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Quería pintar un hermoso atardecer que
llevaba metido en la imaginación hacía varios meses. Sólo contaba con unos
tubos de colores acrílicos en los cuales faltaba el rojo. Era tan bella la imagen mental que se
convertiría en su obra maestra; entonces, se cortó las venas y revolvió el rojo
de su sangre con los amarillos, los ocres y los violetas. Con esa gama en la paleta pintó con el
corazón, cabeza, manos y alma el precioso cuadro mientras se le iba la vida en
los estertores de la anemia total. |
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