Los recuerdos del porvenir (Elena Garro)
Raquel Creatora


Tenía muchas ganas de leer a Elena Garro de la que conocía poco más que el nombre, y la verdad es que me encanta la literatura mexicana, su lenguaje y sus giros. Este libro es maravilloso, se nota según se empieza la primera frase.

 

El libro está dividido en dos partes: Una primera parte bastante opresiva, donde solamente dan una pequeña bocanada de aire fresco los tres hermanos Moncada, el extranjero Felipe Hurtado y el maravilloso e inolvidable Juan Cariño, un personaje dulce y especial. El resto de personajes tan sólo se entrevén, aunque se adivinan interesantes. El padre y la madre de Nicolás, Isabel y Juan Moncada, sus tíos, su prima Conchita. Todos son personajes que se dejan mirar un poco y que te dejan con ganas de saber más de ellos.

 

Aunque sabemos desde el inicio que el narrador es Ixtepec, el pueblo escenario de la historia, la protagonista absoluta de esta primera parte es Julia. De la que no sabemos absolutamente nada, como el general Rosas, y tan sólo adivinamos su tristeza y su lejanía.

 

Este libro fue publicado cuatro años antes que Cien años de soledad, y aunque su autora nunca quiso que se la encuadrara dentro del realismo mágico, sigue recibiendo esta etiqueta. Tal vez se trate más bien, como en algún sitio leí, de un lirismo mágico. Pero no se trata tan solo de un relato mágico, también es una denuncia brutal del silencio al que se sometía en aquellos tiempos tanto a los indios, los nadies, como a las mujeres. El tema de los indios es más tangencial a la narración, pero en cambio, la denuncia hacia la posición de las mujeres deviene en el tema central: Las mujeres de buena familia que no tienen voz ni voto, por no hablar de las prostitutas o las amantes de los militares, donde da igual que se hayan ido voluntariamente con ellos o que hayan sido secuestradas, como Antonia, otro personaje triste que habita esta novela. La voluntad de las mujeres no se tiene en cuenta ni interesa a nadie, viven en régimen de esclavitud sexual y además, culpan a Julia, la amante del general Rosas, de todos los males que le pasan al pueblo por el despecho que sufre el general. En cambio somos los lectores testigos de que ella no es ninguna mujer aprovechada de su situación, es una víctima más que sufre los malos tratos físicos y psicológicos por parte del general, aparte del encierro al que la somete. El general vive un bucle de pesadilla en el que intenta obligar a Julia a que le entregue un amor que por otro lado desea que se lo entregue libremente, una gran contradicción que atraviesa toda la historia.

 

Después de que la autora rematara con maestría la primera parte, la segunda parte de la historia me ha parecido brillante y arrolladora. Esta parte está llena de escenas memorables: La fiesta, en la que el lector sabe que pasa algo, porque el final de la historia ya lo conocemos al inicio, pero no se sabe qué. Isabel Moncada, la orquesta, los trajes que se van arrugando y estropeando según pasan las horas. Después de este paréntesis de la fiesta, todo se precipita hacia el final. 

 

La verdad es que puedo decir que ésta ha sido una de las mejores lecturas del 2022, y mira que ya casi estamos acabando el año y llevaba muchos y buenos libros a mis espaldas.

 

Os dejo unos párrafos para invitar a esta lectura tan estupenda:

 

La Luchi, cerca de la puerta, miraba con tristeza al sacerdote. ¿Qué vale la vida de una puta?, se dijo con amargura, y de puntillas salió de la habitación y cruzó la casa a oscuras. Las voces se apagaron y se encontró sola, atravesando habitaciones vacías. Siempre supe que me iban a asesinar, y sintió que la lengua se le enfriaba. ¿Y si la muerte fuera saber que nos van a asesinar a oscuras? ¡Luz Alfaro, tu vida no vale nada! Pronunció su nombre en voz alta para ahuyentar un pensamiento que iba tomando cuerpo muy adentro de ella misma. Si moría esa noche, sólo ella sabría el horror de su muerte y el horror de su vida frente al asesino que la acechaba desde el rincón más remoto de su memoria.

 

Así volvimos a los días oscuros. El juego de la muerte se jugaba con minuciosidad: vecinos y militares no hacían sino urdir muertes e intrigas. Yo miraba sus idas y venidas con tristeza. Hubiera querido llevarlos a pasear por mi memoria para que vieran a las generaciones ya muertas: nada quedaba de sus lágrimas y duelos. Extraviados en sí mismos, ignoraban que una vida no basta para descubrir los infinitos sabores de la menta, las luces de una noche o la multitud de calores de que están hechos los colores. Una generación sucede a la otra, y cada una repite los actos de la anterior. Sólo un instante antes de morir descubren que era posible soñar y dibujar el mundo a su manera, para luego despertar y empezar un dibujo diferente. Y descubren también que hubo un tiempo en que pudieron poseer el viaje inmóvil de los árboles y la navegación de las estrellas, y recuerdan el lenguaje cifrado de los animales y las ciudades abiertas en el aire por los pájaros. Durante unos segundos vuelven a las horas que guardan su infancia y el olor de las hierbas, pero ya es tarde y tienen que decir adiós y descubren que en un rincón está su vida esperándoles y sus ojos se abren al paisaje sombrío de sus disputas y sus crímenes y se van asombradas del dibujo que hicieron con sus años. Y vienen otras generaciones a repetir sus mismos gestos y su mismo asombro final. Y así las seguiré viendo a través de los siglos, hasta el día en que no sea ni siquiera un montón de polvo y los hombres que pasen por aquí no tengan ni memoria de que fui Ixtepec.