Veneno
Daniela Fernández-Cuevas Molina



Aquel veneno me mataba lentamente y lo peor de todo es que no hacia ruido, no me dejaba reaccionar, no me dejaba gritar, huir, llorar, todo aquel sin fin de emociones que se iban acumulando poco a poco se convertía en mi propio veneno, uno amargo, pero que aparentaba ser dulce y poco duradero, como una daga de doble filo donde cuando más escondías más cosas salían a la luz y más profundo se encajaba, no en la piel, sino en la mente, un peso invisible, algo más doloroso y cruel, ese veneno te dejaba una cicatriz no era visible pero mientras cicatrizaba dolía, mientras todas aquellas emociones se intentaban curar de la peor manera posible, peleándose entre ellas y buscando la cura en aquellas personas que las habían provocado.