|
|
|
Han pasado 7
décadas desde que en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, apareció El
Extranjero de Albert Camus; la historia de Meursault
es en realidad una metáfora en la que el escritor dibuja un semblante del mundo
contemporáneo. En El
Extranjero fluyen manantiales de las filosofías existencialista y del absurdo,
también de Friedrich Nietzsche. Un chaparrón de interrogantes de estas corrientes
literarias sobre el sentido de la vida, la condición humana, el libre albedrio,
la existencia o no de Dios, la irracionalidad. Inquietantes dudas existenciales
en atmósferas donde reina lo sombrío y el pesimismo. Lectura de
la dictadura opresiva de los convencionalismos sociales y su aplastante peso
sobre el ser humano. Reflexiones en voz de Meursault,
quien es un hombre extraño que siente y actúa de manera distinta a los demás, a
los “normales”, siempre acompañado de una fiel indiferencia. Un día, poseído
por el azar, Meursault comete un crimen, debido a una
cadena de hechos absurdos. Pero, lo más irracional es que la “justicia” lo
juzga y condena no por el asesinato, sino por ser diferente a la masa, no ser
políticamente correcto y no jugar el juego que en mayor o menor medida todos
jugamos, simulaciones, apariencias, domesticación, sometimiento y hasta
inclusive mentiras, algunas piadosas pero mentiras al fin. El principio
del fin es la noticia de la muerte de su madre, en un asilo de ancianos en Marengo,
Argel. “Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del
asilo: “Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame”. Nada quiere decir.
Tal vez fue ayer…” Sin
expresividad, Meursault recibe el mensaje. Es un
hombre hundido en la cotidianeidad que carcome la vida. Cuando llega al asilo,
su indiferencia impresiona a todos. Evita ver el cadáver de su madre, no
derrama una lágrima, no expresa sentimientos, parece que no le importa el
fallecimiento de su progenitora. Las miradas
inquisidoras de la comunidad lo critican, la gente cuestiona que ni siquiera
sabe la edad de su mamá y hasta fue capaz de tomarse un café con leche y fumar
un cigarro durante el velorio. La calificación social lo reprueba, lo etiqueta
de insensible. De regreso
en Marengo, inicia su relación amorosa con Marie. Van al cine a disfrutar una
divertida película de Fernandel. Pasan los días
atrapados entre la rutina y la indiferencia. Por ayudar a su amigo Raymond, se
va metiendo en enredos tontos. La presencia del azar encadena absurdos que van
tejiendo una red que atrapa al protagonista. Soplan vientos de tragedia y las
circunstancias arrastran a Meursault, al homicidio. Estremece la
prosa de Albert Camus, en voz del protagonista: “Fue entonces cuando todo
vaciló. Del mar llegó un soplo espeso y ardiente. Me pareció que el cielo se
abría en toda su extensión para vomitar fuego. Todo mi ser se tensó y mi mano
se crispó sobre el revolver. El gatillo cedió, toqué el pulido vientre de la
culata y fue así, con un ruido ensordecedor y seco, como todo empezó”. “Comprendí
que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa
donde había sido feliz. Entonces disparé cuatro veces sobre un cuerpo inerte en
el que se hundían las balas. Fueron cuatro golpes breves con los que llamaba a
la puerta de la desgracia”. Meursault va a prisión y a un
juicio absurdo que impide atenuantes. No lo juzgan por el homicidio, sino por
su actitud ante la muerte de su madre, por no seguir la etiqueta funeraria. Cuando aceptó
que había fumado, dormido y tomado café con leche en el velorio, casi firmó su
sentencia a la guillotina: “sentí que algo indignaba a toda la sala y, por vez
primera, comprendí que era culpable”. ¿De la muerte del árabe? ¿Por rechazar
convencionalismos sociales? El
implacable fiscal lo condenó: “¡Sí, acuso a ese hombre de haber enterrado a una
madre con un corazón de criminal!”. La indiferencia de Meursault
escandalizó a la sociedad. En el tribunal no despertó la piedad; si reinó el
absurdo y la ceguera mental que permitió hasta el cinismo de los medios de
comunicación. Inhumano, un
periodista sonriendo, sin pizca de rubor, le confesó: “Sabe usted, hemos
exagerado un poco su asunto. El verano es la estación vacía para los
periódicos. Y sólo su historia vale algo”. Unos cuantos, Marie, Raymond y
otros, eran sensibles al destino del amigo. Agonizó el
tiempo taciturno. En el amanecer entristecido las puntuales sirenas anunciaron
la fatalidad. Apremiaban. Fue entonces que en la hora del miedo, en los minutos
de la duda, llegó una madura certidumbre de transparente claridad. Ávido de
vida, Meursault, sólo en la Tierra, se desnudó de su
pertinaz indiferencia y se vistió de agradecida aceptación y liberación: Cuando
desperté con las estrellas sobre mi rostro, la paz maravillosa del verano
dormido entraba en mí como una marea… Ante esta noche cargada de signos y de
estrellas me abría por vez primera a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan
fraterno al cabo, sentí que había sido feliz y que lo era todavía. Para que
todo sea consumado, para que me sienta menos solo, no me queda más que desear
en el día de mi ejecución la presencia de muchos espectadores que me acojan con
gritos de odio. |
|
|
|