Esta angustia de afirmarnos;
como el ave que esquiva la tenue lluvia; que
miramos.
Bajo el alero de una catedral; que mira la
plaza como un cuadro de místico museo.
La tarde languidece sobre los pinos
encendidos y las colinas del mustio horizonte.
Arquetipo de la alquimia de colores toca
las hojas que del mundo vuelan.
Urge el deseo de amarnos;
como un grito que atraviesa el infinito. Nuestra nave surca este cielo de mares cambiantes y variados
colores y sonidos; en alucinantes besos.
Este viento que gira sobre nuestros cuerpos
como un cantil que aprisiona los espacios.
Entonces vemos
que solo los canarios cantan
en el largo corredor; mientras las manos
surcan
sobre las brasas de la carne; y el mundo
arde de misiles.
El tiempo se evapora y nos
consumimos;
como la tenue luz
de una vela que se apaga. El diablo está
suelto y huele a pólvora.
En el espasmo de los cuerpos nos liberamos
de la carne.
El sol sigue su marcha;
hacia la nada absoluta. Por
ahora brilla sobre las palmeras y la arena de una playa que titila.
La espuma baila y muere sobre otras que
avanzan indecisas.
¡Este amor nos afirma y nos disuelve!
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