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Cada vez que algún familiar o amigo ingresa
a un hospital trato de evadir el compromiso de la visita. De la misma manera
las pocas veces que he padecido la situación de estar hospitalizado les pido a
mis allegados que no me visiten y, si lo hacen, sean breves y se limiten a
preguntar y comentar lo indispensable o necesario; hago énfasis en esto por lo
siguiente:
A pesar de estar prohibidas las comidas
fuera del menú del hospital, los visitantes presumen de que
uno está aguantando hambre y le llevan pollo asado, sándwich, gaseosas y otras
comidas y bebidas que, en muchos casos agravan al paciente.
No faltan los imprudentes, por lo general
señoras lengüilargas que sueltan comentarios de esta clase: lo veo muy
desmejorado; una vecina murió de lo mismo que usted tiene; no se deje operar
que mi tío murió en la mesa de operaciones de lo mismo que usted tiene; yo le
aseguro que después de la operación a usted le toca vivir el resto de sus años
en silla de ruedas. Provoca ahorcarlas, pero el pobre enfermo en su lecho, con
tubos por todas partes y mascara de oxígeno no puede protestar.
Otros visitantes olvidan que están en una
clínica donde hay enfermos de muchas dolencias y requieren silencio y respeto,
a estos también provoca exterminarlos y son esos que hacen visita de chismorreo
y comentan todo lo que pasa en el barrio, agregando notas picantes a sus
chismes; que muchacha está embarazada, cual señora tiene amante, las que se
operaron de los senos o las nalgas y todo esto acompañado de expresiones de
fingida sorpresa y carcajadas; hasta que se asoma una enfermera y les pide
silencio.
Algunos familiares, que jamás se acuerdan
de uno, se aparecen compungidos a mirar el estado en que se encuentra el
enfermo; algunos llegan pasados de tragos y les da por abrazos y besos de
condolencia. A mi me pasó que uno de esos personajes
al inclinarse a darme el abrazo perdió el equilibrio y me cayó encima, su codo
se incrustó en la herida y tuvieron que coserme de nuevo en medio del dolor más
atroz y de madrazos contra el maldito borracho que se disculpó y salió para la
tienda más cercana a seguir bebiendo.
No me gustan las visitas de enfermos, no
hacerlas ni que me las hagan, por los motivos ya expuestos y otros que faltan y
mis lectores ya sabrán agregarlos en su mente. Odio esos entrometidos que saben
más que los médicos y decretan muerte prematura o comparan con otros enfermos de los mismo que quedaron inválidos y cosas peores.
Si ustedes, amigos lectores, son de estas
personas que describí, absténganse de visitar hospitales y, si son del grupo
que no gustan de visitantes, digan a las personas que los quieren que no
rieguen el cuento de su hospitalización. Si uno se muere en la operación por lo
menos que no se lleve un mal genio a la tumba. |
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