En el ruinoso zaguán de los exilios
cincelo fonemas,
atrapo imágenes,
acuño
palabras.
Rodeado de cerros verdiazules,
se juntan los vientos que mueven
mil
molinos,
y
las hojas emprenden
su danza circular
buscando el cielo gris
del junio Irapuatense.
Voy andando,
¡no! cojeando,
por los
caminos del hombre
y de Dios.
Mientras,
las campanas de la Catedral
cincelan la tardecita
que quiere dormir
a pesar del eco de los pasos
del rebaño que marcha silencioso
y
de las bocinas malhumoradas.
Enciendo la parafina
de un poema
triste,
una ecuación de amor
sin resolverse,
que parece atesorar
algunas
de las múltiples historias de amor o
desamor
que atesoran los bancos de la plaza del pueblo.
En la serpentina del tiempo
las palabras marcan un camino
de fuegos interiores
donde toda la genealogía
de los colores
es puesta en discusión
como las clausulas ambiguas
de un tratado de paz.
|