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Había
viajado muchas veces a la Ciudad de Antigua Guatemala. Su histórica
arquitectura, ruinas, arte, estampas del diario vivir y el clima de la eterna
primavera, me habían cautivado tanto que decidí rentar la más pequeña villa en
medio de un conglomerado de privado acceso. Con el
paso de los días pude contactar a otras personas jubiladas como yo, que vivían
en dicho fraccionamiento llamado “Villa del Sol”, ubicado en la zona aledaña
del “Vivero Café de La Escalonia”. Ellos también habían rentado por seis meses
huyendo del invernal frío. Yo solamente
vivía allí por cinco meses y medio pues debería de cumplir con la regla de los
180 días impuesta por el gobierno canadiense. El único
precio alto era lo sísmico. La pintoresca ciudad está rodeada de volcanes
(Agua, Fuego y Acatenango), era común e impredecible sentir movimientos
súbitos, leves o abruptos, dependiendo si estábamos caminando o inmóviles. Pese
a todo su verde paisaje, flores y frutas exóticas, servían de pretexto para
omitir peligro alguno. Caminar
por las calles empedradas, buscando las treinta y tres iglesias que un día
fueron construidas en honor a los treinta y tres años de vida de Nuestro señor
Jesucristo, daba sentido a nuestras diarias caminatas para ver las ruinas de
casi todas ellas que fueron derrumbadas por los terremotos. Y terminar por la
tarde a saborear nuestro café vespertino en “El Señor Café”. Los meseros, después de unas Semanas, ya nos
conocían y simplemente nos preguntaban... ¿Lo mismo de siempre? Una
mañana después del desayuno, decidí caminar por el sector donde vivía. Me aparté del sector mientras caminaba y
caminaba entre calles angostas empedradas, rodeada de caobas, palo blanco,
Jacarandas y otros que desconocía. Con abundantes enredaderas de maracuyás en
flor, colgando de aquellos muros, altos, gruesos imponentes. Así me encontré
con abundantes frutos extraños y nuevos para mí, llamativos a primera vista y
tentación para el curioso caminante como yo. Caminaba
y caminaba, ensimismado por la quietud, aroma de las flores, encantador sonidos
de las aves y el viento que mecía las ramas de los árboles y los frutos
mencionados. Traía en el bolsillo un pequeño cortaplumas. Viendo hacia todos lados, una y otra vez,
corté una de las frutas verdes que colgaban. Se parecía mucho a la anona, pero
por dentro era como una mezcla de manzana y pera, de sabor muy dulce y agradable.
Mientras devoraba el fruto prohibido exquisito, seguía caminando por dichas
calles escuchando música suave antigua esta vez escuchaba la melodía “Desde que
te fuiste” de Carmen Delia Dipini. Por fortuna no
escuché nunca algún perro ladrar pues eso marcaría el fin de mi nueva
rutina. Ahora parte de mi diario vivir,
comía y saboreaba el nuevo fruto exquisito y prohibido. Al final
de comer mi robada merienda, me encontré súbitamente en un callejón sin salida,
como si accidentalmente hubiera estado caminando en un laberinto de calles
rodeadas de muros blancos impenetrables, de calles muy limpias,
silenciosas. El pulso de mi corazón se
aceleraba pues estaba desesperado por encontrarme esencialmente desorientado y perdido.
Saqué mi
celular y le marqué a uno de mis vecinos quien por fortuna contestó mi
llamada. Ruborizado, con pena, le envié
una fotografía del mapa, para que ubicara con facilidad en qué lugar me
encontraba. Me senté en la banqueta y me
dispuse a esperar unos minutos, mientras escuchaba la melodía Chan Chan del grupo Buena Vista Social Club. Así sentado, quieto
y sudoroso, me encontraron. Ya en el
vehículo, mi corazón latía diferente, normal, apaciguado. En broma Mercedes la
esposa de Frank, dijo “segura estoy que comiste fruta robada”. Lo dije que así fue,
que así lo hice. Así comprendí que la
fruta que robé aquel día se llamaba “Piérdase uno”, que los nativos en quiché
le llaman “Chutina”, la fruta prohibida. Siguiendo
la tradición del nativo, tomaría cuatro tazas de pericón con boldo juntos, para
purificar mi mente y corazón, y así lo hice.
Más tomé ocho pues cuatro no fueron suficientes. Vaya
lección de muros blancos, gruesos, limpios, y calles apacibles. Una lección
había aprendido, respetar frutos ajenos, no importa si nadie me mira. Cuando
narro mi historia, para algunos un buen chiste, para otros una anécdota. Para
mí lección de vida: respetar frutos ajenos, especialmente los desconocidos. |
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