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Edgar Morin, uno de los pensadores
más influyentes de los siglos XX y XXI, falleció a los 104 años en París. Autor
de más de 40 obras, entre las que destaca: El Método (integrada por 6
volúmenes-1977-2004). Un macro proyecto en el que el sociólogo francés trabajó
durante 3 décadas en el que sienta las bases del pensamiento complejo,
realizando la conexión entre física, biología, cibernética y la sociología. Ahí reflexionaba sobre el estudio
del ser humano: “Cuanto más conocemos al ser humano, menos lo comprendemos. Las
disociaciones entre disciplinas lo fragmentan, los despojan de vida, de carne,
de complejidad y ciertas creencias supuestamente humanas llegan incluso a
vaciar la noción de hombre”. El padre de la Teoría del
Pensamiento Complejo, se oponía a la sociología tradicional y transformó la
filosofía y la sociología moderna. De ahí que el “humanólogo”
fusionaba en su pensamiento elementos de filosofía, psicología, etnografía y
biología entre otras áreas del conocimiento humano. Como recuerdo del intelectual
fallecido, comparto el homenaje de La Organización de la Naciones Unidas para
la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) realizado con motivo de los 100
años del sociólogo y filósofo Edgar Morín (Paris 8/7/1921) liderado por su Directora General Audrey Azoulay y
la Alcaldesa de París Anne Hidalgo. Durante el mismo, el creador del
concepto de pensamiento complejo brindó una conferencia magistral, la que
inició citando al poeta español Antonio Machado, que lo inspiró: “Caminante no
hay camino/ se hace camino al andar”. “No fui por un camino trillado, fui
haciendo el camino por el que fui andando”, con el fin de desarrollar mi
sendero intelectual. “Mi pensamiento no está concluido;
aunque muera mañana, mi pensamiento estará siempre sin acabar”. Morín contó que apenas iniciada la Segunda Guerra Mundial en 1939, se
había inscrito en la carrera de filosofía, que incluía temas de sociología e
historia, además de estudiar derecho y ciencias políticas. “Ya estaba yo en la
transdisciplinariedad, por lo menos en el campo de las ciencias humanas”. “En esos momentos pensaba lo que
Kant: “¿Qué puedo saber, creer y esperar? Para responder esas preguntas hay que
saber qué es el hombre, que es también lo que decía Kant. La historia humana
parece que se estaba volviendo loca en aquel momento. “Sin darme cuenta lo que
quise ser fue humanólogo”. Tengamos presente que en su obra
“Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación” (2014), Edgar Morín
lamenta que la escuela y la universidad estén cada vez más condicionadas por la
tecnoeconomía de políticos, empresarios y mercados. Morín se refirió a la situación
actual de la democracia, el sociólogo considera que existe la posibilidad que
la crisis de la democracia nos esté llevando a países neoautoritarios,
sistemas tan complejos en que ya no hay un solo partido, como en China, sino
todas las posibilidades de vigilar con máquinas, cámaras, drones y teléfonos.
La sociedad de la vigilancia y la sumisión. Eso se puede considerar como neototalitarismo. De ahí que
para describir las condiciones actuales, Morín se refirió a que, para él en
1945 comenzó un periodo: cuando la humanidad creó el arma que es capaz de
destruirla; la bomba atómica; luego recordó la aparición del informe Meadows,
que en 1972 estableció que si no teníamos cuidado, nuestra biósfera se
degradaría, lo cual sería una “lesión contra nuestra propia humanidad”. Recordemos que
para Morín, la historia de Occidente, es la historia del diálogo entre
culturas, a menudo un diálogo violento. Sobre lo cultural debemos tener
presente que Morín considera que el gran problema que surge cuando nos llega
una potente cultura desde el exterior, es saber si se va a asimilar o si vamos
a ser asimilados por ella. El filósofo reflexionó sobre el
“transhumanismo, partiendo de Silicon Valley”, en los años 80 cuando se
refuerza el mito de la vida eterna, que nace a partir de una posibilidad. “Esos
progresos tecnológicos y científicos podrían liberar al ser humano de lo más
fastidioso que tiene que hacer, y podrían permitir que viviéramos dedicados a
la cultura y las relaciones humanas”. Encima tenemos la mundialización.
El momento en que el capitalismo y la economía de mercado se estrellan contra
el muro y se universalizan las tecnologías de la comunicación, pero las
mentalidades no se globalizan nada. Se crea una conciencia de comunidad
frente al peligro nuclear, ecológico o frente al dominio del mercantilismo,
pero, al mismo tiempo hay esa tendencia de ensimismamiento, que veía en mi
adolescencia: esas tendencias nacionalistas obtusas, ese miedo al extranjero,
el desprecio de las “razas inferiores”, más ahora, hay otros chivos
expiatorios. “No tenemos conciencia de las
cosas. Pero sí que acabamos dándonos cuenta de que las interacciones, las
interdependencias técnicas y económicas no han creado una solidaridad humana.
Esto que hemos visto en la pandemia desde el principio: cada país se cerró y
encerró”. De ahí que Edgar Morín afirmó que
con la pandemia se produjo una crisis multidimensional: “Los individuos hemos
sufrido en carne propia; las naciones también. Al mismo tiempo la
mundialización, esa crisis gigantesca que no ha acabado, que crea sin cesar
nuevas incertidumbres”. En otra conferencia realizada con
motivo de sus 101 años, concluía pidiéndole a jóvenes universitarios: “Tener
esperanza no es ser optimista. Porque la esperanza es lo posible, no lo cierto.
Comprométanse, pero sin taparse los ojos, sin fanatismo”, subrayó Morin. Si será necesario que
reflexionemos, en lo personal, en lo familiar, en la academia, en todos los
ámbitos las palabras de este insigne pensador que acaba de fallecer, en su más
de un siglo de vida, la que según palabras del Papa Francisco: “ha sido una
vida al servicio de un mundo mejor”. Dicho por el propio Edgar Morín: “Quise
ser humanólogo”, y vaya que lo logró. ¡Hasta el próximo encuentro…! |
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