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“La civilización de un pueblo adquiere su carácter,
no de las manifestaciones de su prosperidad o de
su grandeza material, sino de las superiores
maneras de pensar y de sentir que dentro de ella son
posibles”.
José Enrique Rodó José Enrique Rodó, autodidacta por excelencia, su madurez
intelectual es casi simultánea con su aparición en el mundo de las letras.
Crítico por 1894, es también poeta accidental y periodista, para lograr la
cúspide como ensayista con “Ariel” en el 1900. Rodó vivió su doble calidad de pensador y hombre. Su obra no
es una trama ficticia, sino la verdad de Rodó frente a la vida, frente a la
razón de la existencia humana, cuyo sentido trata de desentrañar, indicando,
por fin, a través de Ariel un sendero a seguir, por el cual fue el primero en
transitar predicando con su ejemplo. En la producción literaria de Rodó podemos destacar varios
aspectos. Fundamental su concepción vital, su concepción de existencia. La
obtiene oponiendo el idealismo al utilitarismo. Rodó siempre estuvo alienado en
el idealismo, de allí hizo un firme llamado al mantenimiento de la integridad
del ser humano. Lucha por el triunfo del espíritu, de la razón, del sentimiento
de lo estético, lo bello, del equilibrio sobre el instinto, la materia, el
sensualismo y la torpeza. Enfrenta sí, a dos imágenes personificadas en Ariel, a quien
invoca como su númen y Calibán, a quien representa el
objeto de sus más severas críticas. Los caminos dibujados por Rodó son
imborrables, pues, tienen su base en lo más profundo de nuestro yo. Para el escritor uruguayo, el ideal de moralidad humana
resultaría de la conjugación de los principios de la caridad cristiana dentro
de los moldes de la cultura griega de la cual se declaraba un gran admirador.
En su opinión el Cristianismo es un cuadro de juventud del alma, de gracia y de
candor y Grecia es la encumbrada realizadora porque tuvo la juventud, la
alegría y el entusiasmo. Y de esa manera surgió el arte, la investigación, la
filosofía, la conciencia de la dignidad humana. Lo imperecedero de Atenas es
que fundó, según Rodó, su concepción de la vida en el concierto de todas las
facultades humanas. Es que el escritor aspiraba a que los individuos
desarrollaran la totalidad de su ser y no un solo aspecto del mismo. Cada uno
debe ser un ejemplar no mutilado de la humanidad en el que ninguna noble
facultad del espíritu quede descartada. Al hacer una evaluación de todos lo elementos superiores de
la existencia racional considera el sentimiento de lo bello, la visión clara de
la hermosura de las cosas, el que más fácilmente marchita la aridez de la vida.
La criatura humana será plenamente buena cuando sepa al manifestar su virtud
respetar el sentimiento de lo hermoso, aliado del sentido común y del moral,
así como de la dignidad de las costumbres. Otro elemento clave en su obra es la concepción de
Democracia, la cual admite como un hecho ineludible, soporte junto a la ciencia
de la civilización, esta se basará en dos principios: igualdad, en cuanto a que
todos tengan las mismas posibilidades para alcanzar similares metas y selección
en cuanto a que dicha igualdad no vaya en perjuicio de la distinción que
merecen aquellos que, por sus talentos y virtudes, sus relevantes condiciones
morales e intelectuales deben ocupar un lugar preponderante dentro del ámbito
social. La democracia tendría que consagrar la jerarquía emanando de la
libertad. Su valor dependerá de las superiores maneras de pensar y de sentir
que dentro de ella son posibles y no de su exclusiva prosperidad o grandeza
material. Por otro lado Rodó es un escritor que se define, es decir no
adopta posiciones intermedias. Entre el idealismo y el utilitarismo se vuelca
abiertamente por el primero, sin buscar un compendio de cualidades
eventualmente positivas de ambas concepciones vitales. No reconoce la más
mínima consideración al materialismo, luchando sólo por la conducta
desinteresada, la espiritualidad de la civilización y la convocatoria a una
existencia superior. También es destacable en el escritor su profunda fe, su
constante conjugación del verbo “creer”. Sí, por sobre todas las cosas José
Enrique Rodó, cree, y cree en el hombre, en la civilización, en la humanidad,
en el esfuerzo propio para alcanzar las más nobles posiciones. Según él, debe
premiarse a los que logren por su exclusiva acción, por sus méritos, el
reconocimiento general, el distingo personal. Pero Rodó, cree decíamos, pero cree en la juventud de
nuestra América. Emite su pensamiento esencial a través de un mensaje a esa
juventud, porque la misma es el terreno fértil, donde la palabra noble y el
consejo generoso, pueden rendir frutos maravillosos. Y como confía en América,
sueña con una América hospitalaria, pensadora, sin menoscabo de su actitud para
la acción por lo tanto a su juventud invoca. Y hablar a la juventud para Rodó, no es más que una metáfora
para hablar a la humanidad toda, pues ésta no es más que el producto de la
renovación de sus propias juventudes, las que deben ser conscientes de la
fuerza bendita de la cual son portadoras. Para Rodó el honor de cada generación debe lograrse en la
conquista por su exclusiva acción, de aquellos ideales y fines vitales que,
previamente, la misma se haya fijado, desarrollando la plenitud de la condición
humana. Pero sin lugar a dudas, lo más destacable es su americanismo
que lo mantiene siempre vigente. Rodó sueña y cree en una América joven,
entusiasta y activa. Indudablemente su inspiración en parte ha sido el
pensamiento de otro gran americanista oriental, me refiero a José Gervasio
Artigas. Pocos como él poseyeron el instinto depositado en América
cuando esta era más mito que verdad, más hipótesis que realidad; fue un gestor
de América, de aquella que con la fuerza de su juventud constituyó la
renovación de la civilización en muchos ideales y aspiraciones. Fue Artigas portador de cooperación, unión, fraternidad, solidaridad,
hermandad y como se diría en el lenguaje de la época: los más caros anhelos,
tratando de materializar el ansia general de emancipación preexistente en
América, con lirismo de poeta y premonición de profeta. En Ariel, José Enrique Rodó expone lo que para nuestra
América significa la derrota española en la guerra relámpago con Estados Unidos
en 1898. Rodó habla de la “nordomanía” como el inútil
afán por hacer de nuestra América otro Estados Unidos, porque tratando de serlo
no acepta la superioridad del coloso y, con ello, el nuevo coloniaje. El Ariel de Rodó será el gran llamado de alerta ante el gran
equívoco; un llamado a la realidad al que medio siglo antes había apuntado Juan
Bautista Alberdi. Ser hombre no es ser yanqui, francés o inglés. Ser hombre es ser, simplemente, lo que se es,
latinoamericano, como el yanqui es yanqui, el francés, francés y el inglés,
inglés. De ahí que los filósofos latinoamericanos como lo señalaba Rodó,
posteriormente se lanzarán a la búsqueda de lo propio, lo original de los
pueblos latinoamericanos. El escritor y filólogo Pedro Henríquez Ureña en una
conferencia que impartiera en el Ateneo de la Juventud de México titulada la
obra de José Enrique Rodó y publicada en el volumen Conferencias, México 1910
no vaciló en calificar a Rodó como “el primero, quizá que entre nosotros
influye con solo la palabra escrita”. La vigencia de Rodó para América es impresionante, en él
encuentran un beneplácito a su conducta no sólo las personas, los entes
individuales, sino también las naciones, los núcleos colectivos que buscan el
desarrollo o la recuperación por rumbos correctos. Solo la acción inspirada en
edificantes objetivos, de las generaciones actuales y de las venideras, podrá
reportar beneficios para las comunidades que la integran. El principio que aureola la obra de José Enrique Rodó de que
a cada persona, a cada generación, a cada colectividad, corresponde otorgarles
la recompensa que por su estímulo sean acreedores, lo hace resalta más que nada
como un verdadero paladín de la justicia. Para él sólo serán objeto de
distinción los que a través de senderos rectos y limpios alcancen metas
similares. Son normas axiomáticas, muchas veces repetidas, hoy a veces
“ninguneadas” o descartadas. Rodó impide su olvido. Su pensamiento
increíblemente precoz tiene permanente vigencia, diría: perenne actualidad, con su mensaje el
escritor uruguayo se constituyó en una de las glorias máximas del pensamiento
americano. e-mail: danielgorosito@prodigy.net.mx |
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