No pasemos corriendo por el mundo sin amar o sin tener buenos amigos. Hacen la
vida más dulce y apaciguan nuestros corazones, en momentos en que necesitamos
fortaleza. La luz de sus palabras llegan en su mayoría, en el momento exacto.
La palabra amistosa es dulce al oído y es bálsamo al corazón. Es importante ser
humilde al dar consejos y naturalmente ser siempre prudente para no herir ni
con palabras, ni con hechos. Sí, amemos con intensidad a los seres queridos.
Apreciemos como un tesoro la confianza puesta en nosotros. Compartamos todos
los momentos posibles con los seres queridos -teniendo conciencia que es un
momento precioso y que Dios nos permite estar con esta persona, en este preciso
instante y que el tiempo corre y no regresa. A los amigos lejanos decirles y
hacerles sentir, que los llevamos en el corazón siempre. Demos sonrisas,
abrazos a diario, sin contarlos. Demos lo mejor de nosotros, siempre. Y en los
momentos de tristeza, abramos ese baúl de recuerdos llenos de mariposas y
alegrías. Y si no encontramos más que desilusiones, tristezas, penas, pidamos
entonces a Dios, que nos ayude con paciencia a convertirlos en mariposas y que
salgan de nuestro corazón transformadas en perdón y amor.
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