Mi amigo el muerto
Edgar Tarazona Angel



Todas las noches hablábamos con mi vecino, cada uno desde su lugar a uno de los lados del muro. Durante el día nunca nos comunicamos porque las personas que nos escuchan se asustan y desconocen que no podemos causarles daño.

Una noche un hombre ebrio se acostó en el suelo cerca de donde nos hallamos y al escuchar voces y no ver a nadie corrió como alma que lleva el diablo, jajaja, es un dicho común en mi pueblo. En otra oportunidad, sin saber que una señora estaba cerca orando por un ser querido que se marchó sin decir adiós le pregunté que le pasaba y falleció de un paro cardiaco.

Han pasado más sucesos que no deseo contar por no extender esta confidencia, para terminar, debo decir que los vivos siempre se aterrorizan cuando escuchan hablar a los muertos.