La muerte de
Gabriel García Márquez en su hogar de México DF, ha tenido como consecuencia
directa la escritura de miles de artículos, reseñas, poesías, canciones y más
sobre el periodista y escritor colombiano. Quiero compartir un artículo del
“analista”, así se autodenomina en el mismo, publicado el 9 de diciembre del
año 1980 en El País de Madrid, unos días después de celebrado el Plebiscito
Constitucional en la República Oriental del Uruguay.
En dicho
acto electoral en la que las papeletas tenían la leyenda Voto por No o por SI
el Proyecto de Reforma Constitucional- PLEBISCITO, la dictadura cívico- militar
que ostentaba el poder, trataba de
establecer mecanismos legales para extender su sistema de control en el tiempo.
El triunfo fue para el No con casi el 60% de los votos y sería el comienzo del
fin de la dictadura militar. Días después, Gabo, el
hombre que alguna vez dijera: “el periodismo, el mejor oficio del mundo” daba
a luz el siguiente escrito:
“EL CUENTO
DE LOS GENERALES QUE SE CREYERON SU PROPIO
CUENTO”
Cuando el
general Charles de Gaulle perdió su último plebiscito en 1969, un caricaturista
español lo dibujó frente a un general Francisco Franco minúsculo y ladino que
le decía, con un tono de abuelo. “Eso te pasa por preguntón”.
Al día
siguiente, el que fuera el hombre providencial de Francia estaba asando
castañas en su retiro de Colombey- les- deux- Eglises, donde poco después
habría de morirse de repente y solo mientras esperaba las noticias frente a la
televisión.
El
periodista Claude Mouriac, que estuvo muy cerca de
él, describió las últimas horas de su vida y su poder en un libro magistral,
cuya revelación más sorprendente es que el viejo general estaba seguro de
perder la consulta popular.
En efecto,
desde la semana anterior habría hecho sacar sus papeles personales de la
residencia presidencial y los había mandado en varias cajas a unas oficinas que
tenía alquiladas de antemano.
Más aún: algunos de sus allegados piensan ahora
que De Gaulle había convocado aquél plebiscito innecesario sólo para darles a
los franceses la oportunidad que querían de decirle que ya no más, general, que
el tiempo de los gobernados es más lento e insidioso que el del poder, y que
era venido el tiempo de irse, general, muchas gracias.
Su vecino,
el general Francisco Franco, no tuvo la dignidad de preguntarles lo mismo a los
españoles, y poco antes de su mala muerte convocó a los periodistas que su
propio régimen mantuvo amordazados durante cuarenta años y también a los que su
propio régimen pagaba para que lo adularan, y los sorprendió con una
declaración fantástica: “No puedo quejarme de la forma en que siempre me ha
tratado la Prensa”.
Por
preguntones acaba de ocurrirles lo mismo que a De Gaulle a los militares
turbios y sin gloria que gobiernan con mano de hierro a Uruguay. Pero lo que más intriga de ese descalabro
imprevisto es por qué tenían que preguntar nada en un momento en que parecían
dueños de todo su poder, con la prensa comprada, los partidos políticos
prohibidos, la actividad universitaria y sindical suprimida y con media
oposición en la cárcel o asesinada por ellos mismos, y nada menos que la quinta
parte de la población nacional dispersa por medio mundo.
Los
analistas, acostumbramos a echarle la culpa de todo al imperialismo, no sólo de
los malo sino también de lo bueno, piensan que los gorilas uruguayos tuvieron
que ceder a la presión de los organismos internacionales de crédito para mejorar
la imagen de su régimen. Otros, aún más retóricos, dicen
que es la resistencia popular silenciosa, que, tarde o temprano, terminará por
socavar la tiranía. No hay menos de veinte especulaciones distintas. Pero hay
una que corre el riesgo de parecer simplista, y los gorilas uruguayos al
contrario del general De Gaulle terminaron por creerse su propio cuento.
Es la trampa
del poder absoluto. Absortos en su propio perfume, los gorilas uruguayos
debieron pensar que la parálisis del terror era la paz, que las editoriales de
la prensa vendida eran la voz del pueblo, y por consiguiente, la voz de Dios,
que las declaraciones públicas que ellos mismos hacían era la verdad revelada,
y que todo eso, reunido y amarrado con un lazo de seda, era de veras la
democracia.
Lo único que
les faltaba entonces, por supuesto, era la consagración popular, y para
conseguirla se metieron como mansos conejos en la trampa diabólica del sistema
electoral uruguayo. Es una máquina infernal tan complicada que los propios
uruguayos no acaban de entenderla muy bien, y es tan rigurosa y fatal que, una
vez puesta en marcha, como ocurrió el domingo pasado, no hay manera de
detenerla ni de cambiar su rumbo.
Sin embargo,
lo más importante de esta pifia militar no es que el pueblo haya dicho que no,
sino la claridad con que ha revelado la peculiaridad incomparable de la
situación uruguaya. En realidad, la represión de la dictadura ha sido feroz, y
no ha habido una ley humana ni divina que los militares no violaran ni un abuso
que no cometieran. Pero en cambio se encuentran dando vueltas en el círculo
vicioso de su propia preocupación legalista.
Es decir: ni
ellos mismos han podido escapar de una manera de ser del país y de un modo de
ser de los uruguayos, que tal vez no se parezcan a las de ningún otro país de
América Latina. Aunque sea por un detalle sobrenatural: Uruguay es el único
donde los presos tienen que pagar la comida que se comen y el uniforme que se
ponen, y hasta el alquiler de la celda.
En realidad,
cuando irrumpieron contra el poder civil, en 1973, los gorilas uruguayos no
dieron un golpe simple como Pinochet o Videla, sino que se enredaron en el
formalismo bobo de dejar un presidente de fachada. En 1976, cuando a éste se le
acabó el periodo formal, buscaron otra fórmula retorcida para que el poder
armado pareciera legal durante otros cinco años.
Ahora
trataban de buscar una nueva legalidad ficticia con este plebiscito
providencial que les salió por la culata. Es como si la costumbre de la
democracia representativa, que es casi un modo de ser natural de la nación
uruguaya se les hubiera convertido en un fantasma que no les permite hacer con
las bayonetas otra cosa que sentarse en ellas.
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