Se nos adelantó como se dice coloquialmente en tierras mexicanas,
el gran poeta uruguayo-argentino del Tango. Me refiero a Horacio Ferrer. Al
enterarse del fallecimiento, el Ministro de Cultura de Argentina, Milton
Lombardi en su cuenta de Twitter escribió: “Hoy se nos fue Horacio Ferrer, el
gran poeta del Tango de todos los tiempos. Todo el Río de la Plata te despide”.
Ferrer que había obtenido la ciudadanía argentina por naturalización,
radicaba en Buenos Aires desde hacía cuatro décadas. Había nacido en la capital
del Uruguay, Montevideo el 2 de junio de 1933, en el seno de una familia en la
que la cultura era un elemento fundamental en la convivencia diaria.
Su padre un profesor de Historia y su madre era sobrina bisnieta de
Juan Manuel de Rosas. Por su hogar montevideano pasaron personalidades de las
letras como el mexicano Amado Nervo, el nicaragüense Rubén Darío y el español
Federico García Lorca entre otros enormes talentos de las letras.
Meses antes de morir, Ferrer en la ciudad que lo vio nacer
declaraba al periódico El Observador: “Me apasiona escribir, es algo que vive
en mí y que es una ilusión siempre, una esperanza de hacer algo contundente”
Estudiaba Arquitectura en la Universidad de la República, cuando
dejó sus estudios guiado por su pasión por el Tango que lo llevará a escribir
en los diarios El País y El Día, para posteriormente pasar a la radio y
conducir el programa,: “Selección de Tangos” que se transformaría en El Club de
la Guardia Nueva.
En este proyecto se promovían actuaciones
de los músicos de avanzada en locales de Montevideo y sus alrededores. Así
conoció a Astor Piazzolla con quien forjará una gran amistad que marcará la
vida de ambos.
También condujo programas en el Sodre,
fue fundador de la revista Tangueando y al comenzar la década de los 60` realizó un programa en la
televisión oficial que anticipaba lo que haría posteriormente en Buenos Aires.
El poeta presenta su primer libro, recitándolo acompañado por el guitarrista
oriental Agustín Carlevaro.
Su título: “Romancero Canyengue”, corría
el año de 1967, había en la obra influencia de Paul Verlaine
y otros franceses, herencia de las pautas maternas; luego se lanzó con
referencias a Menecucho, un poeta popular
montevideano que vendía sus versos en los Carnavales y pregonaba: “Mis versos
serán malos, pero son míos”.
Su obra tuvo un éxito inusitado en ambas márgenes del Plata,
recibió las más honorables críticas de las más célebres plumas del Tango y
motivó que Astor Piazzolla musicalizara el poema de su autoría, “la última grela”, que en un principio iba a tener acordes de Aníbal
Troilo el también inmortal “Pichuco”. Ese fue el
detonante para que el poeta convocado por Piazzolla en 1967, cruzara el
“charco” para radicarse en Buenos Aires.
Autor muy prolífico, más de 200 temas musicales, también de varios
libros de poesía y Tango. Puso letras a temas tan importantes del género del 2
X 4 como “Chiquilín de Bachín” “Balada para un loco”
y la operita Tango “María de Buenos Aires” con música de Piazzolla.
Un libro clave de su cosecha es “El libro del Tango” Arte Popular
de Buenos Aires (ensayo, que vio la luz en 1970 conformado por tres tomos y en
1980 se publicó una edición ampliada).
Para Horacio Ferrer, Buenos Aires y Montevideo serán siempre “una
misma París con un Sena un poco más ancho”.
Fue creador en 1990 de la Academia
Nacional del Tango de Argentina, con el objetivo de difundir el Tango en el
mundo, al momento de fallecer era presidente de ésta.
Ante la insistencia de un periodista, cuestionado sobre su
nacionalidad respondió: “Yo no entiendo que haya dos países, a mí me tocó nacer
en el justo medio del Río de la Plata”.
A continuación mi sencillo y sincero homenaje al poeta del dos por
cuatro, Horacio Ferrer con el poema de
mi autoría que fuera galardonado con el 2º Premio en el Concurso “Alberto Pocho
Domínguez” de Poesía Ciudadana convocado por la Academia del Tango de la
República Oriental del Uruguay en el año 2007.
ESCOLLERA SARANDÍ
Un domingo de julio
llueve.
El viento iracundo y helado
rompe el silencio inaudito.
Montevideo
ciudad mágica
entre el mar y el cielo.
La calle está sola
una cafetera la cruza
es del tiempo del ñaupa.
Un canillita parado
en la puerta del boliche
con su grito
invade el empedrado.
Surgen pedacitos de nostalgia
nada queda del ayer.
Quizás el viento recuerde algo
atrás quedaron voces…
El diluvio persiste.
Agua terca.
Lenta tristeza
penetra en los poros
de la cotidianeidad.
A lo lejos un linyera
deambula extraviado por la
escollera
cargando su imagen encorvada
que ya escuché en un Tango.
De pronto,
lanza una piedra al agua
que despierta la brisa marina,
de aromas salobres.
En el horizonte,
designios del destino .
Los mástiles del “Calpean Star”
siguen devorando almanaques
y rasgan el gris impertinente
de la tarde.
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