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El filósofo
y sociólogo alemán Jürgen Habermas
considerado uno de los pensadores más importantes del mundo, un defensor
permanente de la cultura democrática y un enorme contribuyente al debate
político y social en su país fue galardonado con el Premio Heine
que otorga la ciudad de Düsseldorf. El reconocimiento
le fue otorgado por su “Lucha sin descanso por una Alemania democrática y por
hacer un relevante aporte al debate sociopolítico en Europa y el mundo”. En su
discurso de recepción del galardón exhortó al Parlamento europeo, a que haga
frente a lo que llamó “necios prejuicios nacionales” a los que ya se refería el
poeta Heinrich Heine y
destacó la importancia de la Unión Europea. Recordemos
que la obra de Habermas, quien es el principal
representante de la llamada “segunda generación” de la Escuela de Frankfurt,
entre 1955 y 1959, trata de recuperar un punto de contacto entre teoría y
praxis, frente a la pretendida neutralidad de los saberes positivos y
científicos. El pensador,
autor de decenas de libros, tiene entre los fundamentales de su cosecha la
“Teoría de la Acción Comunicativa” que viera la luz en 1981 y posterior a éste
sus análisis están orientados hacia la ética discursiva, la defensa de la
democracia deliberativa y el Estado de derecho en el que juegan un papel
fundamental el ciudadano, la Constitución y las leyes que emanan de ella. Habermas abraza de manera
incondicional el espíritu de la modernidad, su obra lleva implícita una hermosa
y luminosa promesa de libertad y aboga por la defensa del Estado de derecho y
la democracia. A su vez se alimenta de dos elementos fundamentales: la
reconciliación y el entendimiento, de ahí que su obra permanece sensible a las
coerciones de la redención del mundo a través del mercado, a una racionalidad
sin felicidad, al gris de una libertad vacía y un progreso sin sentido. Para Habermas, la modernidad con sus insuficiencias, es un
proyecto viable porque es un “proyecto inacabado”, el cual puede conseguirse a
partir de una ética universalista de carácter dialógico. Donde la racionalidad
y el lenguaje son puntos fundamentales de la mediación política, la cual puede
llevarse a cabo en lo que él denomina una “democracia procedimentalista”. Ahora, lo
que justifica una democracia de ese tipo son las pretensiones de validez que
tiene una ética universalista en la cual los derechos humanos y la justicia son
la exigencia y fundamento del respeto a la dignidad humana, en la que destacan
los derechos individuales. Pero en su
obra “La inclusión del otro”, que son
estudios sobre Teoría Política, Habermas plantea lo
que es la clave en la armonía social, el desarrollo de una ciudadanía en la que
los individuos sean corresponsables en las diferentes decisiones políticas del
ámbito público y esto, con el objetivo de despertar una conciencia solidaria,
que elimine las prácticas clientelares que conducen a la apatía y a la
dependencia de los individuos. En esta
lógica, la ciudadanía debe estar fundada en hacer valer los derechos civiles,
económicos, sociales y políticos que se manifiestan en un doble vínculo. “Por tanto,
deberíamos aprender finalmente a entendernos no como una nación compuesta de
una misma comunidad étnica, sino como una nación de ciudadanos, pues la
república no tiene, en definitiva, otra estabilidad que la que le confieren las
raíces que los principios de su Constitución y prácticas de sus ciudadanos”. No hay otro
humanista que haya marcado tanto la
fisonomía intelectual de la República Federal de Alemania, que le debe a Habermas en gran parte su refundación moral. |
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