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Hace muchos años, cuando yo era adolescente, uffff, años luz de la tecnología, los celulares y otros
artificios de la ciencia y la tecnología, circuló este chiste que les voy a
compartir en mi estilo. Dos compinches del pueblo, reconocidos por sus bromas
y pequeños latrocinios, se encontraron detenidos en la cárcel del pueblo, el
mío, el de siempre. Y como eran los únicos huéspedes aprovecharon el
tiempo para intercambiar chismes y rumores de amigos y enemigos. La charla desembocó en anécdotas personales y dijo
uno: hace unos años mi madre, en un paseo por el campo, perdió un ojo por una
rama que se lo sacó, entonces la llevamos donde el especialista que le instaló
un ojo electrónico que le permite ver a kilómetros de distancia y a través
de las paredes. Increíble, respondió el otro, pero lo de mi abuela es,
también, increíble. La viejita utilizando un molino metió la mano derecha y
perdió cuatro dedos; la llevamos al especialista y le puso pezones de vaca. Lo
maravilloso es que cuando queremos leche le ordeñamos los dedos. No me joda compadre, eso si no se lo creo, hay que
verlo. Pues lo verá con el ojo electrónico de su madre. |
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