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Estaba en el centro de un San Salvador de
edificios antiguos y calles con ventas ambulantes. Un desorden ordenado.
Necesitaba ir hacia una colonia llamada Miralvalle y para ello debería de tomar
el bus de la ruta 17. Inseguro del
recorrido de dicho autobús, (pues no estaba familiarizado con usar ese
servicio), observaba con mucha atención el recorrido, para estar cien por
ciento seguro que iba en la dirección requerida. Afortunadamente pude llegar a mi destino y así
ubiqué el gimnasio que buscaba. Platiqué con el entrenador y le mostré la
tarjeta que llevaba en mi cartera, en la cual aparecía el nombre de él, el
nombre del gimnasio y los costos. Le pagué mi membresía y así le hice el pago
de los tres primeros meses. El entrenador cuando vio mi enorme interés y
alcanzándome en mi salida, me daba explicaciones que los costos en realidad
habían aumentado porque (según él), la renta y las utilidades habían
incrementado. Le expliqué que debía de
honrar los datos de su tarjeta, a lo cual él asintió y quedamos que habría un
incremento después de los primeros tres meses de gimnasio. Era hora de regresar a casa y había decidido
hacerlo caminando pues supuse que en realidad no estaba tan lejos de donde
vivía, y me dije que un poco de ejercicio no me caería mal. Había un enorme
lago cerca del gimnasio y distraído por el paisaje en lugar de seguir caminando
siempre recto, doblé a mi derecha.
Seguía y seguía caminando y pude visualizar que desconocía esa área pues
no era la ruta que el autobús había recorrido.
Hice un alto y le pregunté a una persona si dicha calle me conduciría al
centro de San Salvador. Dicho señor no
me contestó. Luego le pregunté a otra
persona y tampoco obtuve respuesta alguna.
Mi corazón comenzaba a agitarse y mi preocupación comenzaba a aparecer
en mi rostro. Finalmente pude ver a dos
señoras, eran madre e hija. La hija estaba embarazada y caminaba en sentido
opuesto al mío. Le hice la misma
pregunta y simplemente me observó a los ojos, mientras miraba de reojo a su mamá
como para pedirle permiso si me daba la respuesta correcta; igualmente no me dio
respuesta alguna, ignorándome al final y siguió caminando. Una persona de aspecto humilde me observaba,
era un campesino de baja estatura, muy moreno, con sombrero de jornalero y con
una pequeña alforja entre sus hombros. Tal pareciera que venía del campo, pues
su cara y su piel estaban quemadas por el sol, cuyos rayos cerca del lago se
hacían sentir fácilmente. Con duda le hice la misma pregunta. Sin vacilar me dio
la respuesta correcta y eso sosegó mi angustia y preocupación. Por la
ofuscación y nerviosismo me olvidé preguntarle su nombre, al menos le pregunté
si vivía por allí cerca. Me dijo que sí. Me dijo que tenía dos hijos pequeños.
Un niño y una niña, Elisa y Chepito. Ambos estaban en la escuela primaria y que
se iban caminando desde la casa, pues la Escuela de Educación Primaria de la
colonia no estaba distante de su casa.
Sin embargo, me mencionó que en días anteriores las lluvias eran tan
intensas e incesantes que tuvo que llevar en sus hombros a ambos niños, por
temor a que fueran ser arrastrados por las corrientes de agua de los ríos
desbordados. Sin que yo se lo pidiera me dijo…… “Tengo un
pequeño carro que se lo voy a regalar para que usted llegue pronto a su casa” ……
ante esas palabras y a ese ofrecimiento insólito me quedé estupefacto y por un
instante mudo… No podía creer la bondad y nobleza de este señor campesino que
sin conocerme me estaba regalando su mayor posesión. Instantáneamente le dije que no podía aceptarlo pero al mismo tiempo le dije, …. “Me conduciré en
su vehículo hasta mi casa y haré otro viaje para devolverle su carro”. Él no me respondió y me hizo señas que lo
siguiera hasta su casa que estaba a unos pocos metros de donde le había
encontrado, así no solamente conocería su vivienda sino también podría retirar su
pequeño coche. Me dijo, solamente le doy de comer a mis gallinas
y luego le entrego el carro. Llegamos a
su humilde casa. El patio de su casa
daba a una playa del lago de aguas verdes y cristalinas. Lo primero que vino a mi mente era que mi
amigo el campesino, no necesitaba ir a ningún lado para pescar, pues lo podía hacer
desde el patio de su humilde vivienda que era casi completamente de
madera. Las bases eran de concreto y
luego seguían los pilares y paredes de madera que sostenían las tejas de barro
color rojizo. A medida caminábamos en su propiedad,
pronunciaba palabras para llamar a sus gallinas, gallos y patos. Al unísono
todas las aves le cacaraqueaban y se comunicaban con él en una forma muy
singular. Sentí inmediatamente que algo
pasaba en el lugar cuando él caminaba. Pude también observar que hasta los perros
y gatos corrían hacia él, con alegría, alborozo y regocijo. De repente vi que algo se movía en una rama
delgada de jícaro. Era una pequeña lagartija que bajaba corriendo de la rama
para acercarse donde mi amigo el campesino se encontraba. No podía comprender o
entender lo que mis ojos estaban viendo en ese momento. Hasta el día de hoy lo guardo en mi memoria. Ya en la playa del lago cuando estaba rodeado
por todos sus animalitos, movía su mano derecha tocando el aire con su puño
abierto, para agarrar el alimento que cada animal necesitaba. Cada vez que
abría y cerraba el puño de su mano para agarrar del aire la comida, era un
alimento diferente. Todos sus animalitos comían mientras murmuraban sonidos de
gozo. Hubo comida para todos los animales que habitaban en su propiedad. No quise preguntarle nada al respecto, mis
ojos lo vieron y ello bastaba. Mi amigo
era un ser especial, portador de dones y cualidades que nunca había presenciado.
Era como de otro planeta. No podía entender lo que mis ojos observaban con
mucho asombro. Por respeto nunca le pregunté al respecto. Me enseñó un pequeño muelle flotante sostenido
por lazos amarrados a grandes rocas que hacían que dicho muelle artesanal no se
moviera. Lo ocupaba su mamá, sus niños y él cuando necesitaban pescar. Con los
dones, virtudes y regalos divinos que él tenía no necesitaba pescar, sin embargo les estaba enseñando a Elisa y Chepito a pescar y a
comerse lo que se sacaba del lago. Era una casa humilde, pero ordenada. Había algo en dicho lugar que lo hacía
especial. Cuando caminaba hacia la
salida, su madre también morena, vestía un vestido de una sola pieza, cuello
“V” de manta, con delantal pequeño y blanco me dio una media sonrisa y me movía
la mano derecha para decirme un hasta luego.
Me despedí de mi amigo el campesino, lo abracé
y le agradecí su bondad. Su abrazo me
llenó de una energía que me hizo sentir diferente desde ese día. Le prometí
regresar al día siguiente a devolverle su valioso regalo, y así salí manejando
su pequeño y polvoso carro. (continuará…) |
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