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Hace unos días la escritora hispano- uruguaya Cristina Peri Rossi, recibió en manos de quien delegó el honor, la actriz
argentina Cecilia Roth, por encontrarse la galardonada
en delicado estado de salud el máximo premio literario de las letras es
español: el Premio Cervantes, entregado por el rey Felipe VI en el paraninfo de
la Universidad de Alcalá de Henares, que fuera declarada por la Unesco Patrimonio
de la Humanidad en 1988, cuna de Miguel de Cervantes.
El jurado del premio destacó de Peri Rossi:
“su trayectoria como una de las grandes vocaciones literarias de la actualidad
en una gran variedad de géneros y su compromiso continuo con temas
contemporáneos como la condición de la mujer y la sexualidad”. También recordó
la marca del exilio en su vida al señalar que su obra “puente entre
Iberoamérica y España, ha de quedar como recordatorio perpetuo del exilio y las
tragedias políticas del siglo XX”.
La pieza discursiva del ganador/a del Cervantes como coloquialmente
se le denomina, obligatoriamente ha de glosar sobre la figura u obra de
Cervantes. En el caso del discurso de Cristina Peri Rossi
comparto sus comentarios sobre el escritor español más universal y sobre su
obra cumbre, Don Quijote de la Mancha:
Tres libros leídos muy tempranamente me conmocionaron: El diario de
Ana Frank, La Madre de Máximo Gorki y Don Quijote de la Mancha. Este último,
con un diccionario a mi lado. Fue el más difícil de leer y el que me provocó
sentimientos más contradictorios.
No había leído nunca un libro donde el autor declara que su
protagonista estaba loco, pero a la vez, me emocionaba que su propósito fuera
deshacer entuertos y establecer la justicia, cosa que me parecía harto razonable
dado el estado del mundo y de mi propio barrio, donde muchas vecinas venían a
contarle a mi abuela, una viuda que había criado a siete hermanos huérfanos y a
tres hijos, también huérfanos, que sus maridos borrachos las golpeaban o se
jugaban el escaso dinero en los caballos o se iban de putas y maltrataban a sus
hijos. Como deseaba yo que apareciera Don Quijote con su flaco Rocinante a
salvarlas de los golpes y del maltrato.
Yo misma me irritaba cuando Don Quijote confundía molinos con
gigantes, y llegué a pensar que Cervantes en realidad ridiculizaba a su
personaje para probarnos que la empresa de cambiar al mundo y establecer la
justicia era un delirio. Hasta que en los capítulos XII, XIII y XIV del libro
me encontré con el relato y el discurso de Marcela.
Marcela es codiciada y asediada por los hombres por su belleza y
por su riqueza. La acusan de ser la
culpable del suicidio de Grisóstomo, al que se negó,
y en un sorprendente discurso rechaza a los hombres, al matrimonio y a las
relaciones d poder entre los sexos: reclama su libertad, y para eso se aísla de
la sociedad y se refugia en el campo, como una pastora más.
“Yo nací libre y para poder vivir libre escogí la soledad de los
campos”, dice. Como Helena, en la
Ilíada, maldice el día en que nació, o como en Eurípides, Helena se rebela
contra la sociedad que considera la belleza como único atributo de la mujer.
De este modo Cervantes desacraliza la belleza como atributo
femenino, y convierte a Marcela en una
heroína trágica: para conservar su libertad frente a los hombres que quieren
poseerla, dominarla, renuncia a la vida social, aislándose del mundo, huyendo
de los hombres.
Por supuesto, esta heroína, posteriormente, sería calificada de
histérica, frígida y neurótica al no asumir el rol que le asignaba la sociedad
patriarcal. La comprensión que manifiesta Don Quijote hacia un personaje
femenino real me hizo pensar que la locura puede ser un pretexto de exclusión
de aquellos que esgrimen verdades incómodas, lección que evidentemente aprendí,
pagando un precio muy elevado, hasta el día de hoy, pero si volviera a nacer,
haría lo mismo.
Desde mi vida he intentado como Doña Quijota
“desfacer” entuertos y luchar por la libertad y la
justicia, aunque no de manera panfletaria o realista, sino alegórica e imaginativa.
A veces me ensombrece el ánimo el miedo a que la maldad y la
violencia sean en realidad una constante de la existencia humana, y a lucha
entre el Bien y el Mal, se eternice, o sea ridiculizada, como ocurre en el
mismo libro de Cervantes.
¡Hasta el
próximo encuentro…! |
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