como
los colores alegres del ayer. Ahora eran color de orden. Poca
gente transitaba por dichas calles. Según el campesino, la mayoría de la
población trabajaba en las enormes zonas industriales chinas construidas en
Santa Cruz Michapa y que afortunadamente se les
pagaba mejor a las mujeres que a los hombres. Pude olfatear que no existían
derechos: solo obligaciones. Los dueños de dichas zonas industriales proporcionaban
el transporte gratuito hacia dicha zona de trabajo. Nuestro
campesino de antes era sencillo y humilde.
Daba mucho gusto conversar con él, pues a pesar de su pobreza y poco
nivel de estudios, irradiaba siempre confianza, alegría, pues no pensaba en el
futuro. Su modestia le daba sabiduría y
así sin pretenderlo, gozaba, viviendo en el esplendor del día a día. El
campesino que me encontré hoy es diferente. Es apagado, no piensa en nada, y
existe sin vivir. No quise hacerle más preguntas. Su mirada apagada, triste y cansada lo decía
todo sin pronunciar palabra. Un apretón de manos y una despedida de sombrero
fueron nuestra despedida. Volví a
mi vehículo y antes de seguir la marcha envié un mensaje plagado de fotografías
a mi grupo familiar, para informarles dónde estaba. Mis
deseos de comer comida típica o comprar mis guineos caribes morados, amarillos,
mis guineos manzanos o los llamados de seda se habían esfumado. Al menos seguían siendo orgánicos a la fuerza
pues nuestros campesinos no podían comprar los fertilizantes del agroservicio local.
Bastaba el estiércol de sus bueyes, caballos y sus burros de carga, para
abonar la pequeña huerta familiar. Mis
recuerdos de antaño otra vez, no se hicieron realidad. |
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