|
|
|
Es hermoso recordar las palabras del poeta mexicano Jos�
Emilio Pacheco, sobre el escritor Carlos Monsiv�is, el �nico escritor �que la
gente reconoce en la calle�, sin dudas se refer�a a las calles de la antigua
Tenochtitl�n, su M�xico DF a la que amaba y describ�a tanto. A mediados del siglo XX Jean Paul Sartre escribi� ensayos
sobre las ciudades norteamericanas, sobre la poes�a negra escrita en lengua
francesa, sobre los m�viles de Alexander Calder. El
principal valor de esos textos consiste en que se propon�an leer cosas que no
hab�an sido suficientemente le�das por el saber occidental, y proponer
criterios de valoraci�n. Yo dir�a que es m�s f�cil escribir sobre Shakespeare o sobre
la Divina Comedia que escribir sobre las tribus urbanas, sobre la Internet,
sobre el papel de las telenovelas en el orden mental de las sociedades
latinoamericanas. Y la raz�n es sencilla, sobre Shakespeare y Dante se ha
escrito tanto, est� ya tan establecida una valoraci�n fundamental de sus obras
que el analista no se ver� en la necesidad de definir la importancia del objeto
que se propone analizar, ni establecer los criterios de esa valoraci�n. Pero nada es tan dif�cil como leer lo no escrito, como mirar
por primera vez lo no mirado, y ese es el sentido de la obra de Carlos Monsiv�is.
Su trabajo disperso en muchos libros y centenares de cr�nicas, art�culos y
entrevistas es un asedio a la realidad de las sociedades contempor�neas. Hecho �ste con una
notable libertad de aproximaci�n, con los recursos de la lucidez y de la iron�a
y con una compleja y m�ltiple informaci�n, y tal vez s�lo un habitante de la
Ciudad de M�xico pod�a haberla concebido y ejecutado. Porque M�xico, era ya la ciudad m�s grande del mundo hace
cinco siglos, sigue si�ndolo hoy, y estos cinco siglos la han cargado de una
complejidad extraordinaria. Las grandes urbes latinoamericanas, M�xico DF, San
Pablo, Buenos Aires y Santiago de Chile, son abrumadoras encrucijadas
culturales. En ellas su verdad no est� trazada s�lo en los alfabetos de
la tradici�n, sino en la jungla de signos que tiene que ser observada y
descifrada con instrumentos de todas las procedencias. Baudelaire dijo que
�la naturaleza es un templo cuyos pilares vivientes dejan salir a veces
palabras confusas� y que �por all� pasa el hombre atravesando florestas de
s�mbolos que lo observan con una mirada familiar� Cosas mucho m�s complejas habr�a que decir de las culturas
que han brotado de esa naturaleza, y a veces contra ella, de estas sociedades
donde se mezclan sin cesar las culturas y los signos. Ciertos fil�sofos afirmaban que s�lo vemos lo visto, que
s�lo somos capaces de percibir lo percibido. Ese dictamen plat�nico nos har�a
incapaces de acceder a lo nuevo, de entrar en el torrente circulatorio de las
ciudades de Her�clito, en el v�rtigo de relojes divergentes que marcan el rumbo
de la modernidad. Carlos Monsiv�is, paseante sensible y l�cido de la cosm�polis
latinoamericana, nos ense�� entre muchas otras cosas que el lector de signos de
la modernidad tiene que ser necesariamente un creador. Entre selvas de cosas indescifrables avanza el paseante de
la ciudad contempor�nea, que, m�s que un lector de alfabetos convencionales,
tiene que ser un lector de los signos y saber decodificarlos como lo hizo en su
momento Carlos Monsiv�is sobre todo en su amada Ciudad de M�xico, que lo
extra�a desde el 19 de junio del 2013 que lo vio partir para siempre al igual
que este gran pa�s que hoy m�s que nunca necesita mentes l�cidas. Lic. Washington Daniel Gorosito P�rez |
|
|
|