Según el
diccionario de la Real Academia Española de la Lengua; trivial significa,
vulgarizado, común y sabido de todos, que no sobresale de lo ordinario y común
que carece de toda importancia y novedad.
En su último
libro titulado “La civilización del espectáculo”, el primero posterior a la
recepción del premio Nobel de Literatura en el 2010, el escritor Mario Vargas
Llosa, expresa y documenta su preocupación sobre la razón de ser de la cultura de nuestro
tiempo.
La idea
central del arequipeño es: el hombre es un ser que vive en la interrogación
constante; se cuestiona acerca de sus preocupaciones, individuales o grupales,
todos las tienen, como tal trata de obtener respuestas. Lo triste es que las
respuestas se han desplazado de un plano crítico a uno banal.
Es decir, se
pasó del pensamiento crítico que se obtiene con la cultura, que de acuerdo al
autor se consigue con la buena lectura, a la frivolidad de la imagen. Razón por
la cual lleva como título: “La civilización del espectáculo”, en él está el
reconocimiento que a pesar del desarrollo cultural y tecnológico que ha llevado
a la humanidad a vivir “más civilizadamente”, en mejores condiciones, la
batalla contra la insípida narrativa de la diversión como centro de la vida no
se ha perdido, pero de alguna manera se ha asumido indefensamente, como si de
un enemigo sin rival se tratase.
Es claro que
la imagen tiene valor intelectual, una película, una serie de televisión, le
pueden parecer “divertidas” al autor, pero no llegarán a la categoría de buenas
si “la imagen no precede a una lectura crítica de la realidad”.
Se supone
que una película no es buena por la calidad de su imagen, esa sobrevalorada
capacidad de “hipnotizar” a sus receptores, sino por la narrativa que encierra,
esa creación intelectual que le imparte a quien la ve.
Vargas Llosa
sostiene que los guionistas y directores de cine y televisión, reflexionen ya
que tanta trama policíaca y tanto drama pasional, tanta pompa de la emoción
detectivesca y amorosa, nos ha dejado vacíos, nos ha convertido en seres
maleables y cursis, que se dejan embelesar por cualquier tontería.
El escritor
peruano considera que nunca la cultura fue tan democrática, “tan posible para
todos los que tenemos televisor”. Pero, el problema está en la errónea
interpretación del concepto mismo. Vargas Llosa se alinea con la definición de
T.S. Eliot cuya definición de cultura estaba muy lejos del sinónimo de
erudición: “Una especie de puerta abierta que se tiene hacia los conocimientos”,
bajo esta perspectiva la cultura vendría a ser anterior al concepto.
“El
especialista, el científico, pueden tener grandes conocimientos, pero, no por
ello, es necesariamente culto. El cultivo de las formas, la capacidad de
jerarquizar los conceptos adquiridos, el orden y la prelación de los
conocimientos son elementos que constituyen las tres
estancias del individuo encargadas de crear tensiones en la sociedad: el plano
intelectual, el ético y el moral; no existiría cultura sin este orden previo”,
considera Vargas Llosa.
El Nobel
comparte la línea discursiva con sociólogos como Zigmunt
Bauman, que presenta a la posmodernidad dominada por
las “sociedades líquidas”, como carentes de identidad, constituidas por seres a
la deriva que se satisfacen con el espectáculo trivial.
El problema,
de fondo, viene a ser el mal entendimiento de la cultura como entretenimiento y
diversión. ¿Tiene que ser aburrida la cultura? Obvio que la respuesta es no. La
cuestión es justo lo implícito en la pregunta. Las categorías de diversión y
aburrimiento se han banalizado.
El esfuerzo
intelectual se mal entiende como sosería, una cosa para aburridos. Eso es lo
que muestra el autor, su “malestar con la incultura”, quien sostiene que: “El
placer de la vida intelectual se ha trivializado”.
Lic.
Washington Daniel Gorosito Pérez
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