Obvio que lo
del título es una metáfora y sin la metáfora la obra de Felisberto
Hernández no podría funcionar. La metáfora para el escritor- pianista es la
confrontación de diferentes incógnitas. La metáfora en Felisberto
proviene, en la medida en que ella es a la vez impotente y relativa a
“coordinar los misterios” (Por los tiempos de Clemente Colling).
La metáfora
del montevideano se desarrolla en un mundo cerrado, y a veces, cuando ella
moviliza a uno o más de los elementos exteriores es para introducir una noción
del ridículo o del absurdo.
Pero que más
ridículo que la soledad como escritor que sufrió Felisberto,
al ser dejado de lado en la literatura uruguaya durante cierto periodo y que
más absurdo que lo sucedido en una anécdota que recuperó el Profesor Ricardo
Pallares, miembro de la Academia Nacional de Letras del Uruguay.
Cuando en
1954 Felisberto Hernández visitó la Editorial
Sudamericana en compañía de su cuarta esposa (la pedagoga Reina Reyes), se
encontró (ella se lo contó a Pallares) con más de cincuenta ejemplares de Nadie
encendía las lámparas, que permanecían en el sótano, fuera ya de toda
comercialización, a pesar que el tiraje había sido relativamente escaso.
En esa
ocasión compraron (porque igual los tuvieron que pagar) diez de los ejemplares
que fueron posteriormente obsequiados a amigos montevideanos. Esto confirma que
su obra en los inicios circuló más que nada entre una élite.
Pero
ridículo y absurdo encontramos por ejemplo en “La envenenada”, donde el
narrador hace un comparativo del brazo de la muerta con un pararrayos, después
con un asta bandera.
Posteriormente “disparará” otra una nueva
metáfora para romper la línea de continuidad lógica y alejarse de la anécdota,
de la cual desvía la carga emotiva, para encontrar nuevamente la angustia, no
ya al nivel del espectáculo de la suicida sino en la evocación de la “protesta
desesperante” del conjunto de las astas (sin banderas) erguidas hacia el cielo.
Para Felisberto la metáfora es una aventura de la escritura. En
un fragmento de Filosofía del gangster, titulado “el
taxi”, la metáfora es aquí a su vez metaforizada: “La metáfora es un vehículo
burgués, cómodo, confortable, va a muchos lados: pero antes tenemos que decirle
al conductor dónde vamos y concretar el sitio: si le digo que quiero ir a lo incognocible, sabe donde llevarme: al manicomio”.
Felisberto denuncia la
inadecuación de la metáfora y de los fines (metafísicos) que se propone. Emplea
la metáfora porque él reconoce no puede “inventar” (no tiene tiempo) un
vehículo lingúìstico más apropiado.
Por otra
parte, pretende que la metáfora adolezca de firmeza, le hace descuidar ciertas
“sombras”, ciertas realidades misteriosas descubiertas en el camino: “Veo que
por otro lado la metáfora, en su velocidad, en su síntesis de tiempo en el
espacio, en esta ilusión de achicar el espacio, tiene también algo de
provisorio que me exaspera:
Atropella
demasiado al cruzar las calles: tendría que pensar y sentir con otro ritmo y
otra calidad de pensamiento, el misterio de las sombras se transforma demasiado
bruscamente en el misterio de lo fugaz”.
Las
“imágenes visuales” de Felisberto Hernández sólo son
finalmente la puesta en imágenes de cierta alienación. La alienación es una
patología de la idealización y la identificación, pero como escritor Felisberto desarrolló un estilo inconfundible que hace
única su obra.
Italo Calvino, quien escribiera el
prólogo a la edición italiana, “Nessuno accendeva le lampade” dijo: “Felisberto Hernández no se parece a nadie: a ninguno de los
europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un “Francotirador” que desafía
toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir
sus páginas”.
Me gusta
quedarme con el significado del diccionario de la Real Academia Española de
francotirador que dice: Persona que actúa aisladamente y por su cuenta en
cualquier actividad sin observar la disciplina del grupo.
Por lo tanto
descarto la que dice: Persona aislada que, apostada, ataca con armas de fuego.
No me imagino las manos del pianista- escritor Felisberto
con otra arma más que su pluma para disparar metáforas obligándonos a encender
las lámparas para disfrutar de su obra.
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