La literatura infantil y el juego del tiempo
Raúl Sánchez Acosta


Se entiende que la literatura infantil es toda aquella producción literaria dirigida a niños y jóvenes. Benedetto Croce considera que “calificar como infantil a la literatura dirigida a la infancia, produce el efecto de una limitación, que conlleva la idea de una parcialización o segregación... "

Con esto quiere decir que, para que un libro sea un buen libro para niños, tiene que ser un buen libro, esencialmente, y reunir las condiciones de todas las obras literarias de calidad. Sin embargo, es necesario que una vez reunidas todas esas condiciones generales para ser literatura, se requiere agregar ciertos requisitos específicos que le exige su contenido o el sector a quien va dirigida esa literatura.

En la actualidad se suele hablar de literatura para niños, como una forma de clarificar el tema y de evitar las posibles confusiones que generaría la común denominación, según se le acostumbra a entender como una expresión literaria pueril, poco seria, limitada o producida por niños.

De todas maneras, entendemos la literatura infantil como una expresión artística de calidad literaria dirigida a niños y jóvenes con el objeto de divertirlos, conmoverlos, orientarlos, enseñarles, mostrarles otras formas de pensar y sentir, estimularles la creatividad, animarlos a soñar y vislumbrar otros universos a través del juego maravilloso que permite vivir la alquimia de la palabra.

Hemos sido alimentados de generación en generación con la ilusión del paraíso. Para unos, alcanzable; para otros, imposible. Desde posiciones diversas apreciamos el valor o la naturaleza de la libertad. La literatura, esa gran partera de sueños, jamás se retira del espacio donde crecemos en esa búsqueda. En la mayoría de los casos, inconsciente, y convencidos de que el color del vestido que usa esa niña es el mismo de la felicidad. No hemos podido comprobarlo, ciertamente, pero estamos seguros de que cada nota, cada voz, cada fonema, cada palabra, cada imagen, evocación o símbolo que nos permite vivenciar la lengua, tiene algo de extraño y natural que nos exige pensar en la literatura.

Somos niños, desde antes de nacer, hasta la muerte. Nos impresionamos y asombramos siempre ante lo inesperado, lo fortuito o lo maravilloso, con la misma impetuosidad con que experimentamos esas sensaciones en épocas más crudas.

¿Quién no quisiera ver en su madre o en su padre la imagen de una mujer o un hombre joven, casi inmortal? ¿Quién vacilaría en pensar en la posibilidad casi olímpica de retroceder el tiempo para alisar la piel, atrasar los calendarios o impedir las muertes o sucesos dolorosos?

Cuando niños, el imaginario obra como un ingeniero rediseñando el mundo, alterando paisajes, manipulando la vida y la muerte de acuerdo con el vaivén de los afectos. Cuando adultos, el imaginario, entonces, ante situaciones adversas, reconstruye el tiempo y nos ubica en el plano de la infancia para soñar en el mundo con otras estaciones.

Ese es el juego de la literatura. Un juego que le apuesta al tiempo, a pesar de las edades, a pesar de la experiencia. Y la literatura infantil, como género especial dentro de este universo artístico de la lengua, no es ajena a ese juego en el que, sin quererlo o sin creerlo, compite el adulto con su propia capacidad de imaginar.

El mundo moderno, tildado de caótico, crítico, confuso y muchas veces de loco, realmente es un mundo contrario a lo que nos ha querido mostrar la misma realidad. La lectura de obras literarias para cualquier edad y sentida desde la perspectiva del hábito, permite realizar apreciaciones aparentemente contradictorias. Es posible que la impresión que nos arroja este mundo “enloquecido” opere como una suerte de magia cuya misión es la de obnubilar con sus colores y su ruido a los seres banales, rutinarios, ritualistas de la vida, que caminan al ocaso mirando sólo la punta de sus zapatos.

Es necesario que el lenguaje tome partida en este proceso de selección del pensamiento. Cuando aparece en la historia de la humanidad, la escritura, aparece un instrumento que ampliará los horizontes comunicativos. Pero lo más importante es que con esta otra niña, amable y locuaz, amiga de la libertad, y de la opresión, aparece también el sortilegio de la razón para nutrir con otros colores y aromas el paraíso de la fantasía, adormecido en los tiempos de la preescritura.

La literatura surge entonces como una herramienta del lenguaje para ampliar el horizonte de los sueños de la humanidad. Con ella hemos crecido. La lectura de sus signos y sus símbolos nos ha permitido soñar la aventura del tiempo a través de la historia del pensamiento. La misma que nos ha contado quiénes éramos, quiénes fuimos, dónde estuvimos, qué hicimos. La literatura nos ha dicho verdades, nos ha inventado otras, pero nunca nos engaña.

El tiempo nunca es enemigo, sólo que a veces se disfraza para dejarse contar. El hombre lo ha recogido y organizado en el libro de la historia. Un libro por donde camina la literatura, amablemente como Pedro por su casa; pues, siente que la historia es el claustro de amplios corredores, hermosas alcobas y espléndidas salas donde vio desfilar el universo construido por el hombre con sus hechos.

Se nos ha mostrado la literatura así: cariñosa y feliz, y curiosamente adulta. La hemos visto en sus comienzos como una joven que crece; la ubicamos en la historia con nombres sonorísimos, elevados, corriendo con los siglos con mensajes para todos, sin distinción de clases ni de credos ni de ideologías ni de posiciones sociales, etc. Pero tuvimos que esperar el siglo XIX para que la literatura mirara hacia los niños. Con los hermanos Grimm, Hoffman y Andersen, la niña adulta se nos volvió infantil, se nos hizo amiga de niños y jóvenes, porque empezó a mirarlos con respeto, con admiración y con cariño.

El tiempo ha seguido su marcha y, con él, la literatura infantil ha ido adquiriendo labradores que aran sus tierras con la esperanza de que la cultura que se construye alrededor del libro, no olvide a los niños y niñas, a los jóvenes. A ellos ha de llegar el legado de la humanidad que ha transitado todos los caminos de la historia, desde las primeras manifestaciones del cuento, hasta las más elevadas expresiones rítmicas de la poesía, pasando por la novela y otras formas en que la literatura cuenta el mundo a su manera...

No podríamos decir, como reza la frase de cajón, ya disonante, que los niños son la esperanza y el futuro, porque caeríamos en cacofonías e imprecisiones. Pues el niño no puede ser futuro. Es, y es suficiente con que entendamos su presencia en el ahora. La literatura infantil es para el niño, la niña y el joven del presente de esa literatura. No hay anacronismo.

Por otro lado, la esperanza somos todos con el medio y las circunstancias. La literatura infantil es, porque el tiempo, la historia y el hombre necesitan asumir la esperanza en el ahora.

Soñar es un verbo que se conjuga en el presente para apreciar mejor el horizonte de la literatura. La literatura, a su vez, no es otra cosa que un universo donde los sueños imaginan la vida. El hombre se hace Dios al soñar. La literatura diviniza a quien la asume, ya sea como lector o como escritor. Necesitamos que niños, niñas y jóvenes empiecen a seguir el curso de la divinidad. Es imperioso que propiciemos espacios para estimular los sueños, para cultivar el imaginario infantil y enriquecer el universo léxico, desde la práctica y la teoría de la razón para el perfeccionamiento del lenguaje, para elevar los niveles de comunicabilidad entre los seres humanos.

La producción artística expresada en las letras para niños es esa ventana que permite rescatar el lenguaje de los sueños, para adentrarnos al mundo de la realidad por los caminos de la fantasía. Hagamos de la literatura infantil un espacio común para reconstruir la sociedad, desde la perspectiva de la lectura crítica y consciente, y desde la escritura ubicada, seria y responsable. Debemos ser testigos responsables de nuestro tiempo. Si queremos transformar la naturaleza de los problemas sociales de nuestra era, empecemos a realizar una lectura crítica y aterrizada de los signos de la historia que estamos construyendo.

El lenguaje es un instrumento de poder. La literatura infantil es un espacio privilegiado, con el poder para nutrir de esperanzas a niños, niñas y jóvenes. Que ese imaginario que los mueve a jugar sea el mismo que promoverá en sus sueños la marcha por el camino de la libertad.

Somos esclavos de las sombras de la ignorancia, no porque no seamos capaces de soñar, sino porque no hemos aprendido a jugar con el tiempo de nuestro lado. A eso nos enseña la literatura infantil: a reconocer que “la vida es un sueño”, como decía Pedro Calderón de la Barca, y que la fantasía que nos proporciona la literatura a través de la imagen, es la esencia que alimenta nuestro imaginario.

La buena literatura infantil es espacio para soñar la realidad en todas las instancias que nos brinda el tiempo. Desde Las mil y una noches, Calila y Dimna, los clásicos de la literatura griega y latina, los cuentos del Decamerón, las letras de la Edad Media , la obra de los hermanos Grimm, Perrault, Andersen, Hoffmann, Pombo, y la nueva literatura infantil dirigida al presente del lector joven, ha tenido una constante universal: La palabra como punto de apoyo en la determinación del universo.

La palabra juega, la palabra canta, la palabra camina, la palabra edifica, la palabra nos hace soñar que somos dioses y que somos capaces de reconstruir el mundo y solucionar sus conflictos a través de la magia universal de la literatura.

No hemos sido capaces aún de desentrañar la magia, el sonido de cristal que subyace detrás de los textos. Se requiere que aprendamos, nosotros los adultos, a descubrir el universo que vislumbra el niño en medio de sus juegos, juegos que necesariamente, por esa naturaleza mutante del tiempo y las experiencias que nos brinda, no fueron los mismos, o por lo menos no fueron sentidos igual.

La literatura es esa experiencia especial donde las palabras, las evocaciones, la poesía y la magia real del relato, nos transporta a otro plano vivencial en el que el lenguaje posibilita el encuentro fabuloso entre la tangibilidad del mundo real, con la fantasía cósmica del poema que corre arrastrado por el torrente líquido de las verdades que fragua el imaginario del autor de los libros para niños.

El mundo está despertando de un adormilamiento con sueños demasiados sencillos. La realidad cultural obliga a repensar en la fantasía para darle sentido a la vida, una vida truculenta, bulliciosa, salpicada de dificultades y conflictos sociales.

Se nos habla de un tejido roto, un tejido social agujereado. La literatura nos puede hacer pensar en una tela que es posible destejer con palabras, para elaborar una urdimbre más sólida con el poema compacto de las ilusiones de los niños, los anhelos de las mujeres y la esperanza de los abuelos, agentes constructores de tiempo. Es cierto que la literatura infantil puede ser en últimas un simple divertimento. Pero que tal si salvamos su lenguaje, si aprendemos a indagar en la urdimbre del relato infantil sobre las dosis de diálogo que sazonan sus historias dándole sentido y pertinencia al juego del suspenso que gravita en esas aventuras donde volvemos, los adultos, otra vez a jugar a ser lo que antes fuimos: Agentes soñadores, fabuladores de mundos, donde todo es posible, donde la libertad huele a río y la felicidad sí tiene el mismo vestido de la niña que inspira todos los sueños.

Asumamos entonces la literatura infantil como lo que es, un juego muy serio que pretende enseñamos a vivir la realidad con un lenguaje que posibilita encontramos con la fantasía, fungiendo de partera en un mundo que necesita permanentemente el nacimiento de verdades.

Sólo el que sueña vive. La literatura infantil es el vehículo que nos puede conducir al país maravilloso que soñamos.